Los Collyer, vidas en ruina

Por Luis M. Alonso (13 de mayo, 2010)


Doctorow interpreta en «Homer y Langley» el mito neoyorquino de los dos hermanos de Harlem que murieron sepultados entre objetos

«Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento». Así arranca la novela de E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) sobre los hermanos Homer y Langley Collyer, una maravillosa recreación de un mito que, como es el caso de tantos otros neoyorquinos de su generación, formó parte durante años de su vida cotidiana. En la primavera de 1947, el novelista tenía 15 años y vivía en una ciudad de leyenda llamada Nueva York, llena de gánsteres, grandes peloteros de béisbol y todo tipo de héroes urbanos. Una mañana, los periódicos alumbraron la historia que se sumaría inmediatamente a sus sueños de adolescente.

El 21 de marzo, alguien hizo una llamada a la Policía informando de que había un hombre muerto en un edificio de piedra rojiza de cuatro pisos, en la Calle 128 con Quinta Avenida, en Harlem. Los agentes habían oído hablar de los dos hermanos que lo habitaban. No les eran ajenas tampoco las ventanas cerradas con tablas de la casa y el insoportable hedor que ésta desprendía durante los veranos. Los bomberos no pudieron inicialmente entrar en la vivienda que se encontraba taponada por pilas ingentes de periódicos y toneladas de otros objetos; por tanto no hubo más remedio que realizar un agujero en la azotea del edificio para poder colarse en él.

Los hermanos, como el lugar en que vivían, habían sido supervivientes de otro tiempo. En el siglo XIX, Harlem era blanca y próspera, un escenario perfecto para personajes de ficción extraídos de los relatos de Edith Wharton. Los hermanos Collyer no crecieron ricos pero sí como lo hace la gente acomodada. Hijos de un ginecólogo, su madre conservó siempre la ambición de convertirse en una gran cantante de ópera. Homer nació en 1881 (el año en que Henry James publicó Retrato de una dama, y del tiroteo en OK Corral); Langley, en 1985. En 1909 se mudaron a la casa de piedra rojiza y se quedaron en ella después de la muerte de sus padres. El dinero heredado les permitió vivir el resto de sus días sin trabajar, pero su ajetreo en busca de papel, maquinaria y objetos con que fortificarse frente a lo que les rodeaba fue constante.

Cuando la Policía empezó a investigar el caso de los Collyer, las primeras revelaciones ocuparon las portadas de los periódicos y miles de neoyorquinos se dieron una vuelta hasta Harlem para echar un vistazo. La curiosidad se tradujo en un continuo peregrinaje y lo que había sucedido en aquella casa no dejó de atraer el interés ni de incitar la imaginación en Nueva York.

No era para menos. En el interior del hogar, la suciedad resultaba indescriptible: las ratas merodeaban por todos lados, las pilas de periódicos eran gigantescas, se amontonaban las máscaras de gas y los pertrechos militares de guerra, había pianos por todas partes -se llegaron a contar catorce- y hasta un automóvil modelo T de Ford se hallaba aparcado en medio del salón. Sólo se podía circular por los estrechos pasillos que los hermanos habían abierto entre las montañas de objetos. La Policía encontró primero a Homer: estaba apoyado en una silla, lisiado y retorcido por el reuma, el pelo revuelto y blanco, la barba le cubría del pecho. Vestía un albornoz azul hecho jirones y había muerto de hambre. Con Langley dieron tres semanas después, pese a que su cuerpo permanecía sólo a cinco metros de distancia del cadáver de Homer, sepultado por los escombros. Murió aplastado por un derrumbe mientras intentaba acceder al rincón de la casa donde se hallaba su hermano, que era paralítico además de ciego, para llevarle de comer. Nunca llegó, murió aplastado por el camino. Las ratas se habían dado con él un último banquete.

A los pocos días de los primeros hallazgos publicados por la prensa, los hermanos acaparadores ya habían irrumpido en la mitología de Nueva York y, a partir de ese momento, formaron parte del lenguaje de la ciudad durante, al menos, dos generaciones. Cientos de madres neoyorquinas reprendían a sus hijos por el desorden o la suciedad en sus cuartos, acusándoles de actuar como los famosos hermanos de Harlem. Más de un vecino en la ciudad del Hudson se habrá sentido en algún momento un Collyer por apilar las revistas o los periódicos que es reacio a tirar. En medicina, el síndrome Collyer se ha estudiado como una variante del de Diógenes.

A Doctorow sólo le bastaba con unir los hilos. Al igual que en El libro de Daniel, Ragtime o, Billy Bathgate, se ocupó menos de la verdad que de interpretar el mito, moldeándolo a su manera. De hecho, Homer, el hermano mayor en la vida real, es en la novela el menor, como si el autor quisiese ofrecer una mayor sensación de protección: el ciego y el pequeño. Langley, por su edad, resulta improbable que combatiese en la Primera Guerra Mundial, de donde regresa en la ficción cargado de obsesiones y admirado por su hermano. De la misma manera que fue Langley el músico y no Homer como ha querido contárnoslo Doctorow en su maravilloso relato de las criaturas mitológicas que llenaron de misterio su adolescencia.

Langley investigaba el mundo, de ahí que no se desprendiese de su primer material de consulta: los periódicos. Pero hubo quienes dijeron que los conservaba para que su hermano pudiera leerlos cuando recuperara la vista. Por este último motivo, lo atiborraba de naranjas.

En resumidas cuentas, una historia como hay pocas.

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Otra inmersión con David Simon

Por Luis M. Alonso (7 de mayo, 2010)


«Treme», la serie ambientada en Nueva Orleans del guionista de «The Wire», retrata la lucha por la supervivencia tras el «Katrina»
El productor y guionista de televisión, David Simon, recibió todo tipo de elogios por The Wire y su brutal visión de Baltimore, una ciudad envuelta en graves problemas sociales y con uno de los mayores indices de delito de Estados Unidos. Estos días se estrenó Treme, su nueva serie marca HBO, un canto a la supervivencia que tiene como fondo el principal escenario de la tragedia norteamericana del siglo XXI: la Nueva Orleans que resurge como puede de sus cenizas tras el Katrina.

Treme, pronúnciese «tremei», también conocido por sus versiones francesas de Tremé o Faubourg Tremé, es el nombre de uno de los barrios más antiguos de la ciudad y el que primero recibió población de negros liberados de la esclavitud. El último censo de 2000 recogía casi nueve mil residentes, pero con la desbandada del Katrina es presumible que en la actualidad no sean tantos. Treme linda al este con el turístico Vieux Carré, y sus fronteras son las de las de la avenida Esplanade y las calles North Rampart, St. Louis, y North Broad, familiares en el callejero para quienes conozcan Nueva Orleans. Cualquiera que haya estado allí y le picase la curiosidad por ver algo más que el bullicio de Bourbon St. seguramente no habrá podido resistir la tentación de darse una vuelta por Congo Square, el parque Armstrong o la avenida Claiborne. No tenga ninguna duda entonces de que habrá estado en el corazón de las brass bands, el creole y la cultura afroamericana. En Treme vivió el incomparable Louis Prima, que empezó tocando la trompeta en un grupo llamado Little Collegiates.

