Hablemos del Niemeyer

Por Luis Arias

En el paisaje de Avilés se advierte ya su sino equilibrador y moderador de los extremos; no está a la orilla de un río ni del mar sino donde los extremos se tocan: la ría, y al margen de esas aguas que están entre mar y río, un núcleo urbano que estaba entre la ciudad y villa, en el justo equilibrio entre dos extremos. Pero en el esquema típico avilesino había, además del equilibrio, la selección depuradora. Avilés era la alquitara donde Asturias se refinaba y depuraba”. (Valentín Andrés Álvarez)

Hablemos de Avilés, de una ciudad con menos de cien mil habitantes que, sin embargo, cuenta desde hace años con una programación teatral que es toda una referencia. Añadamos a ello el elenco de actividades de la Casa de Cultura, admirablemente gestionada. Y sumémosle, en fin, el emplazamiento del Niemeyer en un espacio tan importante en la historia de Asturias. En realidad, se trata de algo con un enorme potencial que puede contribuir decisivamente al futuro de esta ciudad. Por eso, es desolador el ambiente tan agrio que se está generando.

De entrada, cuesta entender que se haya formado una tremenda escandalera en el momento mismo en el que se habló de la necesidad de transparencia de una gestión que recibe dinero público. La comparecencia del consejero Marcos Vallaure en la que se criticó con dureza la programación cultural del Centro añadió más leña al fuego, hasta el extremo de que se consideró que con esas embestidas se estaba perjudicando claramente a una ciudad que tiene muchas expectativas puestas en lo mucho que puede dar de sí el Centro Niemeyer.

Dicho todo ello, hay que insistir en que nadie debe rasgarse las vestiduras por el hecho de que se pidan rigor y claridad en la gestión de los dineros públicos. Y, de otro lado, hay una perogrullada que no parece tenerse en cuenta, y es que toda programación cultural está sujeta a la crítica; distinta cosa es que el tono y las formas del Consejero acaso no hayan sido pertinentes.

Le sobra razón al Consejero cuando señala que nuestro patrimonio artístico merece un tratamiento mucho más cuidadoso del que se vino haciendo por parte de los últimos gobiernos de Areces, pero ello no significa necesariamente que, para ello, haya que desatender las necesidades de una de nuestras principales apuestas de futuro como es el centro Niemeyer. Y, por otro lado, no sería admisible considerar que las cosas se hicieron a la perfección y que cualquier crítica que se haga a la gestión del Centro Niemeyer es un ataque al futuro de Avilés.

Convendría, por una vez, mirar hacia delante. El Niemeyer es el futuro, pero Areces es el pasado. El actual Gobierno, por su parte, está obligado a incluir el Niemeyer en su proyecto político para Avilés y para Asturias, en lugar de ver en ello una especie de mausoleo en el que el anterior presidente quiso, a su modo y manera, hacerse omnipresente. La ciudadanía avilesina y, con ella, la asturiana, es mucho más importante que los enfrentamientos entre los políticos de turno.

Creo que nadie debe discutir la importancia del Centro Niemeyer. Creo también que nadie es intocable ni pluscuamperfecto, hasta el extremo de considerarse atacado por unos desacuerdos que se pueden argumentar con fundamento y mesura.

Una vez más, la crispación. Una vez más, el ruido y la furia. Una vez más, el espectáculo de políticos que se desdicen de lo que en su momento manifestaron. Una vez más, tonos improcedentes. Una vez más, estamos ensordecidos en medio de tensiones y broncas.

¿Tenemos que resignarnos a esto? ¿Es pedir lo imposible un esfuerzo de claridad para que se le saque partido a la garantía de futuro que representa el Niemeyer que va mucho más allá de los que se sienten intocables e imprescindibles, que va mucho más allá de ajustes de cuentas entre los unos y los otros, que va mucho más allá de un afán de perpetuidad por parte de políticos que, a día de hoy, son el pasado?

El emplazamiento del Niemeyer atestigua no pequeña parte de la historia que nos hizo tal como somos y, a su vez, representa una posibilidad de despegue que sería imperdonable que se malograse por cortedad de miras, por vanidades fuera de lugar, por no partir de la base de que, ante todo, lo que importa es el futuro de una ciudad que no se merece la asfixia a la que se ve sometida por unos discursos en los que las triquiñuelas ocupan un espacio tan impresentable como nocivo.

Categoría: Opinión Comentarios(0) octubre 2011

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