La mente abierta

Por Luis M. Alonso (29 de abril, 2008)

Chesterton escribió de H.G.Wells que pensaba que el objetivo de abrir la mente es simplemente abrirla, mientras que él estaba absolutamente convencido de que el objetivo de abrir la mente, como el de abrir la boca, es cerrarla de nuevo sobre algo sólido. Estoy, desde luego y como casi siempre suele ocurrir, con GKC, que representa el sentido común que es, por otro lado, el menos común de los sentidos. He querido recordar al prolífico escritor, ingenioso articulista y agudo crítico, al abrir este blog que, por ahora y por motivos de dedicación, permanecerá cerrado a los comentarios.

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Anguita

Por Luis M. Alonso (27 de abril, 2008)

Ha vuelto, tras ocho años apartado de la política, Julio Anguita para coincidir en que el resultado de las reformas estatutarias es un churro y criticar a los suyos por haberse plegado a los socialistas.
Anguita, comparado con Llamazares, es Adenauer. Para no dejarse abducir o absorber, había inventado aquello de las dos orillas, que funcionó muchísimo mejor, el tiempo en que se aplicó, que lo de la casa común, que ha acabado por convertir a IU en “partidín subalterno” del PSOE, como él propio Anguita dice.
No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que el pez grande siempre termina por comerse al chico. Pero como entre los llamazarinos abunda el género gilipollas, lo que ha hecho IU, durante todos estos años que ha faltado Anguita, es dedicarse al pacto subvencionado y al acercamiento al PSOE, de manera que una vez que no se distinguía quiénes eran unos y otros, los votantes decidieron apoyar exclusivamente a los socialistas. En un paisaje tan difuminado, el elector de izquierdas lo que hace es elegir la opción con más posibilisdades de representarlo.
La estrategia de Llamazares, posiblemente uno de los políticos con menos sustancia gris que existen, ha consistido en ser los tontos últiles de los socialistas, por un lado, y en aparearse con los nacionalistas radicales, por otro, dándole la vuelta a la idea inicial del internacionalismo. El resultado en estas últimas elecciones generales ha sido diputado y medio. Bien hecho.
La filial vasca de IU no ha tenido, por ejemplo, empacho en suscribir pactos en ayuntamientos con los proetarras. Es más, apoya a la alcaldesa de Mondragón para que siga en el machito, después de asegurar que se desembarazaría de ANV.
Cuando Anguita abandonó por razones de salud, Izquierda Unida era otra cosa. El Califa rojo tiene razones de sobra para llorar, como Abderramán II después de la derrota de Clavijo.

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Lágrimas de rebeldía

Por Luis M. Alonso (26 de abril, 2008)