He visto el primer episodio de la serie de David Simon. Treme arranca tres meses después del desastre del Katrina. En ella se cuenta la lucha por la supervivencia de los residentes del barrio tras el huracán, sus angustias y ambiciones, sin dejar a un lado el poso de crítica y resentimiento hacia la actitud de las autoridades y su falta de previsión en relación a la catástrofe. Se trata de una historia, a simple vista, menos compleja que The Wire, pero que igualmente exige cierta inmersión para poder situarse bien en ella.

Por ejemplo, para que a uno le guste Treme tiene que gustarle la música que allí suena, pieza esencial del motor de la trama. Nadie está pidiendo sacrificios, porque se trata de la gran música sureña, la de Louis Armstrong, Dr. John, Allen Toussaint, Fats Domino o Louis Prima, con la incorporación de artistas actuales como John Boutté, que firma la sintonía con la que se abre la serie, o Kermit Ruffins, uno músico nacido en el barrio -lo mismo que el desaparecido Alphonse Picou-, Eddie Bo, Steve Earle o Lucinda Williams. Jazz, funk criollo, cajun, zydeco o el sonido de las orquestas de metales (brass bands) habituales en los desfiles y funerales que se celebran en Nueva Orleans. Precisamente en ellas se busca la vida el trombonista Antoine Batiste, encarnado por Wendell Pierce (Buck Moreland en The Wire) que toca donde sea con el fin de sacar adelante a su familia y que representa el alma de una ciudad destruida y abandonada a su suerte. Batiste, como otros muchos que volvieron a casa tras la devastación, intenta salir a flote sin renunciar a su estilo de vida. Regatea con los taxistas y no puede resistirse a los encantos de las mujeres. Su ex esposa, Ladonna (Khandi Alexander) admite que se ha casado con un maldito músico incapaz de soplar en la dirección adecuada.

El portentoso John Goodman interpreta a un profesor universitario, Creighton Bernette, indignado por la chapucera gestión gubernamental en la construcción de los diques y en la crisis tras el huracán. Steve Zahn es Davis McAlary, un Dj, que intenta proteger el legado musical de la ciudad y, a la vez, hacerse notar. Para ello no duda en abordar en un club a Elvis Costello, que, como Toussaint o Dr. John, se prestó a colaborar en la serie en con cameos. Otro de los personajes es Kim Dickens (The Blind Side, Lost), en el papel de Jeanette Desautel, una cocinera que intenta abrirse paso con su pequeño restaurante. Hay muchos más, entre actores y espontáneos de Treme, pero el personaje que más destaca es esa ciudad perdida y mítica que intenta sobreponerse a la devastación, la codicia y el abandono. Así que atentos a la pantalla, juega David Simon. (en España, en TNT)

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El tiempo en la Ciudad Eterna

Por Luis M. Alonso (6 de mayo, 2010)

Historias de Roma, de Enric González, y otras visiones personales de utilidad sobre la gran urbe italiana

Habrá quienes prefieran otra ciudad, pero nadie podrá negar que Roma es única, y, al ser única, resulta también incomparable. La eternidad de Roma no sólo se debe a sus piedras y monumentos, la mayor concentración de historia y belleza del mundo, sino a lo que en ella se disfruta y aprende del tiempo.

El periodista Enric González, en la actualidad corresponsal de «El País» en Jerusalén, ha escrito un pequeño libro que condensa en sus poco más de 120 páginas el aprendizaje de una estancia bien aprovechada en la gran urbe italiana. El buen periodismo está en los detalles y, al igual que ocurrió anteriormente con Historias de Londres e Historias de Nueva York, Historias de Roma es un cuidado producto de la observación y la melancolía.

Un detalle, por ejemplo, es detenerse en la calle donde fue hallado el automóvil con el cadáver de Aldo Moro, en la Via Michelangelo Caetani, y, después de refrescarnos la memoria con aquellos terribles hechos, llegar a la conclusión de que aparcar en el lugar donde los hicieron los terroristas era entonces y es hoy francamente complicado, por no decir misión imposible. Otro es llevarnos por medio de Alberto Sordi, esencia de la romanidad, a Mario Buffone, el popular guardia urbano de la peana de Piazza Venezia, precisamente el día en que se jubilaba, tras treinta y dos años controlando el tráfico en uno de los puntos más caóticos de Roma.

Alberto Sordi, Albé o Albertone, como se le conocía cariñosamente, protagonizó en 1960 Il vigile, una película en la que encarna a un urbano novato que intenta ser justo e incorruptible, «lo que en Roma suele conducir al fracaso». Enric González cuenta cómo Buffone, después de hablarle de los políticos, futbolistas, actores u otras personalidades a los que ordenó parar e incluso multó, cae en la tentación de explicar también los consejos que le dio a Sordi para dirigir correctamente el tráfico. Algo que no pudo ocurrir jamás, aclara el periodista, porque el guardia de Via Venezia tenía doce años cuando el gran Sordi rodó el film de Luigi Zampa.

Por las páginas del libro pasan las iglesias, los gatos, el glorioso café del San’t Eustachio, donde los parroquianos rascan con la cucharilla el fondo de la taza para arrancar las últimas moléculas de la crema mezclada con el azúcar; la rivalidad local futbolística y los orígenes fascistas de la Roma y de la Lazio; la comida, la pasta asciutta, la pizzería La Montecarlo, los fritti romani y la coda alla vacinara de La Matricianella, en la Via del Leone, y, cómo no, la popularísima pajata (el intestino de cordero lechal con que los romanos acompañan el rigatoni. También están la pintura canalla de Caravaggio, un paquete con un libro que dio la vuelta al mundo por culpa del ineficaz servicio del Chronopost-Paccolere-Internazionale, los papas, los cementerios, la tumba de Keats, la peripecia doméstica del periodista y su mujer en el Palazzo Massimo, unos copos de nieve suspendidos girando en el aire justo debajo del agujero de la cúpula del Panteón, y el caso de Anna Fallarino y el marqués Casati Stampa, un crimen familiar del que acabó beneficiándose Silvio Berlusconi. Las historias se superponen en el formato mini al que nos tiene acostumbrados Enric González.

No dejo pasar la oportunidad de referirme a otros libros que sirven para entender la Ciudad Eterna. Uno de ellos, Secretos de Roma (Debate, 2007), de Corrado Augias, lo cita el propio González. Pero no hay que olvidarse de Roma fugitiva (Quaterni, 2009), los ensayos que escribió Carlo Levi, que incluyen resonancias íntimas de la ciudad en los años cincuenta, hasta la época en que se rodó La dolce vita. Levi capta como nadie el sonido, los ruidos, las fiestas del sueño y del mito que surgen en cada esquina romana.

