Señardá septembrina

Por Luis Arias

Creo que la filosofía arranca del primer juicio. La poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!” ( León Felipe)

Señardá septembrina. Se alargan las sombras. El viento empuja la hojarasca. El tono ocre empieza a asomarse en algunas montañas. Atrás se queda un verano atípico y no sólo en lo climatológico. Atrás se queda un verano trepidante, también en el tempus fugit. Y es que septiembre tiene su no sé qué de tarde de domingo en la que, a un tiempo, todo se paraliza, y todo está a punto de comenzar.

Señardá septembrina. La Asturias oficial decidió premiar con sus mejores galardones a personajes representativos de la transición, un tiempo histórico, a mi juicio, idealizado en exceso. Sin embargo, no podemos no sentir nostalgia de una época en la que, según nuestro sentir en aquel momento para los que nos encontrábamos entre la adolescencia y la juventud, no sólo estaba casi todo por hacer, sino que además a nadie se le antojaba que lo deseable no fuese posible.

No puede ser casual que señardá sea una de las palabras más hermosas de la llingua asturiana, objeto de tantos odios incomprensibles. Y no puede ser casualidad porque el lamento es una de las fuentes de inspiración más fecundas en el arte, en la poesía y en la música. Y, en este caso, hablamos de un lamento que no conoce la estridencia, que es aterciopelado y sigiloso, que huye de todo ruido y toda furia. Se trata de una discretísima sinfonía de ayes que interpreta la hojarasca al ser pisada sin contundencia.

Señardá septembrina magníficamente escenificada en el clima de estos primeros días del mes en que nos encontramos. Mes de vísperas, acaso, en contra del tópico, vísperas de mucho en lo cuantitativo, pues viviremos un otoño muy pródigo en acontecimientos en lo que a la vida pública se refiere.

Señardá septembrina. ¿Qué echamos de menos del verano que se está despidiendo, además del descanso vacacional que disfrutamos? Si la infancia es la edad dorada, es la nostalgia del paraíso, acaso el verano sea una de las estaciones más añoradas. Y, al recordar los veranos de nuestra vida, sobreviene una señardá, en muchos casos equiparable a la que se siente al evocar la infancia. La infancia es tiempo de ingenuidad. El verano es la estación del año en la que nos sentimos con menos ataduras, también horarias.

Señardá septembrina. Recuerdo las castañas de indias en el Campo San Francisco de Oviedo, que era el escenario en el que evocábamos el mundo rural en el que habíamos estado durante el verano, que se encontraba tan cerca en las vivencias y tan lejos en las expectativas.

Señardá septembrina. Vísperas de mucho, también en lo paisajístico. Vísperas del gran acontecimiento estético que es en Asturias el otoño, nuestra seronda, ese tiempo de castañas, manzanas y sidra dulce. Ese tiempo en el que los árboles se engalanan con el dramatismo de la despedida, propio del otoño de la belleza. Es el tiempo del paisaje asturiano en su mejor sazón.

Señardá septembrina, que en el presente año, tras un verano tan poco pródigo en sol y buen tiempo, comparece entre altas temperaturas, con atardeceres y noches deliciosas, con la luna a punto de ponerse de largo. Como una tarde de domingo en la que la melancolía y la complacencia libran su batalla, sin sangre, sin sudor, sin lágrimas.

Señardá septembrina, tarde de domingo para el ensimismamiento. Señardá septembrina, tarde de domingo con su no sé qué de lirismo que arranca sonrisas, que provoca suspiros. Por algo, Daudet escribió que «si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría».

Categoría: Bajo Narcea Comentarios(0) septiembre 2011

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