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No hay xenofobia en esto, ni siquiera reminiscencias del peligro amarillo que presentía en la infancia leyendo las delirantes novelas de Fu-Manchú, de Sax Rohmer, pero los chinos me siguen pareciendo, a simple vista y por los acontecimientos, tan inextricables como inquietantes. No los he tratado apenas y, aunque lo hubiese hecho, diría aquello de Churchill cuando le preguntaron qué opinaba sobre los italianos y respondió: «No sé, no los conozco a todos». Conocer a todos los italianos resulta bastante complicado, pero hay una imposibilidad manifiesta si se trata de los chinos, incalculables teniendo en cuenta los que viven en la llamada República Popular, los que lo hacen en la Disneylandia china, Hong Kong o Singapur, aquellos otros que permanecen aislados en Taiwán y el resto diseminado por el mundo.
La caña de azúcar nunca es buena por los dos lados. Existe una resignación china más allá de cualquier lógica pesimista que lleva a todo un pueblo a sobrevivir razonadamente, no razonablemente, en una sociedad donde el progreso se dispara, a veces de manera brutal, sin tener en cuenta al individuo y su circunstancia. El chino mira ilusionado la presa de las Tres Gargantas en el Yangtsé y el «lago» de 600 kilómetros sin apenas inmutarse por el drama humano que supone desplazar a millón y medio de personas. El sabor agridulce no es sólo una característica de su cocina.
Muchos chinos asocian la democracia con el desorden. Sólo un jefe supremo o un emperador puede garantizar al pueblo alimento y descanso, piensan. Y no son únicamente los que lo piensan los dirigentes perturbados por la influencia de la llamada Revolución Cultural, sino también muchas otras personas inseguras y desconocedoras de lo que supone vivir en libertad. Pero también son muchos los rebeldes chinos que claman por la libertad. Lo cuenta Ian Buruma, profesor de la cátedra Luce en el Bard College de Nueva York, experto en Asia y articulista en «The New York Times», «Newsweek», «The Spectator», «Le Monde» y «Die Zeit», por citar sólo algunas de las prestigiosas publicaciones en la que ha aparecido o aparece su firma.
Buruma ha escrito una gran historia de rebeldes chinos que nos permite conocer la revolución pendiente de la libertad en un mundo de déspotas. Pero para explicar la disidencia empieza por detenerse en la complacencia o en la resistencia frente a las libertades.
Cuenta el escritor de La Haya cómo un jugador empedernido, con deudas, al que sacan de la cárcel por medio de una fianza, se queja de las desventajas de la democracia, a la que culpa de su suerte pésima. Ha estado en una celda democrática, explica.
Y lo que sigue es la explicación: «¿Una celda democrática? Bueno, dice el hombre, la cosa va como sigue: en casi todas las cárceles, cada celda tiene un jefe y éste tiene a su jerarquía de secuaces. El jefe es el que come mejor que nadie, duerme en el mejor sitio y, cuando quiere mirar a las prisioneras por un agujerito que hay en la pared, sus compañeros de celdas han de auparlo, a veces durante horas, hasta que ceden bajo el peso. Pero por arduo que parezca, es un apaño que al menos tiene su orden. Cada cual come lo que come. Tiene tiempo para lavarse la cara y orinar. Es incluso posible que pueda descansar un poco. Esa disposición es mejor que la de la celda democrática. La democracia se da cuando no hay un jefe de celda. Los internos luchan unos con otros como si hubieran enloquecido. Todos quieren ser el jefe. Se deshace la unidad. Hay una guerra de bandas: los cantoneses contra los de Sechuán, los del Nordeste contra los de Shanghai. Es imposible conciliar el sueño. Es imposible asearse. Te entran los piojos. A veces incluso te matan». Son suposiciones, como escribe Buruma rescatando esta secuencia de la vida en una prisión rural de la novela «Diccionario de Maquiao», de Han Shogong, un intelectual perseguido en tiempos de la Revolución Cultural. Siempre hay una gran muralla en China que protege de la libertad, concluye el autor holandés.
La encendida ola de protesta en el mundo libre contra la represión china en el Tíbet está apagando en muchos lugares la llama olímpica. Pero esta manifestación en favor de los derechos humanos y en contra de un régimen totalitario que anima a compartir el desarrollismo o el progreso con la falta de libertad tiene su punto de partido moderno en la plaza de Tian Anmén entre la noche del 3 y la madrugada del 4 de junio de 1989, cuando un número indeterminado de personas fue masacrado por los tanques, al lado del Monumento a los Héroes y en medio de una protesta estudiantil.
La figura de Chai Ling, la muchacha que guiaba a la multitud con un megáfono, dio la vuelta al mundo. Lo mismo que la del joven que intentó parar el tanque en la avenida Chang’an. Ella, con un discurso emotivo y aquella lágrima resbalando por la mejilla, animó a cientos de personas a declararse en huelga. En Hong Kong, ese mismo año y coincidiendo con la ley marcial declarada en Pekín, cientos de chinos salieron a la calle desafiando un temporal para pedir libertad. Cuenta Buruma que ocho años más tarde de aquello volvió a llover a mares en la antigua colonia británica, cuando al príncipe Carlos las gotas de agua le resbalaban por la gorra y le repiqueteaban en la nariz, durante la entrega de la plaza a China. Tengo que admitir que la vez que estuve en Hong Kong, antes de estas dos secuencias, también llovía sin descanso. Los tifones se solidarizaban con el llanto de los hermanos vecinos.
Gran libro, el de Buruma, para despejar inquietudes.

Bibliografía
«Elementos perniciosos» (Historia de rebeldes chinos, desde Pekín hasta Los Ángeles). Ian Buruma. Península.

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Paraguas contra las prisas

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2008)