Otro retrato esencial para entender la ciudad que cambia para seguir siendo la misma es el de Federico Fellini. La primera imagen de Roma que el director de cine conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, con los curas, obtuvo sobre la Ciudad Eterna otro tipo de información. Citando las fatales palabras de Julio César, «alea iacta est», los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero también estaban las películas interpretadas por Greta Garbo y los «peplum» ambientados en los tiempos del imperio de los césares. El profesor de Historia del Cine y Literatura Flaminio Di Biagi se ocupa en La Roma di Fellini (Le Mani, 2008) de la escenografía y topografía del cineasta autor de Ocho y medio, el callejero, los lugares de encuentro, los cafés, los bares y los restaurantes del mundo felliniano. Una lectura imprescindible para saber manejarse en él.

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Adrià pierde el trono Pellegrino

Por Luis M. Alonso (2 de mayo, 2010)


La lista anglosajona que lo encumbró durante cuatro años por encima del resto de los cocineros del mundo ha decidido sustituirlo por Redzepi, el danés elegido su sucesor
Supongo que estarán enterados, pero por si acaso insistiré en ello. El mejor cocinero del mundo, para la revista Restaurant Magazine, ya no es Ferran Adrià, sino un danés que se llama René Redzepi, patrón de un restaurante en Copenhague, Noma, donde comer cuesta entre 90 y 150 euros y el vino puede salirle a uno por otro tanto si tiene cuidado, se comporta con moderación y no rompe nada. Probablemente alguien se preguntará qué es «Restaurant Magazine», puesto que se trata de un invento reciente: hasta hace cinco años su repercusión mediática era pequeña, y ahora se ha convertido en un gigante de la propaganda culinaria. Bueno, pues «Restaurant Magazine», la revista promotora de la lista «S. Pellegrino los 50 mejores restaurantes del mundo», es una publicación británica que fía su criterio a una especie de jurado internacional compuesto por cocineros, dueños de restaurantes, críticos y otros baberos. Cada uno de ellos, me imagino que son muchos y desperdigados aquí y allá, vota cinco restaurantes. La elección final es caprichosa: producto del apaño y de los intereses. La lista se hace pública todos los abriles y la expectación que la rodea cada vez es mayor, teniendo en cuenta que cada vez hay más tontos y esnobs colgados de la brocha.

«Restaurant Magazine» ha dado a conocer estos días atrás su famosa lista anual de los mejores restaurantes del mundo. Creo honradamente, por un lado, que esta feria de vanidades de la alta cocina, al igual que sucede con la alta costura, le importa un bledo a la mayor parte de la gente, que apenas tiene posibilidades, ni falta que les hace, creo yo, de asistir con alguna frecuencia a esos comedores. Y, por otro, que tanto la publicación francesa como la anglosajona son un timo monumental y un insulto a la inteligencia. Cada una de ellas dirige su negocio de las distinciones culinarias como le conviene, en función de su ámbito de influencia y del dinero del lugar: Michelin, por ejemplo, prima lo suyo y a los restaurantes japoneses, mientras que la lista S. Pellegrino lo hace con los rusos. En esta última los cocineros españoles han jugado y juegan un gran protagonismo, posiblemente para chinchar a la chauvinista Francia. Cuatro restaurantes nacionales -El Bulli, El Celler de Can Roca (Gerona), Mugaritz (Rentería) y Arzak (San Sebastián)- vuelven a figurar este año entre los diez primeros de la lista, tres de ellos en el top cinco, en tanto que no hay rastro de los franceses.

La prueba de que la lista anglosajona es una respuesta a la Michelin, se aprecia claramente en el desprecio hacia los chefs galos, y en el premio que, en cambio, reciben los estadounidenses, ingleses y sudafricanos. Los japoneses, que copan la famosa guía Roja -en Tokio hay 227 estrellas, aproximadamente un 40 por ciento más que en toda España-, tardan en aparecer en la relación de Restaurant Magazine. El mismo Noma, de Redzepi, a Michelin sólo le merece dos de sus preciados florones. Uno, en circunstancias normales, a estas cosas no les prestaría demasiada atención si no fuera, como se dice ahora, por la dichosa presión mediática. Pero, ya puestos, ¿a qué viene tanto alboroto?

El alboroto se debe a la pérdida de liderazgo de Adrià después de permanecer cuatro años en el primer puesto ¿Se merece esto el divino chef de Roses? Ahí van cuatro posibles respuestas: a) Desde luego que no. b) Sí, claro que sí. c) No lo sé y d) No lo sé y, además, me importa un pepino. En un test así habría quienes elegirían la a) sin haber comido jamás en El Bulli, y mucho menos en el restaurante danés. Lo mismo ocurriría con la b). Las respuestas c) y d) quedarían para personas sinceras. La última incluye a los especialmente sinceros. Sin embargo, lo que se ha escuchado estos días es la versión de que Adrià debe seguir ostentado el primer lugar entre los cocineros del mundo mundial, incluso después de haber anunciado el próximo cierre de su restaurante de Cala Montjoi. El veterano Juan María Arzak, noveno de la lista Pellegrino, ha dicho de su compañero y amigo que para quitarle el trono más hubiera valido excluirlo de la lista, tendiendo en cuenta que a El Bulli cada vez le quedan menos horas de actividad. En efecto, a Adrià podrían haberlo excluido, ya que él mismo ha decidido en cierto modo excluirse. Lo mismo, y con mucha más razón, tendrían que haber hecho con Heston Blumenthal y The Fat Duck, el restaurante inglés, ahora tercero de la selecta clasificación, que se vio el año pasado obligado a cerrar después de una intoxicación de sus clientes por motivos que todavía no han sido suficientemente aclarados. Mugaritz, el restaurante de Andoni Luis Aduriz, otro de los cocineros que «Restaurant Magazine» ha bendecido entre los diez mejores de su lista Pellegrino, sufrió un aparatoso incendio en su cocina el pasado febrero que ha mantenido paralizada la actividad.

Pero vayamos otra vez al asunto que nos ha mantenido inquietos, porque, según dicen, algo vuelve a a oler a podrido en Dinamarca. ¿Atesora realmente virtudes el sucesor Redzepi que le permitan desbancar al rey? ¿Alguien podrá decir algún día del cocinero danés que Dios tendría que haber creado más seres vivos para poder cocinarlos, como llegó a comentar uno de los aduladores del chef de Roses en pleno éxtasis y con la cursilería más disparada que el colesterol? Dudo que la grandeza que se le otorga a Adrià, por parte de su club de fans, pueda ser alcanzada por un cocinero de un país donde la gente disfruta comiendo arenques en vinagre. No obstante, dejo el juicio a los que no han comido en un sitio ni en el otro, que son los que se han lanzado a tan formidable y apasionante debate.

