La yenka política asturiana

Por Luis Arias

“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. (Ortega)

Convendrán conmigo en que el ceremonial de la confusión política que vivimos en Asturias tiene su lado hilarante. Resulta que, según la encuesta del CIS a propósito de las elecciones del 22 de mayo, el electorado consideró que el partido de Cascos era el que estaba más a la derecha entre los principales concurrentes. Además, la mayor parte de los votantes de la formación política que gobierna esta tierra no se declara muy entusiasta del Estado autonómico. Todo ello a pesar de que nuestro actual Presidente definió Asturias como país desde que dio el paso de crear un partido y concurrir a las elecciones. Todo ello a pesar de que Cascos acudió en plena campaña al acto inaugural de la exposición sobre don José Maldonado, que fue el último presidente de la República en el exilio, y, por allí, que se sepa, no se dejaron ver los líderes de la izquierda plural y transformadora.

Así las cosas, ¿a qué conclusión podemos llegar? ¿Acaso en el electorado astur pesa más la imagen de un Cascos conservador, cercano a Fraga y a Aznar, y no se repara en su discurso asturianista, ni tampoco en su confesada admiración hacia la época más prestigiosa de nuestra Universidad, cuyas conexiones con el republicanismo son innegables?

También debemos preguntarnos qué es lo que lleva a pensar que el PP sea menos derechista que FAC, porque, en el discurso teórico, que no en las políticas que lleva a cabo, no es fácil aclararse con respecto a la persona más influyente del PP de Asturias, es decir, Gabino de Lorenzo. En su momento no aceptó que en el callejero de Oviedo figurase don Manuel Azaña, lo que no le impidió, llegado el caso, no oponerse al reconocimiento que le hizo el anterior equipo de gobierno de Gijón a Santiago Carrillo. Ahí están sus declaraciones. Y, en lo que toca al asturianismo, últimamente afeó el giro que en este sentido tomó Cascos, si bien no hace mucho tiempo enarboló una clara defensa de la llingua llariega, siempre a su particular modo y manera.

De todos modos, nuestra yenka política no se reduce, ni debe reducirse, a la derecha, pues los bailoteos de la izquierda de siglas también dan mucho de sí. ¿De verdad podemos creernos que las políticas de Areces en los últimos doce años fueron de izquierdas, en la medida en que estuvieron marcadas por los sobrecostes, las obras faraónicas y el nepotismo, ello por no hablar de todo lo que arrastra la espuma del llamado caso Marea? ¿Acaso los dirigentes de IU en Asturias hicieron algo distinto de ser los palmeros de don Vicente en las dos últimas legislaturas?

No sería disparatado considerar que la FSA es la menos autonomista de todas las federaciones del PSOE. De sus apuestas por lo público, mejor no hablar, sobre todo, en lo tocante a la enseñanza. En lo referente a la defensa de los intereses de Asturias, no se puede negar que pesó más la disciplina de partido que las necesidades de esta tierra. Y sobre su rechazo frontal al asturiano, pocas dudas cabe albergar.

En cuanto a IU en Asturias, además de su entreguismo a Areces, al que acabamos de aludir, se les olvidó su defensa del asturiano tan pronto pactaron y, sobre su republicanismo (y esto es en toda España), convendría que dejasen claro si su bandera es la tricolor o si sus emblemas continúan siendo la hoz y el martillo, porque, ni mucho menos, estamos hablando de lo mismo.

En esta yenka política astur se antoja incontestable que FAC y el PP son de derechas. Lo que está mucho menos claro es que el PSOE sea de izquierdas en algo más que en las siglas. Y lo que don Jesús Iglesias tendría que preguntarse es si con su apoyo a Areces potenció políticas de izquierda, porque ni el mismo Diógenes las encontraría desde su barril.

No es cierto que las ideologías carezcan de sentido. En teoría, los partidos se sustentan en determinadas concepciones de la vida y, a partir de ellas, forjan un proyecto político para un tiempo y un país, proyecto político que debe sustentarse en un discurso. Distinta cosa es que, bajo el amparo de determinadas siglas, haya intereses personales y no ideas, y que éstas no sean más que un pretexto, un envoltorio en la captación de votos.

Y en esta tierra hay un ceremonial de la confusión importante, una pantomima permanente. ¿A quién le puede encajar que durante la pasada campaña electoral Javier Fernández haya puesto su mayor esfuerzo en descalificar a un político como Cascos que, sobre el papel, representaba un espectro ideológico tan alejado de sus votantes más fieles? ¿A quién le puede encajar que Cascos muestre su público respeto hacia la figura de Maldonado, hable del dolor del exilio en su discurso del Día de Asturias, al tiempo que su trayectoria pública colisiona con el republicanismo y con lo que representa el exilio español? ¿A quién le encaja que Jesús Iglesias defendiera en la campaña soluciones de izquierda para la crisis cuando apoyó a un Gobierno que no impidió que el paro se desbocase? ¿A quién le encaja que Gabino de Lorenzo se despojara de su boina y sea ahora más centralista que los jacobinos? ¿A quién?

Bailar la yenka, reírse y caer en la cuenta de que la imbecilidad de la que habla Ortega vendría dada en este caso por creerse que las siglas significan algo más que una etiqueta de usar y tirar.

Categoría: Opinión Comentarios(0) octubre 2011

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