Ramón Pérez de Ayala: panteísmo, humor e inteligencia

Por Luis Arias

Ramón Pérez de Ayala, que se declaró heredero del magisterio de Clarín, no sólo atisbó, con un poder de captación poética no superado, el panteísmo que se guarece en la geografía asturiana, sino que también vio en nuestro paisanaje lo mucho que compartimos con el mundo anglosajón, con el que tanto sintonizaba el literato y abogado que en su momento sería nombrado embajador en Londres durante aquella II República de la que fue uno de sus principales forzadores: «Cuando el gallego sale de su tierra, sale cabalmente y por entero, se separa de ella, la deja tras de sí. Consecuentemente sobreviene la morriña, que no se cura sino a la sombra de los árboles que crecen en la patria. Sucede con asturianos y gallegos lo que con franceses e ingleses. El francés es como el gallego. Si emigra, tarde o temprano tiene que volver a la tierra natal. El inglés no tiene esa necesidad. ¿Acaso porque es menos patriota que el francés? No es por eso, sino porque al emigrar no lo hace de hecho. El inglés, adonde quiera que va, lleva a Inglaterra consigo. Cualquiera tierra donde pise la planta de un inglés es ya tierra inglesa… A donde quiera que el asturiano va lleva a Asturias consigo. La tierra que pisa el asturiano es ya para siempre tierra asturiana. … Asturianos e ingleses son, por naturaleza, colonizadores…. y, en mi sentir, se asemejan muy principalmente en que Inglaterra representa dentro de Europa lo que Asturias representa dentro de España. La verde Asturias, humorismo».

No es casualidad que Pérez de Ayala se hubiese definido a sí mismo como «un indiano de la literatura», (precisamente en la época más importante de la emigración asturiana a América) que se enriqueció del mundo exterior, a diferencia de su admirado Clarín, no sólo con lecturas, sino también con una vida viajera de la que da acuse de recibo en su obra, sin perder nunca su raigambre asturiana. Y no debemos pasar por alto que en las palabras que acabamos de reproducir están nuestra insularidad existencial y nuestra socarronería, determinante esta última en la obra de Ayala.

Y, en cuanto a la Asturias mejor descrita, no es hiperbólico afirmar que hay un antes y un después de Pérez de Ayala: «Los asturianos dicen que Asturias es la Suiza de España. Yo, que sólo he visto a Suiza en estampas, me inhibo en este juicio, pero bien sabe Dios que Asturias me parece bella sobre toda ponderación… Hay picachos gigantes, de peña viva y formas quiméricas, que escalan el cielo como titanes, hienden las nubes con sus armas monolíticas y se pierden más allá del toldo gris del firmamento. Hay graves montañas azulinas, canas, con la nieve de muchos años, que cierran el horizonte, soñadoras en la lejanía. Hay valles deleitosos y virgilianos. Hay praderías de velludo verdor perenne, tendidas entre lindes de álamos, de robles, de nogales, entre sebes de zarzamoras, entre setos de laureles, entre bardales de madreselva. Hay ocultos regatos que runrunean decires incógnitos. Hay puras fontanas que vierten su chorro cristalino por una hoja de castaño. Hay bosques centenarios, de temerosas espesuras, llenos de recogimiento religioso, de leyenda, de encantamiento».

La belleza de página es tan innegable como asombrosa. El amor a la tierra se asoma sin rubor y sin pudor. Añadamos que el Ayala que escribió este texto no es un escritor maduro y consagrado, sino un veinteañero comprometido de lleno con la literatura.

Pérez de Ayala alcanza aquella «poesía de las ideas» de la que habló Pedro Salinas a la hora de definir el mejor ensayismo español, cuando se ocupa del panteísmo astur: «En las noches encalmadas articúlanse los rumores vagos en lenguaje musical. Las nubes rojizas y amarillentas del crepúsculo se amontonan como aquel rebaño de vacas de los Vedas. Las castañas rugosas y viejas, de cráneo pelado y barbas de raíces, recuerdan a aquellos ancianos y patriarcas de los primitivos pobladores que cantaban himnos a la luz de la luna. Las vacas del país, casi siempre rojas o amarillas, de cornamenta amplia y grandes ubres, son resignadas y tristes, sesudas, pensadoras: Clarín nos ha hablado de la cordera, la vaca matrona, doctoral como una obra de Horacio. No creo pecar de hiperbólico, lector, si te afirmo que hay caballos asturianos, de alma asturiana, inconfundibles con sus semejantes; son los caballos de los curas de aldea, de los médicos de pueblo, animales llenos de apariencia, peludos, encanecidos, desengañados, que parecen sonreír amargamente con su belfo inferior caído bajo los dientes de color ocre. Y perros asturianos, famélicos y huesudos, como los perros del Señor en las encáusticas de Gadi y Memmi; esos perros de las alquerías, doctores en ciencias misteriosas, que tumbados bajo el hórreo ladran soñolientamente sin dignarse mirar al transeúnte, y por las noches aúllan venteando a la muerte. Por doquiera asoma un hondo sentimiento de pesimismo panteísta, romántico, opuesto a la clásica serenidad del mediodía».

Pesadumbre, languidez, recogimiento bajo la niebla que nos vuelven introspectivos y escépticos. Vacas, caballos y perros empapados de los designios del paisaje que habitan. Todo un encantamiento que conduce a una suerte de abúlica sabiduría. Un paisaje con alma, eso se le debe en Asturias literariamente a Ayala. Un paisaje con alma que va más allá del bucolismo y del costumbrismo, cincelado por todo un artista de la palabra, por toda una cumbre de la prosa española contemporánea.

Por otra parte, parece obligado recordar algunos versos del poema que Pérez de Ayala le dedica a Azorín cuando el escritor alicantino visitó Oviedo muy a principios del siglo XX: «Te hallas, amigo, ahora, en mi amada Vetusta. / La noble, la sarcástica, la devota, la augusta. / Acaso sientes que esta mi ciudad te convida / en su tácito seno a afincar de por vida. / Acaso esa señora prócer -la catedral- / te inculca ideas mansas con su voz de metal. / Acaso, dormitando en el calmo casino, / hayas pensado hacer un alto en el camino. /Acaso en la alameda, a la postmeridiana / hora has ambicionado que el día de mañana / sea como el presente; los días siempre iguales. / Como en una vereda florida los rosales. / Todo calla. Es la hora asoleada y lenta / con que principia nuestro gran libro, «La Regenta».

La eterna ciudad que sestea, tan omnipresente en la obra narrativa ayalina, esta vez con el nombre de Pilares. La plaza del Fontán le debe su inmortalidad literaria a la novela ayalina «Tigre Juan». Y el comienzo de «La pata de la Raposa» es también marcadamente regentiano: «Una tarde de principios de septiembre. Declinaba el estío mansamente. El inflamado crepúsculo hacía presentir el otoño y su melancolía de fruto conseguido. Pilares, la decrépita ciudad, centenario asilo de monotonía y silencio, yacía al sol poniente más callada y absorta que nunca». Sólo cambia la hora: no es la siesta, sino el crepúsculo, pero el marasmo continúa siendo la nota dominante de la muy novelada ciudad. «La pata de la Raposa», que comenzó a redactar en 1909 y que se publicó en 1912, recibiría grandes elogios de Unamuno.

Pérez de Ayala es, sin embargo, un escritor poco leído, incluso en sus textos sobre nuestra tierra que constituyen, sin duda, toda una estética de Asturias, acaso la más lograda literariamente.

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