La alta cocina española, aun sin Adrià ocupando el trono, sigue siendo la más respetada por «Restaurant Magazine». Hay quienes atribuyen la caída al segundo puesto del patrón de El Bulli a la influencia que esta vez han ejercido en las votaciones los franceses e italianos, supuestamente resentidos por el prestigio de nuestros cocineros. Probablemente los mismos que todos estos años atrás se esforzaron en recalcar la negación de esa influencia en la lista anglosajona. No parece, por otro lado, que los franceses y los italianos influyan mucho, teniendo en cuenta la escasa presencia de sus cocinas entre los 50 mejores. En fin, un disparate tras otro.

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La tradición del "fakelaki"

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2010)


La corrupción debilita en Grecia las finanzas públicas hasta el punto de llevar al Estado a la bancarrota
Se habla de la epidemia griega y del contagio que afecta a la deuda crediticia española, convirtiendo a España en uno de los países insolventes de la Unión Europea. El origen de la propagación de la citada epidemia está en un adelgazamiento excesivo del paciente. Y el paciente adelgaza, entre otras cosas, porque la corrupción en Grecia ha debilitado las finanzas públicas más que en otros lugares.

En griego, hay dos palabras para definir este estado de las cosas: fakelaki y rousfeti. «Fakelaki» significa «sobrecitos», sobornos; «rousfeti», favores políticos. Estos últimos prevalecen en todos los ámbitos, desde la educación a contratar polémicas operaciones inmobiliarias con monjes ortodoxos.

La corrupción y el amiguismo forman parte de la tradición helena de los últimos tiempos y han producido un estado, a la vez hinchado y desnutrido, y una crisis de confianza que sacude a toda Europa. Un estudio de Washington Brookings Institution considera que el soborno, el clientelismo y la corrupción pública son los grandes contribuyentes a la deuda del país. Por ese motivo, y según ese mismo estudio, el Estado griego pierde cada año el equivalente de, al menos, el 8 por ciento de su producto interior bruto, más de 20.000 millones de euros.

El propio George Papandreou, primer ministro de Grecia, reconoció, cuando tomó posesión a finales del año pasado, que el problema básico del país era la corrupción sistemática. Entonces prometió un cambio de mentalidad en la esfera pública para que el Estado no se siga viendo como un recurso para el saqueo. Grecia figura en los últimos lugares de un ranking de 16 naciones investigadas por el Banco Mundial en asuntos relacionados con las prácticas corruptas y es la última, empatada con Rumanía y Bulgaria, en la lista de los 27 países de la Unión Europea, de acuerdo con la encuesta realizada por Transparencia Internacional. Precisamente un informe de Transparencia señala cómo en 2009 el 13 por ciento de los hogares griegos pagaron en sobornos un promedio de 1.355 euros a funcionarios para obtener licencias de conducir, citas médicas y permisos de construcción, o para rebajar sus facturas de impuestos.

En los últimos tres años, numerosos políticos de primera o segunda fila dimitieron o fueron investigados por acusaciones que incluyen haber aceptado sobornos para la adjudicación de contratos, emplear a trabajadores ilegales y/o por la venta de bonos sobrevaluados en los fondos públicos de pensiones. Como suele ser habitual, la mayor parte de las operaciones corruptas no aflora, permanece en ese teatro de sombras en el que se mueven los hilos de la Administración.

La opinión helena recibió una fuerte sacudida en 2008, cuando altos funcionarios del Gobierno fueron acusados de favorecer a un monasterio ortodoxo en una operación inmobiliaria en la que unos terrenos públicos se valoraron por debajo de lo que realmente costaban. El erario perdió 100 millones, según se puso entonces de manifiesto. El escándalo contribuyó a la derrota electoral de los conservadores el pasado otoño.

La corrupción socava las finanzas públicas de muchas maneras. No hace falta recurrir a las grandes operaciones fraudulentas para darse cuenta de ello. Está fundamentalmente en el «fakelaki», el sobrecito. Los pequeños sobornos generalizados acaban por erosionar la autoridad del Estado sobre los contribuyentes. Engañar al Gobierno, especialmente en los impuestos, está muy extendido. Se paga por cotizar menos a la Administración o por evitar un impuesto sobre la construcción.

El visitante, en Grecia, se extraña cuando observa el gran número de edificaciones habitadas a medio construir que forman parte del paisaje y cuyos dueños no concluyen las obras para no tener que pagar la tributación anual. La costumbre está todavía más extendida en Creta, que tiene una legislación local aún más permisiva que la peninsular. Muchas casas siguen en pie gracias a los pequeños sobornos que reciben concejales o funcionarios de la Administración pública.

En Grecia, el acatamiento de las normas es una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido. Convendría inmunizarse.

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La vigilia del Libertador

Por Luis M. Alonso (29 de abril, 2010)


Jorge Volpi examina en El insomnio de Bolívar la realidad de América Latina y ofrece, con sentido del humor, un futuro imaginado

Hace tiempo que quería escribir acerca del vuelo de pájaro de Jorge Volpi (México, 1968) sobre América latina y no encontraba el momento. La última astracanada con los transgénicos, los calvos y los homosexuales de Evo Morales, uno de los caudillos democráticos protagonistas de su ensayo El insomnio de Bolívar, me proporciona hasta una pecha.

El caudillo democrático latinoamericano, como cuenta Volpi, no trabaja para la Historia, sino para el aplauso y la celebridad instantáneos. Lo mismo que sucede con los productores televisivos y sus guionistas, los asesores de imagen los obligan a alterar decisiones sobre la marcha con el fin de conservar o aumentar el nivel de aprobación. Por eso, cuando Morales habló el otro día de la Coca-Cola y de los pollos lo hacía imbuido de la conveniencia de lanzar un mensaje, fácilmente entendible por sus seguidores, contra el imperialismo industrial. Al final, todo se queda en propaganda, porque, de acuerdo con la tesis que arroja el libro del que les hablo, los nuevos caudillos de América latina se dedican a defender la soberanía en contra de los espurios intereses extranjeros mientras hacen negocios con toda clase de empresas transnacionales. Arremeter contra los privilegios de los ricos, aunque en secreto se pacte con ellos, forma parte del decálogo del caudillo democrático que persigue el sueño de Bolívar mientras el Libertador permanece en su vigilia.

El ajuste de cuentas de un escritor mexicano que descubrió su condición latinoamericana en Salamanca, «frente a las severas estatuas de Fray Luis de León y Unamuno», cuando tenía 28 años y nunca antes había percibido tal cosa, es intrínsecamente literario. Volpi, a través de fogonazos, desvela la realidad de América latina. El primero de ellos es la rebelión cívica en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, contra las políticas centralistas de La Paz; luego se detiene en Caracas para hablar no de Chávez, sino de Gustavo Dudamel y de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, «una esperanza más allá de las insulsas arengas de los políticos»; después, recuperando una imagen de julio de 2006 en el paseo de la Reforma de México D. F., les toca el turno a los seguidores de López Obrador, ante el triunfo supuestamente fraudulento de Calderón en las elecciones de ese año; más tarde, se para en las calles de Santiago de Chile, en las que los chilenos intentan atrapar desde hace tiempo el sueño del primer mundo; o salta a Managua para dejar constancia del «reality show», mejor dicho, del serial de violencia doméstica, que protagoniza Daniel Ortega, al que su hijastra acusa de acoso sexual; o vuela a Buenos Aires, diciembre de 2007, para asistir al siguiente episodio del culebrón Kirchner, el nuevo experimento familiar pos-Perón que padecen los argentinos; o se planta en La Habana, en junio de 2008, donde Fidel Castro, en chandal, retirado de la política, continúa, según el autor, hechizando la imaginación latinoamericana como símbolo imperecedero de los más altos ideales y de su traición a ellos.

