Jugando a la lotería

Por Luis Arias

No deja de ser ilustrativo que un Gobierno que se caracteriza por ir de ocurrencia en ocurrencia, de bandazo en bandazo, haya decidido, en el último momento, suspender la salida a bolsa de las loterías del Estado. Y digo esto porque los hechos parecen demostrar que la mayor parte de las medidas que se vinieron aprobando en los últimos años fueron, por parte de los gobiernos de Zapatero, un lanzamiento de dados a ver si salía un buen número y la cosa tomaba buen cariz. O sea, que se jugó, de la manera más frívola que cabe concebir, a la lotería. El actual jefe del Ejecutivo pasará a la historia como el político más alegre y confiado que hemos tenido desde la transición a esta parte.

Pero, por otra parte, en este último (o penúltimo) vaivén de Zapatero hay otro componente muy inquietante. Estamos hablando de algo como Loterías y Apuestas del Estado que no produce pérdidas económicas para el Estado, sino todo lo contrario. Siendo así, resulta inevitable preguntarse por qué se decidió que entrase en este juego un 30 por ciento de capital privado. ¿Qué necesidad había de ello?

Y, según la respuesta oficial de Economía, “no se dan las condiciones adecuadas de mercado para garantizar unos ingresos que reflejen su valor”. Fíjense ustedes: consiguieron algo tan difícil como devaluar la lotería. Nuestros dirigentes son una especie de Rey Midas al revés: cuanto tocan, en lugar de convertirlo en oro, lo devalúan hasta extremos realmente inconcebibles.

Y, por otro lado, seguramente no se plantearon ni por un instante con qué estaban jugando cuando decidieron poner en marcha esta privatización. Me refiero al significado que la lotería tiene en esta sociedad, a los sueños que en ella depositan de continuo tantos y tantos ciudadanos que ven sus horizontes cercenados no sólo por una sociedad en la que las riquezas serían susceptibles de un reparto mucho más equitativo, sino también por una crisis galopante con el paro como el más aterrador de los fantasmas.

O sea, que en lugar de ser el Estado el árbitro único de estos juegos de azar, en los que tantas esperanzas se abrigan, un Gobierno de la izquierda plural y transformadora se mostró partidario de dar cabida en las loterías a potenciales especuladores que tanto daño vienen haciendo en esta crisis que nos golpea y azota. No cabe torpeza mayor para una política que se reclama con vocación de mayor justicia social.

¡Qué manera de pifiarlo todo! ¡Qué irrefrenable tendencia a incurrir en contradicciones insalvables con un discurso que se titula de izquierdas!

¿Hay alguna razón convincente que justifique que los beneficios de la lotería no vayan a parar íntegramente al Estado como fondo común para atender las necesidades ciudadanas?

Y, por otra parte, cuando la izquierda juega a hacer políticas de derechas, lo que sucede es que genera desconfianza no sólo en la masa social a la que supuestamente representa, sino también en los señores del dinero que no se fiarán nunca de unos advenedizos a los que no considera de los suyos.

De dislate en dislate. De vaivén en vaivén. Llevamos cuatro años con la deriva política más lastimosa que imaginarse cabe. Y, por lo que se ve, los mercados no avalan las apuestas de Zapatero, por mucho que en su momento decidiese seguir servil y sumisamente sus consignas.

Categoría: Opinión Comentarios(0) octubre 2011

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