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Callejear consiste, entre otras cosas, en adaptarse al tiempo sin que el tiempo se detenga o nos sacuda con su tiranía habitual. La lentitud es un mérito que se adquiere con los años, cuando el paraguas no solamente hay que abrirlo para protegerse de la lluvia, sino también de las prisas. Pese a quienes puedan pensar lo contrario, hay un arte de vivir que consiste en el aburrimiento consentido o autorizado: el bostezo lento, pero reversible. Esto tradicionalmente en provincias no resulta una novedad pero tampoco en el foro. La vida, como ocurre con la política y escribe Raúl del Pozo, es, a veces y en ciertos momentos de su devenir, un balneario, aunque nos neguemos a admitirlo.
A mitad de semana se ha desencadenado la primavera y el cielo ha roto en azules flamencos de Rubens. Alguien en el Ayuntamiento de Avilés ha decidido tapiar la fachada trasera del palacete de Maqua, de la calle La Cámara, supongo que con el fin de frenar su deterioro. El asunto estriba en que no se entiende cómo el mismo Consistorio, que promueve la rehabilitación estética y arquitectónica de las casas propiedad de particulares, no hace lo mismo con las que son de titularidad pública. Hay aquí una contradicción clara, pero este tipo de incongruencia en las cosas que gestionan los políticos tampoco es novedad a estas alturas del partido.
Leo un artículo en este periódico de Raimundo Abando sobre las ejecuciones sumarias en el Partido Popular, que ha reinstaurado una nueva era del terror entre dirigentes y afiliados. Abando, que es un hombre sensato y posiblemente la persona que mejor podría encarnar la representación de una derecha liberal en esta ciudad, por educación y principios, además de otros rasgos que lo definen como hombre culto y capacitado para ejercer tareas de poder sin convertirse en un sátrapa, ha hecho en unas cuantas líneas un canto a la libertad individual. Raimundo Abando es la gran esperanza blanca para muchos afiliados del PP en busca de líder. Tiene la ventaja sobre los políticos profesionales de no necesitar el cargo o la prebenda para vivir, lo que supone, por otro lado, un riesgo frente a los que se han tomado la función pública como un modo de vida y para mantenerlo están dispuestos a cualquier cosa.
Este jueves he tomado un bitter soda con Agustín González en la Cafetería Germán. Es un lugar que, por familiar, uno siempre se siente a gusto en él. Agustín, el único alcalde que ha tenido la derecha en la ciudad en esta etapa democrática, ironiza con la situación del Partido Popular, que él conoce muy bien por las zancadillas, la ingratitud y la falta de elegancia: «Hay mucha paz. Stalin jugaría aquí en inferioridad de condiciones».
La actualidad es una trituradora del optimismo económico. Titulares: «El superávit se reduce en un 50% por la caída de la construcción y del consumo» y «El Euribor roza el 5% por primera vez en siete años». Es decir, las arcas del Estado se debilitan, registrando el peor balance de los últimos cuatro años y el encarecimiento de las hipotecas llevará a extremos de agobio hasta ahora desconocidos a muchas familias. Tomo el vermú con Toni Fidalgo, que comenta que cada vez que habla Solbes es para anunciar que el crecimiento se rebaja en un punto.
Fidalgo ha escrito un artículo sobre la década de los sesenta en el Instituto Carreño Miranda, basado en la nostalgia que le hacer ver un paisaje de Liliput. En la misma revista del 75.º aniversario del entrañable centro escolar avilesino escriben, además, José Luis García Martín, que tan bien sabe alternar el cosmopolitismo con el microcosmos, Álvarez-Buylla, Juan Carlos de la Madrid y otros.
La patronal y los sindicatos de la región han hecho un análisis de urgencia sobre la crisis del ladrillo. Ocho mil asturianos irán al paro, dicen. Eduardo Donaire, secretario general de la Federación Asturiana del Metal y la Construcción, ha aprovechado, además, para criticar, según dice él, que las «fuerzas vivas» fíen todo el futuro al Niemeyer y se olviden del desarrollo industrial. Lo que pasa es que en el Niemeyer las esperanzas y los vientos, el porvenir y la propaganda, es que no existe otro asunto sobre el que se haya hablado más en estos dos años, siendo como es, hasta el momento, una incógnita por despejar. La alcaldesa, Pilar Varela, explicará hoy en San Nazario –Saint-Nazaire en francés, y Sant Nazer, en bretón, localidad del Loira Atlántico– lo que será el centro cultural de la ría a los que la quieran oír.
He comprado «Novela familiar», de John Lanchester, para conmemorar el Día del Libro. De Lanchester, que nació en Hamburgo, creció en Calcuta, Rangún, Brunéi y Hong Kong, se educó en Oxford y se casó en Reno (Nevada), leí hace unos años una novela de suspense excepcional, «En deuda con el placer», que trata, entre otras cosas, de gastronomía. El escritor parte en su último libro publicado en España de uno de los inicios de novela más universales, «Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia infeliz lo es a su manera», para concluir que el arranque de «Ana Karenina» se sustenta sobre una frase falsa. No es cierto, y coincido con Lanchester, en que todas las familias felices sean iguales. Y mucho menos las que lo son tradicionalmente. Uno es infeliz o feliz dependiendo de las circunstancias o de los avatares. No hay principio literario capaz de cambiarlo.
Un repaso literario a las biografías y a las memorias me da la oportunidad de recomendar sobre la marcha un paquete de buenas lecturas: «Amadeo Modigliani, príncipe de Montparnasse», de Herbert Lottman, biógrafo de Flaubert, Man Ray y Albert Camus, y del mejor libro que he leído, «La depuración», sobre los años que siguieron al régimen de Vichy y a la Francia colaboracionista; «Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938)», de Antonio Rivero, editado por Tusquets, donde se cuenta el despertar del poeta y la primera juventud en Sevilla; y «Navegación a la vista», de Gore Vidal, que siempre resulta sorprendente por su capacidad de contar chismes literarios, algunos de ellos tan absurdos como parte de su propia existencia. Las primeras memorias que escribió y que se detienen cuando tenía 39 años, las concluyó Vidal rindiendo cuentas con «un charlatán radiofónico de la derecha», Rush Limbaugh, que en 1994 había declarado que la era de Lenin y de Gore Vidal había llegado a su fin. «Me entraron ganas de desempolvar los revólveres. Billy el Niño cabalgará de nuevo, a menos que quisiese decir Lennon y no Lenin», escribió el deslenguado autor que calificó a Bill Clinton como el mejor presidente de Estados Unidos en medio siglo de historia.

OTRA MANERA DE VERLO
*Magnífica la oportunidad que brinda «Sabugo Filarmonía Avilés» a los aficionados a la música con la presentación esta tarde en el auditorio de la Casa de Cultura de una versión escénica de la hermosa pieza de Prokofiev, «Pedro y el lobo». La partitura ofrece la oportunidad, por medio de un cuento infantil, de descubrir la tonalidad de los distintos instrumentos musicales. La Orquesta «Sabugo Filarmonía», formada para este concierto lo mismo que ha sucedido en otras ocasiones precedentes, estará dirigida, una vez más, por Rubén Díez.
*Estupenda la edición de Acantilado de los cuentos de Rudyard Kipling (1885-1936), uno de los autores más deslumbrantes de todos los tiempos y al que se deben probablemente parte de los mejores relatos de la historia en lengua inglesa. La edición reúne treinta y tres cuentos, entre ellos algunos de los preferidos de Jorge Luis Borges.
*Esther García escribe para embellecer el asturiano, cosa que no está al alcance de todos. Lo hace, además, con un lirismo y una precisión de la propia palabra que le permite conjugar la lengua autóctona con la sencilla y matizada belleza del haiku en su último libro «Faraguyas». Los versos pequeños no siempre resultan fáciles: «Las andolinas / son l.lunarinos negros / que bordan l’aire». Por ejemplo.