Al autor le cuesta elegir entre el indigesto panfleto de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, que Chávez regaló a Obama, y El perfecto idiota latinoamericano, réplica visceral que escribieron en la década de los setenta Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. De hecho, sugiere que al pesimismo de Galeano habría que oponerle el ensayo del periodista británico Michael Reid Forgotten continent. The battle for Latin America’s soul (2007), que aboga por las reformas institucionales del presente frente a la vía revolucionaria del pasado.

Las cuatro consideraciones de Volpi sobre América latina, intempestivas, como él mismo reconoce en el subtítulo del ensayo, o no, son de lo más pertinente. En último caso, interesantes por lo provocadoras. En la primera de ellas cuenta cómo el realismo mágico, la materia que utilizaron los escritores del «boom» para describir el asombroso paisaje, fue sepultado, y cómo la región se ha convertido en algo más difuso, aburrido y normal. Volpi reprocha a los autores del «boom» sus envejecidas proclamas. Fueron ellos los que recuperaron el viejo sueño de unidad después de la experiencia de la Revolución Cubana y los que, con su éxito espectacular, consagraron la imagen de una América latina distinta y exótica. Eso ya no sirve, ahora que han desaparecido casi todas las dictaduras y las guerrillas y lo que queda son frágiles y pintorescas democracias.

La segunda de las consideraciones tiene que ver con la trágica suerte de los países latinoamericanos, la injusticia, la corrupción y la mediocridad de unos gobernantes devenidos en caudillos. El ensayista mantiene que, más allá de las diferencias que han servido para enfrentarlos, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Rafael Correa, Evo Morales, Martín Torrijos, Néstor y Cristina Kirchner y Daniel Ortega comparten cierto estilo, aunque sus seguidores jamás lo reconocerían: «¿Quién osa comparar al fascista Uribe con el revolucionario Chávez?, ¿quién se atreve unir al tiránico Chávez con el liberal Uribe?». Pero es verdad que todos se han presentado ante sus sociedades con la misma propensión al populismo, idénticos tics mesiánicos, igual tentación salvadora y, sobre todo, como remarca Volpi, con «la misma íntima desconfianza hacia las reglas democráticas».

La tercera secuencia pertenece al azaroso perfil de la región, sus espejismos y quimeras, y las nuevas generaciones de escritores, reverso de los anteriores, convertidos en apátridas. En la cuarta Volpi establece un paralelismo imposible a través de extremos que se tocan, como son los casos de Ciudad Juárez-El Paso o La Habana-Miami.

Finalmente, el autor, en una pirueta fantástica, consigue que el sueño bolivariano se cumpla en la primera década del tercer milenio de nuestra era con la promulgación de la primera constitución de los Estados Unidos de las Américas, en 2110. Para Volpi, el mayor logro de América latina en tres siglos de historia ha consistido en desaparecer y unir su destino al del poderoso vecino del Norte. Entretanto, el Libertador seguirá sin dormir tranquilo.

Periodistas en el punto de mira

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2010)


Escribir sobre la mafia nunca ha dejado de ser peligroso: tras los asesinados en los años más sangrientos, la amenaza en Italia se cierne ahora sobre cronistas famosos y también modestos
La periodista y escritora alemana Petra Reski es una señora de muy buen ver. Guapa, elegante, Donna Leon, su amiga, famosa autora de novelas de intriga, dice de ella que si se le incendiara la casa sería capaz de hacer esperar a los bomberos para arreglarse el pelo. Reski lleva a cabo una cruzada contra la mafia que le impide estarse quieta y callada un solo segundo. Aprendió de Giusseppe Fava, su colega siciliano asesinado en Catania en 1984 por la Cosa Nostra, que vivir no sirve de nada si no se tiene el coraje de luchar. Pero seguro que, al igual que el desaparecido escritor Leonardo Sciascia, que ejerció como pocos lo han hecho la autoridad moral contra el crimen organizado, también haría suyas aquellas palabras de Albert Camus de «vivir contra una pared es vida de perros».

Las revelaciones de Reski hace tiempo que han puesto en alerta a la `Ndrangheta, la organización criminal calabresa, una de las más peligrosas, y desde entonces vive bajo su amenaza. En «Mafia», un libro que ha causado un revuelo casi comparable al de «Gomorra», de Roberto Saviano, menciona nombres de criminales muy conocidos, que no sólo aparecen en los expedientes investigados por las policías alemana e italiana, sino también en las actas de justicia y en reportajes periodísticos. Tras unas confrontaciones en los juzgados, «Mafia» apareció, a petición de los mafiosos, en una versión censurada con tachaduras. El peligro de escribir sobre la mafia está en hacerlo sobre sus negocios reales y aportar nombres y apellidos. Al mafioso le encanta la mitificación novelada de «El Padrino», pero se siente mortificado por el dato que lo compromete. «La mejor literatura acerca de la mafia son las actas de la policía y las sentencias de los tribunales», dijo en una ocasión el escritor siciliano Andrea Camilleri, quitando importancia a la fabulación.

Reski asiste a los actos públicos rodeada de gran presencia policial. Ha elegido Venecia para vivir por la seguridad que aporta su logística y así evitar que le pongan escolta, pero se desplaza cuanto cree oportuno a Sicilia y a Calabria por motivos profesionales. Forma parte ya de la nómina de periodistas amenazados por la Cosa Nostra, la `Ndrangheta, la Camorra y la Sacra Coronna Unita, las cuatro principales organizaciones mafiosas que operan en Italia. En esa nómina figuran, entre otros, el citado Saviano; Lirio Abbate y Peter Gomez, autores de «Cómplices»; Rosaria Capacchione, Maniaci Pino; Sandro Ruotolo, colaborador televisivo de Michele Santoro en «Annozero»; Antonio Nicaso y Nicola Gratteri, este último fiscal de Reggio Calabria y coautor junto a Nicaso de «Hermanos de sangre», el mejor documento que existe para entender los rituales de la mafia calabresa. En Italia, son casi cincuenta los periodistas amenazados por escribir sobre el crimen organizado. De ellos, la mitad se encuentran ya bajo custodia policial. Continuamente se producen amenazas, ataques e intimidaciones, no sólo a los profesionales de renombre, sino a reporteros que por unos euros al mes arriesgan sus vidas en diarios regionales y locales del Mezzogiorno, donde abunda la denuncia y la batalla se libra día a día.

