Mitos nórdicos

Por Luis Arias

“Fue el crítico de Ibsen, Brandes, quien me llevó a conocer a Kierkegaard, y si empecé a aprender el danés traduciendo antes que otra cosa el Brand ibseniano, han sido las obras de Kierkegaard, su padre espiritual, las que sobre todo me han hecho felicitarme de haberlo aprendido.” (Unamuno en 1907)

Las españoladas, especie de bibelot con caspa, dieron cierto protagonismo a unas suecas que hacían turismo en las costas de la reserva espiritual de Occidente, tentando nuestras pecadoras carnes con sus cuerpos de vértigo. La moralina hablaba del alto porcentaje de suicidios en aquellos países nórdicos tan promiscuos. Sin una heroica castidad, la justicia divina intervenía antes del juicio final. En efecto, para el nacionalcatolicismo, el infierno tan temido era el ineludible destino de placeres y libertades, un infierno que se alcanzaba en el hastío de este valle de lágrimas, que ni siquiera esperaba la separación del alma y el cuerpo.

Por su parte, los plúmbeos y pretenciosos analistas del cine de Bergman no osaban decir que no entendían nada. Se obviaba por parte de la progresía que se reclamaba más culta que Unamuno había venerado a Ibsen y que Clarín fue el primer español en leer al dramaturgo noruego. Los más rojos del lugar no elogiaban el modelo socialdemócrata nórdico. Tanta libertad era excesiva. Claro, el modelo socialdemócrata de los países nórdicos amenazaba aquel argumentario en virtud del cual la libertad política y la justicia social eran incompatibles. No había llegado aún el momento histórico para que algo así pudiese resultar viable.

Cuando aquel franquismo que murió matando agonizaba, entonces llegó Olof Palme, simbolizando con su hucha por las calles de Estocolmo el rechazo a la dictadura que padecimos. A la izquierda más sesuda, aquello no debió parecerle suficiente.

En el 86 asesinarían a Olof Palme, fue un crimen que heló al mundo. Tres años más tarde se cayó el Muro de Berlín, y la izquierda más clásica nunca se vio en el espejo del modelo socialdemocracia nórdico, prefirió obviarlo.

Vendría después Larsson y su literatura de consumo. Y lo sucedido pasado sábado 23 de julio en Noruega demostró que hasta los mitos tienen fecha de caducidad.

La realidad de estos tiempos oscuros y mediocres tuvo que conjurarse para hacer creer que no existen los paraísos donde la justicia y la libertad no colisionan, para mostrarnos la faz de estos nuevos tiempos con su malestar en esas sociedades que siempre hemos sentido lejos, y que los apóstoles de cualquier totalitarismo siempre están dispuestos con su odio a demostrarnos que las mayores atrocidades imaginables son posibles.

Habrá quien diga que el sueño del modelo socialdemócrata nórdico acabó produciendo monstruos, porque al fin y al cabo, no es un buen ejemplo para ninguna de las dos cavernas que haya habido países que conjugaron justicia y libertad. O que, en todo caso, hayan avanzado en contra de los falsos profetas de todo signo en tan deseable encuentro.

Categoría: Opinión Comentarios(1) agosto 2011

1 Respuesta a “Mitos nórdicos”

  1. Júlia Says:

    Ayer mismo hablando de Alemania y de nuestro nivel de paro, el mayor de Europa, alguien comentó que allí se vive mucho peor que aquí, no se goza de la vida y todo eso. Y es que pasamos de la flamante autoestima a aquello de ‘si habla mal de España, es español’ con una gran facilidad.

    Me dan más miedo esos apóstoles de los totalitarismos, aunque sea en clave postmoderna, que muchos otros riesgos, que creo inevitables, como que de vez en cuando surja un chiflado vengador, cosa que puede suceder en cualquier parte.

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