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Apogeo de los vinos del Bierzo

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2008)

Paixar es una joven bodega fundada en el año 2000 por Alejandro Luna, Gregory Pérez y los hermanos Eduardo y Alberto García, hijos del respetadísimo enólogo Mariano García, propietario y autor de Mauro. Estos jóvenes se instalaron en Dragonte, un pequeño lugar con apenas unos cuantos vecinos con un terruño excepcional para hacer un buen vino: suelos pobres, viñas en ladera, cepas de 70 años y un primososo microclima con infuencia de montaña. La mencía adquiere en este vino toda su plenitud aromática y frescura. El último resultado, Paixar 2003, es un vino de color cereza casi picota, con notas florales, carnoso y elegante en el paso de boca, donde se aprecia cierta complejidad que hace al vino muy interesante. Se puede beber en este mismo momento o esperar, ya que lo lógico es que tenga una evolución favorable en la botella durante los próximos tres o cuatro años. La botella de este vino, procedente de varias parcelas pequeñas que ha reposado en barricas de crianza en Villafranca del Bierzo, cuesta alrededor de 40 euros.
Dominio de Tares Cepas Viejas 2005 es un mencía de una vivacidad y una frescura singulares. Está en plenitud para beber. De color picota, guarda apreciable equilibrio y potencia, como corresponde a un vino del Bierzo. Aporta notas de cuero y tierra, en la nariz, y florales. En la boca, frutos rojos ya maduros, regaliz y algo de chocolate son sus principales características. Se trata, además, de un vino, como los anteriores de esta bodega, con una relación calidad-precio buena o muy buena. Su precio de mayorista apenas supera los diez euros la botella. Merece la pena beberlo fresquito a unos 15 grados de temperatura y acompaña estupendamente carnes rojas y quesos curados. Su envejecimiento es de nueve meses en barrica de roble americano. Verdadero señor de Bembibre, el Dominio de Tares Cepas Viejas, es un ilustre vecino de una de las comarcas más vinícolas del Bierzo.

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"Cocínalo otra vez, Sam"

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2008)