Los mafiosos usan la violencia para proteger su negocio intentando por todos los medios que las noticias de sus actividades criminales no lleguen a la opinión pública. Los intereses entrecruzados de la política, los caciques locales y empresarios corruptos hacen que la censura por medio de la intimidación se repita hasta en los asuntos más domésticos en las regiones en las que la mafia cuenta con organización. El Observatorio de la Unión Nacional de Periodistas está elaborando un estudio para seguir día a día los casos. En Italia, corren malos tiempos contra la libertad y la integridad física de los informadores que escriben sobre el crimen organizado y sus conexiones políticas. No se vivía un momento peor desde los llamados «años de plomo» y las emboscadas a Indro Montanelli, Carlo Casalegno y Walter Tobagi, o, cuando en la primera mitad de la década de los ochenta, cayeron a manos de la mafia Giusseppe Fava o Giancarlo Siani, asesinado por la Camorra, en una época en que Nápoles permanecía en estado de guerra y se cobraba trescientas víctimas mortales al año.

A Siani, joven cronista de «Il Mattino», lo mataron junto al portal de su casa el 23 de septiembre de 1985. Había acertado al contar las luchas entre los clanes de la Camorra. La gota que colmó el vaso de la paciencia de los criminales fue aparentemente su insinuación en un artículo de que la detención del boss Valentino Gionta, un incómodo miembro de los Nuvoletta, era el precio que habían pagado éstos para evitar una guerra con el clan de Bardellino. Según su versión era que, antes de matarlo, los Nuvoletta habían preferido entregárselo a los carabinieri y quedar bien con sus adversarios. A los Nuvoletta no les gustó aparecer ante la opinión pública como traidores y decidieron asesinar al periodista. Roberto Saviano cuenta, sin embargo, en «La belleza y el infierno», su último libro de crónicas, cómo muchos observadores creen que aquel artículo no fue el que le costó la vida a Siani. En su caso, según ellos, habría que tener en cuenta más bien las indagaciones que hacía el periodista napolitano sobre la reconstrucción después del terremoto y el dinero de las contratas que por ese motivo se habían embolsado los dirigentes políticos, empresarios y camorristas, en general. Fuera el que fuera el móvil, el caso es que a Siani, como cuenta Saviano, lo mataron por lo que escribía.

La lista de víctimas no han dejado de tenerla jamás en cuenta los amenazados. Escribir sobre la mafia en Italia siempre ha sido peligroso. A Siani, lo precedieron Cosimo Cristina (Termini Imerese, 1935-1960), fundador del periódico «Perspectivas Sicilianas». Indagó sobre la Cosa Nostra cuando ésta era inexistente para el Estado. Su asesinato se calificó de suicidio. Mario Francese, que investigó la muerte de Cristina, fue consciente en todo momento de que ser cronista judicial en Palermo es una profesión peligrosa. El legendario Mauro de Mauro tuvo como imputado por su muerte al sanguinario Salvatore Riina. Giovanni Spampinato, Mauro Rostagno, Giuseppe Alfano, Peppino Impastato, que inspiró la película de Marco Tulio Giordana, «I cento passi», también cayeron. Lo mismo le ocurrió a Giuseppe Fava, que se mostró abiertamente crítico con empresarios cercanos a los clanes más sanguinarios, como el de Nitto Santapaola: «Me doy cuenta que hay una enorme confusión sobre el problema de la mafia. Los mafiosos están en el Parlamento, a veces son ministros, son banqueros, aquellos que en estos momentos están en el vértice de la nación. No se puede llamar mafioso al pequeño delincuente que llega y te impone el soborno en tu pequeño negocio. El fenómeno de la mafia es mucho más trágico e importante». A las diez de la noche del 8 de enero de 1984 Fava se acercó hasta el teatro Verga para recoger a su sobrino. Cinco balas del calibre 7,65 en la nuca acabaron con su vida en Catania, donde el alcalde siguió sosteniendo que la mafia no existía. El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, se ha apuntado recientemente a esa teoría, lo que ha provocado la decisión de Saviano de abandonar la editorial Mondadori.

Categoría: General | Comentarios(0) | abril 2010 |

El pescaíto que fríen los gallegos

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2010)


Una buena fritura gaditana encierra la sabiduría de la perfección: incluye acedía, pijota, choco, puntilla, japuta, boquerón, cazón y calamar, y se puede llevar en el bolsillo sin pringarlo de aceite
En Cádiz, mejor dicho, en Cai, a las freidurías las han llamado de siempre freidores. Debe de ser el único lugar donde el masculino sustituye en estos casos al femenino. No deja de ser una peculiaridad gaditana, lo mismo que resulta curioso que la costumbre tan andaluza de freír pescado haya sido tradicionalmente oficio de gallegos originarios de las Rías Bajas: Padrón, Pontevedra, Pardemarín, etcétera. Como contó el desaparecido Luis Benítez Carrasco, enciclopédico de la Bahía, a los gallegos del pescaíto frito les vienen bien los versos de José Carlos de Luna en El Parque de María Luisa. Aquellos que decían: «¿Qué tendrá mi tierra, / yo me hago cruces, / que hasta a los franceses / los vuelven andaluces??».

Es famosa la correlación entre la buena fritura de un pescado y el acento del que lo fríe. Cuanto más cerrado el deje gallego, mejor frita la acedía, el choco, la japuta o la puntilla. Algunos lectores se preguntarán por qué los freidores, que todavía se ven por Cádiz, de Puerta de Tierra hacia adentro, los llevan originarios de Galicia. Es posible, como mantienen los cronistas, que los gallegos llegasen a las costas andaluzas cuando los recién nacidos Estados Unidos impusieron la prohibición de pescar en sus aguas territoriales. Rebotados de un lado a otro del Atlántico, estos pescadores habrían adquirido la costumbre de la fritura de los nativos y, posteriormente, con la conocida laboriosidad y el sentido emprendedor que los caracteriza habrían abierto los populares freidores a lo largo de la Bahía.

La «capitalidad» de la fritura del pescado la comparten la costa de Cádiz y Málaga. Julio Camba escribió de los fritos gaditanos: «Son cosa perfecta y no hay, ni ha habido, ni habrá en el mundo, cocina que los iguale». Y José María Castroviejo, al que cita Benítez Carrasco, pone en boca de un gaditano, en su novela La burla negra, una glosa popular de la fritura. «El pescado frito menudo compendia todo el sentir de Andalucía la baja. Es plato ligero y a la vez excitante, que explica nuestra debilidad y nuestra fuerza en los momentos de apuros. No nos rellena como la pesada carne de los héroes nórdicos, pero sirve para mantenernos por cima de los acontecimientos de la historia… Personalmente creo que Séneca no hubiera podido existir sin ese pescadito frito. Pudiéramos también pensar que tampoco el legendario Tartessos con su espléndida cultura, por idéntica razón…».

A los que consideren -van quedando pocos- la cocina andaluza pobre y tosca habría que recordarles que el pescado frito encierra la sabiduría de la perfección, y ésa es la que lo ha mantenido durante siglos como un alimento espiritual. El pescaíto se come al sol y con los dedos, en un cucurucho de papel, y puede llevarlo uno en el bolsillo sin que este se pringue de aceite. No como ocurre con el «fish and chips» británico, envuelto en grasas, soso, y con la masa desprendiéndose del insípido pescado de la misma manera que la pintura se desprende en las paredes desconchadas. Decía Gregorio Marañón que en los mejores restaurantes salen planchados los platos más difíciles con sólo seguir rigurosamente la pauta o la receta, pero del pescadito frito a la gaditana se puede conseguir una burda parodia si el cocinero desconoce la ciencia de la sartén impregnada del refrito y de los jugos marinos.

En el «pescaíto frito», el de las tajaítas que dicen los gadistas, la frescura de la carne y el tueste de la piel tienen que tener un punto. Una buena fritura lleva pescadilla pequeña o pijota; acedía, ese lenguadito pequeño tan peculiar que sólo se puede comer en el lugar donde es pescado porque cuando viaja se marea; boquerón, choco a tiras, calamar, almendrita (choco pequeño) y puntillita. También están las japutas, que en su particular guasa los gaditanos las conocen también por tapaculos. El cazón en adobo, etcétera… Todo el pescado de calidad inferior recibe el nombre de bastina y lo que sobra de los fritos son las mijitas.

Las tajaítas se salan convenientemente y rebozan en harina de pescado, más gruesa que la harina en flor. Acto seguido hay que cuidar el punto de la fritura, una de las ciencias menos exactas que existen. Es decir, lo que se llama el punto es a ojo del que fríe: el aceite debe ser abundante y estar muy caliente, pero no demasiado de manera que el calor pueda perjudicar el proceso. Luego hay que sacarlo de la sartén o de la freidora «escurrío» de manera que no pringue con aceite el cucurucho o el papel de estraza. Ya digo que una buena forma de comer el pescado frito es ayudándose con los dedos, acompañado de los vinos de la tierra: jerez o manzanilla, a sorbos cortos pero seguidos, como mandan los cánones.

La presencia de los ostiones, que tradicionalmente se vendían en los puestos callejeros, es más gris, incluso puede llegar a ser repugnante, que la de las ostras. Ha quienes dicen que se trata de una ostra para pobres. Pese a su sabor marino, prefiero comerlos fritos, en buñuelo, que crudos. De hecho, es la fritura gaditana la que acredita al ostión. Como escribe Benítez Carrasco, se fríen al aroma de la bajamar con su «mijilla» de viento de Levante. El invento de esta popular tapa gaditana se atribuye a Domenico Gippini, un mesonero originario de Liguria que se instaló cerca de donde se encuentra hoy la calle Valverde, y se remonta al siglo XVIII. Un sobrino de este que había adquirido la técnica de su tío llegó a ser «maître confiseur» de Carlos X. En Francia utilizaba ostras de la Gironda que empanaba. Es posible que las «huîtres pannées» provengan de ahí.

Dentro de las típicas frituras están también las famosas tortillitas de camarones por las que mucha gente bebe los vientos, pero que, curiosamente y en contra de lo que se estila en los pescados, pocas veces se consiguen comer sin que resulten aceitosas.

Para sublimes, las ortiguillas. Se trata de anémonas urticantes, no hay que asustarse, que viven en los acantilados, bajo las rocas, a profundidades entre los 10 y los 15 metros. En contraste con sus tentáculos exteriores, el interior de la ortiguilla es gelatinoso, característica que disuade a quienes rechazan este tipo de textura, y conserva un sabor marino de gran intensidad, con cantidad de yodo. Se suelen preparar en fritura, como una especie de buñuelos -se conocen también por sesos de mar-, y deben consumirse inmediatamente después de ser pescadas, ya que no aguantan demasiado tiempo en el frigorífico. La gracia está en freírlas enharinadas a unos 180 grados, de manera que el mordisco permita apreciar el crujiente exterior y, al mismo tiempo, la cremosidad interior. Una manera de acentuar sus propiedades es rebozarlas primero y luego congelarlas durante una hora para lograr una penetración más lenta del aceite, hasta que queden crujientes por fuera y fluidas por dentro, como ocurre con el chocolate «coulant». Tuve la oportunidad de volver a comerlas hace unos días en dos de los lugares donde mejor se aprecia su intensidad: El Faro de Cádiz y El Campero, en Barbate, templo del atún, que se ha lanzado a los cortes japoneses del pescado y ofrece un sashimi de ventresca difícil de superar.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | abril 2010 |

Amenaza de incertidumbre

Por Luis M. Alonso (23 de abril, 2010)


La lentitud de respuesta de los ministros de la UE frente a la crisis del volcán prueba que el miedo bloquea las soluciones
El riesgo no necesita ya ser probado, simplemente es la confirmación del mundo en que vivimos. En la crisis de la nube de ceniza volcánica se ha vuelto a actuar en función de la incertidumbre, sin tener demasiado en cuenta las posibilidades. Anteayer se reabrió el espacio aéreo europeo después de 100.000 vuelos cancelados y el consabido caos en más de 300 aeropuertos.

La lentitud de respuesta de los ministros de la UE indica que el miedo desanima a los responsables a la hora de tomar decisiones. En la sociedad occidental contemporánea, la incertidumbre frente a los peligros desconocidos ha dado lugar a una forma radicalmente nueva de percibir y gestionar la amenaza. Como resultado, la tradicional asociación de riesgos y probabilidades se halla ahora en medio del fuego cruzado de una opinión pública que coincide en que la humanidad carece de los conocimientos necesarios para calcular el peligro de una manera acertada. Da la impresión de que los expertos en seguridad tienen más fe en los modelos informáticos especulativos que en la capacidad de la ciencia para emplear el conocimiento y transformar las incertidumbres en riesgos calculables. En esta vorágine del miedo, «¿qué podría salir mal?» se confunde frecuentemente con «es probable que suceda».

El rechazo de las posibilidades reales está motivado por la creencia de que los peligros a los que nos enfrentamos son demasiado abrumadores y catastróficos -el nuevo milenio, el terrorismo internacional, la gripe porcina, el cambio climático, etcétera- y no se espera a contar con toda la información antes de calcular los posibles efectos destructivos. La respuesta viene siendo «cortar por lo sano». En cualquier caso, se argumenta, ya que muchas de las amenazas son «desconocidas», que hay poca información para un cálculo realista de las probabilidades. Una de las muchas consecuencias lamentables es que la política destinada a combatir las amenazas está más basada en los sentimientos y la intuición que en las pruebas o los hechos. Otras veces interviene el negocio que se ha montado alrededor del apocalipsis, que siempre funcionó en el cine de Hollywood y en las producciones japonesas y ahora lo hace en la propia carne.