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La mejor boloñesa es la que más tiempo reposa en el fuego lento de una cocina. Y como recuerda Clemenza, uno de los lugartenientes de don Vito Corleone, en «El Padrino», el secreto de esta estupenda salsa de tomate, además del tiempo que la espesa hasta volverla una especie de sirope, es agregar un poco de azúcar. Y, también, la sugerencia esta vez es mía, una pizca de canela.
La imagen de Clemenza preparando las albóndigas en Nueva Jersey, como la de Paul Cicero, laminando en la prisión el ajo con una cuchilla de afeitar en «Uno de los nuestros», la maravillosa película de Scorsese, ha dado la vuelta al mundo. Matar o morir con el estómago lleno es una constante en el cine de gángsters. Y el cine, no solamente en las películas de género negro, se ha recreado con frecuencia en la comida y en la cocina.
No es la primera vez que lo hago y tampoco será seguramente la última, pero hoy quiero hablarles de un film inolvidable y de alguna que otra sugerencia gastronómica que con él viene a cuento.
En la película «Casablanca» no se come. Lo que fundamentalmente flota en el clásico de Michael Curtiz es humo y alcohol. En una de las secuencias, el mayor Strasser (Conradt Veidt) le pregunta a Rick Blaine (Humphrey Bogart) por su nacionalidad y el dueño del café responde: «Soy borracho».
La bebida es lo que está presente en «Casablanca», aunque en el Café Americain se come, igual que ocurre en casi todos los cafés de Tanger a Port Said. Víctor Laszlo (Paul Henreid), bebe, por ejemplo, cointreau, cóctel de champán, whisky y coñac. Y el champán que le ofrece el capitán Renault (Claude Rains) es, nada menos, un Veuve Cliquot de 1926. A Blaine hay que imaginárselo dedicándose al martini clásico –60 mililitros de ginebra, 2 cucharaditas de vermú blanco seco (Noilly Prat) y una aceituna.
La comida no existe en «Casablanca» salvo la lata de caviar que acompaña al Veuve Cliquot. Pero, de existir, ¿cual sería el menú del Rick’s Café Americain?
La editorial «Temas de hoy» publicó hace ya un tiempo un curioso librito con las notas de cocina que tres autoras gastronómicas se inventaron a propósito de la popular película. He aquí algunos de los enunciados de los platos: «Martini con limón en conserva siempre tendremos París», «Ensalada de lentejas y cordero último avión de salida», «Brochetas de cordero picado del Mayor Stasser», «Brochetas de verduras Vive la France» o «Bolitas de patata picantes de Yvonne».
¿Recuerdan a Yvonne (Madeleine Le Beau)? Yvonne es la chica que Rick esquiva en la barra antes de advertir a Sacha que no le sirva más bebida.
Yvonne: –¿Dónde estuviste anoche?
Rick: –¿Anoche? No tengo la menor idea.
Yvonne: –¿Qué harás esta noche?
Rick: –Nunca hago planes por adelantado.
También están en la recreación culinaria de «Casablanca» las «Alitas de pollo picantes de Ugarte (Peter Lorre)», los «Buñuelos de garbanzos de Emil», la «Ensalada de patatas infalible de Louis (Renault)», la «Marsellesa de mariscos de Laszlo», la «Ensalada de berenjenas visado de salida», la «Ensalada de zanahorias Vichy» o la «Crema helada de ciruela tócala otra vez».
Vamos con las alitas de pollo Ugarte. Se mezclan en un bol 100 gramos de mostaza de Dijon, 200 gramos de miel, una cucharada de jengibre rallado, otra de cilantro picado, tras cucharadas de zumo de limón, un pellizco de pimienta negra molida, un diente de ajo, una cucharada de sal y dos de pasta de tomate con una pizca de pimienta de Cayena. Con ello se adoban kilo y medio de alitas. Se tienen tres horas en frigorífico. Y posteriormente se cocinan a la parrilla o al horno precalentado, a 200 grados. Cada poco conviene rociarlas con el producto de la mezcla.
Los buñuelos de garbanzo de Emil es una solución magnífica para un aperitivo o un acompañamiento. Los garbanzos, ya cocidos, se trituran en la batidora o bien con el tercer brazo. Se les agrega un huevo batido en la proporción justa de las legumbres que se van a utilizar y una mezcla de especias consistente en unas cucharaditas mínimas de canela, cúrcuma, comino, cilantro, pimienta, nuez moscada, todo ello molido, y unas hebras de azafrán. Se moldea dicha mezcla con las manos enharinadas. Los buñuelos se ponen en una bandeja, cubiertos, a refrigerar. Se fríen después a 190 grados hasta que doren. Se sirven espolvoreados de pimienta y con una salsa de yogur a la menta, que se hace con yogur desnatado, una cucharada de miel y hojas de menta fresca picadas. Con los garbanzos, la legumbre favorita en el Magreb y también en muchos lugares del Próximo Oriente, se hace el humus, que es el resultado de mezclarlos con aceite de oliva, una pizca de ajos y de semillas de sésamo, con zumo de limón.
Y eso que Rick había ido a Casablanca a tomar las aguas.
Renault: –¿Qué aguas? ¿Qué aguas? ¿Las del desierto?
Rick: –Bueno, me informaron mal.

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Aguas de ayer y de hoy

Por Luis M. Alonso (19 de abril, 2008)