Los peores pensamientos animan a la sociedad a adoptar el miedo como uno de los principios fundamentales en torno al cual el público, el Gobierno y diversas organizaciones deben organizar sus vidas. Se ha institucionalizado la inseguridad y fomentado un clima de confusión e impotencia. A través de la popularización de la creencia de que lo peor puede ocurrir, se anima a la gente a sentirse indefensa y vulnerable ante una amplia gama de amenazas. Toda una invitación a la parálisis social.

La erupción del volcán de un glaciar en Islandia plantea problemas técnicos, por lo que los responsables en la toma de decisiones tendrían que haberse apresurado a encontrar la solución sensata. Pero en cambio, Europa ha decidido convertir un problema en un drama. Dentro de 50 años, los historiadores van a escribir acerca de la reticencia de la sociedad para actuar ante a los problemas prácticos. No debe de resultar fácil hacer frente a un desastre natural, pero comprometerse de esta manera con la incertidumbre, bien sea por desconocimiento o por negocio, representa la verdadera amenaza del futuro.

El volcán Eyjafjalla ha perdido un 80 por ciento de su actividad desde el pasado fin de semana, pero sigue siendo imposible predecir cómo evolucionará. La sensación de fragilidad también nos abruma, esta vez por motivos racionales.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | abril 2010 |

Érase una vez en el Delta…

Por Luis M. Alonso (22 de abril, 2010)


Ted Gioia despoja el blues de romanticismo y mito en una historia definitiva de la música popular más influyente de todos los tiempos

En una noche sofocante de 1903, en la estación de tren de Tutwiler (Tallahatchie County), el pianista y cornetista W. C. Handy se enteró del verdadero significado de uno de los estribillos arcaicos del blues del Delta mientras escuchaba a un hombre negro y flaco repetir una frase misteriosa: «Goin’ where the southern cross’ the dog» («Voy donde el sureño se cruza con el perro»), acompañándose de una guitarra y utilizando un cuchillo contra las cuerdas a modo de cuello de botella (bottle neck).

Ted Gioia cuenta en Blues (La música del Delta del Mississippi) cómo muerto de curiosidad Handy le pidió al hombrecito una aclaración de sus lastimeras palabras y aquel saco de huesos le explicó que con «dog» se refería a la línea del ferrocarril del Delta del río Yazoo (YD). Las iniciales Yazoo Delta habían llevado a algún gracioso a bautizar el tren «yaller dawg» (perro aullador) y el apodo se había extendido. «En Moorhead, el tren que viaja hacia el Este y el que viaja hacia el Oeste cruzaban la línea Norte-Sur cuatro veces cada día. Éste era el punto donde el sureño se cruzaba con el perro, el destino de aquel cantante y el tema de su canción nocturna y solitaria. Ya aquí, en su encarnación más antigua, los intérpretes del blues del Delta cantaban sobre la vida del vagabundo, los trenes y los cruces de caminos, temas que se mantendrían en una posición dominante a lo largo de toda su historia» (pág. 40).

Como también cuenta Gioia, en la mayoría de los blues, las primeras dos frases se repiten y la tercera es distinta y rima. Sin embargo, lo que llenó de curiosidad a W. C. Handy, recién llegado al Delta, era un estilo primitivo de composición, alejado de las corrientes musicales de moda. Handy, conocido como el padre del invento, decidiría más tarde adaptar a su orquesta el menospreciado arte popular que se convertiría en una nueva forma de entretenimiento.

Pianista, crítico, profesor y productor de jazz, Ted Gioia ha escrito la historia definitiva del blues del Delta de Mississippi, después de rastrear e investigar archivos, apartándose de la tentación de caer en los tópicos. Su libro es, junto a la biblia de Paul Oliver, traducida al español hace años por Nostromo y ahora descatalogada, la mirada más completa que existe sobre esa música envuelta en misterio y mito que sirvió de plataforma de lanzamiento para el rock and roll.

Hay en el libro de Gioia infinidad de caminos que se encuentran en un cruce y de sureños al encuentro del «perro». Gran parte del material que se incluye lo conocen los aficionados; ha sido tratado otras veces pero sin una comprensión equiparable de la historia. Un ejemplo de ello es cuando el autor, de manera escéptica y huyendo del romanticismo, se ocupa de Robert Johnson. No tiene por qué extrañarnos que siempre que se habla de blues y surge el nombre de Robert Johnson salga a colación el asunto del guitarrista que vendió su alma al diablo a cambio de una capacidad sobrenatural para interpretar. Se trata seguramente del episodio más sonrojante por falso de su biografía, pero también el más famoso en la cronología de la música del Delta. Es una historia repetida y falsa que ha servido para construir una leyenda, a través de libros, artículos e incluso de una película taquillera de Hollywood realizada hace algunos años. Gioia no sucumbe ante el mito aunque reconoce que hay que seguir apoyándose en él porque la leyenda sigue formando parte del negocio y ayuda a explicar muchas cosas. El diablo sí estuvo, según el autor del libro, al loro de los negocios del momento y fueron estos los que realmente auparon una música, genuinamente americana, procedente de los campos de algodón, las prisiones y los garitos, cuyos orígenes se han atribuido erróneamente a África Occidental para nutrir de exotismo el fenómeno.

La encrucijada de Robert Johnson no fue la del diablo sino la de un crápula de los caminos que logró enganchar a las generaciones posteriores con canciones escritas para seducir a las mujeres. Su éxito póstumo es enorme. Ningún cantante de blues tradicional vendió tantos discos como él. «Su manera de acercarse a las mujeres era franca y pragmática hasta unos extremos sorprendentes. Solía escoger a las más feas de la localidad, intuyendo que de este modo tendría más posibilidades de éxito y menos de provocar las iras de otro hombre» (pág 211). Así todo, no evitó que lo matara un marido celoso. Era tímido y jamás se ganaba la confianza de ellas por medio de la conversación. Lo que hacía era elegir una mujer entre el público y cantar dirigiéndose a ella, arrullándola e insinuándose. Su repertorio es el más sensual del Delta: Love in vain, Come on in my kitchen o Kindhearted woman, son algunos ejemplos citados por Gioia, pero hay muchos más. Nadie de sus predecesores, Son House o Charley Patton, suena de forma tan cautivadora. Johnson era el más delicado y cercano de todos pero no porque hubiese vendido su alma al diablo, sino porque le gustaban las mujeres más que a un tonto un globo.

Por las páginas de esta historia racional del blues, de Gioia, desfilan todos los grandes y también algunos de sus epígonos con anécdotas y atinados perfiles. Tommy Johnson, Bukka White, Son House, Skip James, «Mississippi» John Hurt, John Lee Hooker, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, B. B. King, etcétera, los pioneros que salieron al encuentro del «perro» y los que más tarde cruzaron la Highway 61, esa ruta legendaria que se alarga como una vía de escape desde Nueva Orleáns hasta Canadá. Hay que tener en cuenta que no estamos hablando sólo del Delta, sino de caminos que se bifurcan al igual que lo hizo la música popular más grande e influyente de todos los tiempos.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | abril 2010 |

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