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De pequeño soñé que asistía en Ostende a la muerte de Europa. Era el mundo de ayer de Stefan Zweig que tanto habíamos idealizado. En Ostende me detuve años más tarde, cuando ya no era ni una sombra de su pasado. Inglaterra, eso sí, estaba todavía del otro lado, envuelta en las brumas, perdida y misteriosa tras la inmensidad del mar. De zee: un mar gélido donde los peces se mueren de frío.
El Ostende que yo vi ya no era el antiguo balneario de la realeza, ni mucho menos el lugar donde desembarcaban los espías aliados. El mar del Norte se retiraba todas las madrugadas dejando huellas de gigante sobre la arena de la playa y horas después llegaban hasta sus orillas los turistas ingleses comiendo cucuruchos de gambas y mejillones. Es el mismo paisaje que describe José Luis de Juan en su precioso libro «Campos de Flandes». «El Visserkaai, muelle de los pescadores de Ostende, es una babel de ferrys y restaurantes; de ingleses despistados que echan un vistazo a esta puerta alegre del continente antes de cargar con chocolate y licores para el viaje de regreso». La ciudad está llena de chocolaterías.
En Ostende, cerca del paseo marítimo, vivió escondido James Ensor, aislado de las corrientes artísticas de su tiempo y rodeado de caracolas, conchas marinas y máscaras. Ensor fue un pintor extraordinario y turbulento. Sus fuentes de inspiración, la muerte, el Carnaval y el mar, proporcionaron contenido a sus cuadros de masas. En «Los bañistas de Ostende», un óleo sobre madera en tiza negra y lápices de colores, recrea de manera satírica y jovial un día en la playa. Dos docenas de mirones y un centenar de personajes, muchos de ellos con el culo al aire, cabalgando sobre las olas. Lo grotesco casi siempre figura en el primer plano de su obra.
Como recuerda De Juan, Ensor pintó hacia 1887 un grupo de estáticas figuras que se recortan contra un fondo marino de Turner. «Se diría una escena costumbrista de Brueghel o de Teniers y, sin embargo, hay algo extraño, algo monstruoso en esos personajes vestidos para la juerga. La rigidez de clase les impide salir de sí mismos. No están alegres ni ebrios, ni siquiera agitados como los campesinos de Brueghel y el Bosco: están muertos. Ensor certificaba la defunción de la sociedad que frecuentaba las playas de Ostende, pero, además, prefiguraba la estúpida sangría a la que personajes como ellos estaban llevando a Europa sin darse cuenta: la “Gran Guerra”».
El casino; el Kursaal; la promenade Albert I; el Bloemenuurkwek, con su reloj de flores; el viejo hotel de las Termas, todo esto y lo que el viento se llevó o los bombardeos de las dos grandes guerras representan el Ostende del mundo de ayer. Apenas nada en el mundo de hoy. Lo mejor, seguir las rachas de aire que sacuden la memoria por la costa de Flandes, 65 kilómetros de playas desiertas cubiertas de historia y poesía de Joseph Brodsky, Hugo Claus o Jacques Brel.
Zeebrugge está comunicada con Brujas por el canal Balduino. Se trata de un centro de vacaciones menos masificado que Ostende: una pequeña ciudad moderna sin grandes atractivos ni el eco de la historia, pero un buen lugar para comer pescado ahumado y platos rebosantes de conchas. No conozco De Haan, estación balnearia que cita José Luis de Juan en su libro, donde veranearon Zweig y el poeta Emil Verhaeren, autor de «Toute la Flandre». Escribe De Juan: «Por mucho que lo intento, no puedo imaginarme a esos dos caballeros que huyen del sol. En cambio, no me cuesta mucho ver a Jacques Tati intentando abrir un sombrilla contra el viento, o al Capitán Haddock bebiendo whisky en una de esas terrazas de De Haan mientras masculla canciones marineras».
Más agua. En 2001, Arcadi Espada viajó por la ribera del Ebro para levantar acta de su paisaje y de las historias en torno a él. El lector compulsivo tiene ahora la disculpa de la actualidad para disfrutar de un libro trufado de periodismo y otras curiosidades. Narración limpia y precisa. Espada cita a Pla y se reconoce en él, como el que se mira en el espejo del maestro. «Ebro/Orbe» reúne 62 crónicas del mismo periodista que ayer escribía sobre el trasvase: «Lo primero que han hecho los agricultores del Delta del Ebro ante los irreflexivos planes de la Ministra y el Consejero ha sido empezar a regar». El viajero cuenta cómo conoció en Fontibre a Pedro Arrojo, un profesor zaragozano, una noche que venía de tirarle agua a un ministro del Gobierno de España. «¿No quieren agua? ¡Pues toma agua!».
Espada reproduce esta conversación con el citado Arrojo:
–¿De quién es el agua?
–¿De quién es la Alhambra?
–El agua canta en su cerebro.
–El río es de todos. La Alhambra es de todos. Pero no vendrán los de Benidorm a llevarse la Alhambra.
–No creo: antes la harán allí.
–Pues que busquen en otro sitio el agua… cantarina, como usted dice.
Habría que saber lo que piensa en estos momentos el tal Arrojo de las llamadas aportaciones puntuales a Barcelona de agua trasvasada del Ebro.

Bibliografía
«Campos de Flandes». José Luis de Juan. Alba Editorial.
«Ebro/Orbe». Arcadi Espada. Tentadero Ediciones.

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Gargantúa y el espíritu del lugar

Por Luis M. Alonso (17 de abril, 2008)

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En la plaza del General de Gaulle, muy cerca del castillo de Chinon y a una corta distancia de Seully, donde se encuentra La Devenière, la casa en la que vivió Rabelais, reposé en la terracita de un restaurante llamado Au chapeau rouge. El ajetreo comercial de Chinon es considerable para sus dimensiones, de manera que la villa aparece ante los ojos del visitante como un lugar mucho más poblado de lo que realmente es. Después de un paseo por el precioso casco histórico, comí terrina de lucio con verduras y un jugoso gigot de cordero, acompañado de vino del país.
Nada excesivamente pantagruélico digno de tener en cuenta dadas las circunstancias y el lugar. Pero, claro, no pude evitar en todo momento, el «genius loci» nuevamente, acordarme de Grandgousier o Grangaznate, que era aficionado a las comidas saladas para poder aliviarlas con vino. La digestión, por lo demás era buena, lo mismo que había sido la comida, pero estando en el país de Rabelais me dio por recordar la buena despensa del padre de Gargantúa, de los jamones de Maguncia y de Bayona, de la gran cantidad de lenguas ahumadas y de embutidos, del buey salado a la mostaza, de las enormes cantidades de mojama y de las buenas provisiones de salchicha –«piensa en el primer hombre que probó la salchicha alemana», escribió Jerome K. Jerome–-. Grandgousier, que solía beber de un trago tanto como el que más, casó con Gargamelle o Gaznachona, princesa occitana, con la que, según cuenta Rabelais en su cumbre literaria, jugaba a la bestia de dos espaldas «frotándose las grasas con mucho gusto, de modo que ella quedó preñada de un hermoso varón y lo llevó en sus entrañas hasta el onceno mes».
El vino de Chinon, al contrario que el Bourgueil más tánico, es un vino ligero y alegre que acompaña distendidamente todo tipo de charcutería y de carnes frías. Está elaborado con uva cabernet franc. En el Loira, los tintos que fueron apreciados en la antigüedad están muy por debajo de los grandes blancos de la región, los Vouvray, Poully-Fumé, Sancerre, etcétera. Pero es no quiere decir que no puedan beberse, ni mucho menos. De hecho, a Alejandro Dumas, gran conocedor, le gustaban mucho. Yo he probado algunos que no están mal, de Domaine de Pallus (Les Pensées), por ejemplo.
«Los frascos corrían, los jamones trotaban, los vasos volaban y los jarros tintineaban» en la merienda de «Gargantúa» del célebre coloquio de los borrachos.
–Nosotros, inocentes, mucho bebemos sin sed.
–No, yo, pecador, no lo hago sin sed, pues si no es por la sed presente, prevengo la sed futura, como suponéis. Bebo por las sedes venideras. Bebo eternamente. Tengo una eternidad de borracheras y una borrachera de eternidad.
Un vino ligero y bebible, el de Chinon, que ayudó al gigantesco padre de Pantagruel a tragarse de una sentada a media docena de peregrinos compostelanos que había pillado durmiendo entre las lechugas que recogió para hacerse una ensalada. Al contrario de lo que ocurrió entre el oso y Favila, no lo hizo conscientemente, pero los peregrinos, engullidos como caracoles, sólo fueron expulsados cuando Gargantúa, gracias al oficio diurético de la ensalada, como escribió Álvaro Cunqueiro, y al vino alegre de la región, decidió hacer aguas menores. Hay que decir que los peregrinos estuvieron a punto de morir ahogados en el río que se formó.
Es un hecho literario de primera magnitud que el gigante nació de torrentes de vino y de profusiones de callos como la de su madre que, sin haber salido de las cuentas, se zampó en una merienda campestre dieciséis moyos, dos cubetas y seis vasijas de tripas. Callos grasientos de 367.014 bueyes cebados en establos y en prados bianuales, como cuenta Rabelais, que habían sido sacrificados para salarlos y tener salazones con que atacar mejor el vino.
De todo esto, del vino, del gran comer y beber, y de los trabajos, también patangruélicos, que el gigante encomendó a su hijo me acordé aquel día en Chinon. Eran prácticamente todos los relacionados con el saber. Aprender las lenguas a la perfección: «La griega, como lo manda Quintiliano. Y la segunda, la latina. Y, después la hebrea, para las santas escrituras; y la caldea y la arábiga, también. Y, en la griega, has de formarte el estilo con el modelo de Platón; y con el de Cicerón, en la latina». Le decía que no hubiera materia de conocimiento que no tuviese presente en la memoria. «De artes liberales, de geometría, de aritmética y música algún gusto te hice coger ya cuando eras niño, de edad de cinco a seis años; sigue con lo falta y aprende todos los cánones de astronomía; dame de lado la astrología adivinatoria y arte de Lulio, por ser engaños y cosas vanas. Del derecho civil quiero que sepas de memoria los textos hermosos y los compares con la filosofía».
Y así un largo etcétera. Con estos pensamientos pantagruélicos, llegué a La Devenière, que tenía las visitas aplazadas hasta el día siguiente. Y, al hilo de la misma reflexión y de los gigantes, regresé a Chinon ya casi vencida la tarde en busca de más vino ligero de color cereza.
Menos mal.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | abril 2008 |

Fogonazos de luz en la trastienda de Europa

Por Luis M. Alonso (12 de abril, 2008)

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La persona más querida me regaló las primeras palabras que leí de Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960), que siempre pretendió un libro sobre la luz, porque, como él mismo escribió, no hay nada que recuerde tanto la eternidad. Y esa eternidad está en una preciosa novelita, «El mundo detrás de Dukla», dedicada al pueblo que le vio crecer y que le valió a Stasiuk ser declarado el mejor prosista polaco en 1999. En España cuenta con una traducción de Elzbieta Bortzkiewicz y del avilesino Juan Carlos Vidal, que fue director del Instituto Cervantes en la capital de ese entrañable país que es Polonia. «Siempre quise escribir un libro sobre la luz. No soy capaz de encontrar nada que me recuerde más la eternidad. Nunca he sido capaz de imaginar cosas que no existen. Siempre me ha parecido una pérdida de tiempo, al igual que la obstinación por encontrar lo desconocido, algo que, al fin y al cabo, es como un puzle de viejos y bien conocidos asuntos en una versión ligeramente reciclada. Los acontecimientos y los objetos, o bien desaparecen o bien se disgregan bajo su propio peso, y si los veo y los describo es sólo debido a que fraccionan el resplandor, lo moldean y le dan unos contornos que somos capaces de comprender». Deslumbrante.
Todo lo que tenido oportunidad de leer de Stasiuk es memoria y poesía. Y viaje, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo desde el momento en que uno se dispone a desandar lo andado por las cunetas del recuerdo. La Europa del escritor polaco es la Europa de la trastienda, la de los perdedores o del olvido que va de Polonia a Hungría o de Rumanía a Eslovenia, la vecindad pobre de un patio mucho más grande en el que está costando demasiado trabajo comunicarse de una ventana a otra. Esa Europa que traza a compás en «Cuaderno de bitácora», ensayo con el que compartió lumen con Yuri Andrujovich, novelista y poeta ucraniano de la misma generación. «La línea cruza aproximadamente Brest, Rowno, Chertnowtsy, Cluj-Napoka, Arad, Szeged, Budapest, Zilina, Katowice y Czetochowa, y termina en el mismo lugar en que comienza, es decir, en Varsovia, hay un trozo de Bielorrusia, un buen tajo de Ucrania, vastas y perfectamente equiparables extensiones de Rumanía y Hungría, casi toda Eslovaquia y un retazo de Bohemia. Bueno, y también una tercera parte de mi patria. Quedan fuera Alemania y Rusia, lo cual me causa sorpresa, pero también un discreto alivio atávico». De eso mundo, escribe Stasiuk, no entenderán demasiadas cosas los muchachos desde los «thunderbolts» que bombardearon Serbia. «A fin de cuentas, para alguien que vive en América y durante toda su vida ha tratado sólo con americanos, la idea de que puedan existir países vecinos que, aunque extranjeros, no lo son del todo, es como el dilema insoluble de la transubstanciación de la Pepsi Cola y la Coca-Cola».
Andrzej Stasiuk ha vuelto años después a surcar las fronteras de esa Europa olvidada, de un pueblo a otro, para detenerse en las sombras y explicar, por ejemplo, por qué algunos guardias fronterizos no le estampillan los sellos en el pasaporte. «¿Cómo será el sello de Moldavia?», se pregunta en «De camino a Babadag». Y reflexiona sobre la pereza de esos guardias de guerrera desabotonada y de palillo entre los dientes, que quienes hemos viajado alguna vez por la trastienda europea sabremos reconocer. Y los que no, tendrán su imagen por los tebeos de Tintín. «Los hay distraídos, como aquel esloveno del paso de Hodos que se obstinaba en preguntarnos cuántos dinares llevábamos, pues se le había ido de la cabeza que desde hace diez años su país ya no era Yugoslavia. O extrañados, como aquel griego de Corfú que no podía creerse que hubiéramos pasado dos semanas en Albania por gusto y estuvo mirando nuestros gayumbos al contraluz, buscando la solución al incomprensible misterio», cuenta.
Una prosa luminosa y poética la de Andrzej Stasiuk. «Otra vez es de noche y todo se aleja, desaparece, cubierto por el cielo negro», escribe en su último libro traducido al español. Y tras la oscuridad vuelve la luz.

Bibliografía
«El mundo detrás de Dukla», Andrzej Stasiuk, El Acantilado.
«Mi Europa», Yuri Andrujovic / Andrzej Stasiuk, El Acantilado.
«De camino a Babadag», Andrzej Stasiuk, El Acantilado.

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Entre holoturias, anémonas y moluscos

Por Luis M. Alonso (10 de abril, 2008)

En «Veinte mil leguas de viaje submarino», el capitán Nemo le ofrece a su «invitado», Pierre Aronnax, una confitura de holoturias, equinodermos que cuando se ponen en guardia ante una amenaza son capaces de escupir sus vísceras, que luego regeneran por la boca. Las espardeñas o espardenyas, también conocidos por cohombros o pepinos de mar, son muy apreciados en Cataluña y parte del Levante. De sabor y textura entre el calamar y la navaja, han alcanzado precios desorbitados en los mercados y en los comedores. Todavía recuerdo el fardo de espardeñas de El Bulli de los comienzos y las que comí años más tarde en el restaurante La Xicra, de Palafrugell. No estaban mal, pero no encontré el perfume de mar del que me habían hablado, en aquellos filamentos blancos y algo gomosos. No, al menos, el que se percibe en los oricios, las ostras, los bolos y las ortiguillas, que son, a mi juicio, los mariscos con sabor marino más determinante.
De las ostras ya me he ocupado en más de una ocasión en estas páginas, aunque un día de estos volveré a ello, y de los oricios apenas se puede decir nada que un asturiano no conozca. A las ortiguillas, sin embargo, que sólo se comen o se aprecian, que yo sepa en los puertos próximos al estrecho de Gibraltar, en las costas malagueña, granadina y gaditana, les debo unas líneas. Se trata de anémonas urticantes, no hay que asustarse, que viven en los acantilados, bajo las rocas, a profundidades entre los 10 y 15 metros. En contraste con sus tentáculos exteriores, el interior de la ortiguilla es gelatinoso, característica que disuade a quienes rechazan este tipo de textura, y su sabor marino es de gran intensidad, con cantidad de yodo, como en el caso de los oricios. Se suelen preparar en fritura, como una especie de buñuelos –se conocen también por sesos de mar–, y deben consumirse inmediatamente después de ser pescadas, ya que no aguantan demasiado tiempo en el frigorífico. La gracia está en freirlas enharinadas a unos 180 grados, de manera que el mordisco permita apreciar el crujiente exterior y, al mismo tiempo, la cremosidad interior. Una manera de acentuar sus propiedades es rebozarlas primero y luego congelarlas durante una hora para lograr una penetración más lenta del aceite, hasta que queden crujientes por fuera y fluidas por dentro, como ocurre con el chocolate «coulant». De hecho, algunos cocineros las presentan bajo este nombre. Las he comido riquísimas en El Faro, en Cádiz y en El Puerto, y últimamente en Casa Bigote, en Sanlúcar.
Otros plusmarquistas marinos son los bolos, que también se conocen por piedras o escopiñas; en Galicia, por carneiros, y en Italia, como «tartufo di mare». Moluscos de concha rosada y carne prieta. Si se lavan bien, crudos pueden competir con la mejor almeja.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | abril 2008 |

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