Clarín: sus paisajes y sus días

Por Luis Arias

El escritor y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA Luis Arias Argüelles-Meres inicia hoy una serie de cinco entregas dedicadas a glosar fragmentos de Clarín, Pérez de Ayala, Ortega, Fernando Vela y Valentín Andrés Álvarez, que, a juicio del autor, conforman «la Asturias mejor descrita». El lector se encontrará con unas visiones que, tanto por la belleza que atesoran como por su trascendencia, constituyen una referencia obligada sobre las inmensas potencialidades estéticas que ofrece nuestra tierra, que sólo pudieron ser avistadas desde el universalismo que acompañó a los autores antes citados a lo largo de toda su obra, en la que plasmaron la Asturias que logró ser más transitiva, la que en su momento desbrozó los caminos de la modernidad y la que se abrió horizontes gracias en no pequeña parte al luminoso magisterio de Clarín.

A LEOPOLDO TOLIVAR ALAS, POR EL EMPEÑO CON QUE ATESORA LO MEJOR QUE HEMOS TENIDO.

No sólo la eterna, lluviosa y sesteante Vetusta, sino también los parajes aislados, el encanto de los valles, la magia de los bosques, la dureza de la vida en el campo, la nostalgia del indiano que vuelve a degustar en su agonía los sabores de la infancia; el desgarro de unos niños que pierden a la vaca que los sustentó no sólo como alimento. Toda una poética de Asturias en la obra de Leopoldo Alas. Toda una poética de Asturias forjada gracias a un universalismo que no sólo no fue óbice para captar lo más esencial de nuestra tierra, sino que además contribuyó a ello de manera decisiva.

«El provinciano universal», según el certero y clarividente atisbo de Juan Antonio Cabezas, no sólo fue capaz de captar el entonces emergente pensamiento filosófico europeo que estaba llamado a transformar el mundo, sino que además se volcó intensamente en la Asturias de su tiempo a la que inmortalizó literariamente.

No por muy conocido tiene menor interés el primer fragmento de «La Regenta» donde se describe a la ciudad sesteante en la que el viento Sur empujaba «las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte», en la que los remolinos de polvo eran lo único que en aquel momento se movía tejas abajo en el escenario donde se plasmaba la confinada vida de aquella capital de provincias. ¡Con qué admirable precisión supo definir Cabezas el significado de la gran novela clariniana: «la Biblia del aburrimiento provinciano»!

Pero, más allá de su eterna Vetusta, hay descripciones de Clarín verdaderamente antológicas que plasman con envidiable belleza y precisión lo más genuino del paisaje asturiano. Repare el lector en el siguiente fragmento, perteneciente a «Doña Berta»:

Hay un lugar en el Norte de España adonde no llegaron nunca ni los romanos ni los moros; y si doña Berta de Rondaliego, propietaria de este escondite verde y silencioso, supiera algo más de historia, juraría que jamás Agripa, ni Augusto, ni Muza, ni Tarik habían puesto la osada planta sobre el suelo mullido siempre con tupida yerba fresca, jugosa, aterciopelada y reluciente, de aquel rincón suyo, todo suyo, sordo como ella a los rumores del mundo, empaquetado en verdura espesa de árboles infinitos y de lozanos prados, como ella lo está en franela amarilla por culpa de sus achaques.

Manuel Fernández de la Cera me habló de que en una visita suya al Centro Asturiano de Buenos Aires, mientras daba lectura a este fragmento, observó una indisimulable emoción en el público que le escuchaba. Y es que nos encontramos ante un texto que muestra con admirable perfección el encanto que habita en todos esos rincones que vienen a representar lo más genuino de nuestro paisaje. El aislamiento que nos resguarda. La mansedumbre del verde que nos envuelve. Rincón verde y musgoso como fortaleza inexpugnable ante el ruido y la furia provenientes del exterior. Tierra materna que nos acoge, escondrijo del mundo, envoltorio de un ensimismamiento, regazo.

A aquel Clarín que supo asomarse al mundo desde la atalaya de su inteligencia, venciendo así el retraimiento que entonces se vivía en España, también le gustaba saborear el repliegue al que le invitaban aquellos parajes suyos que recorría durante los veranos. Se ensimismaba para interpretar lo que pasaba más allá de nuestros valles y montañas y que terminaría por llegar a nosotros por mucho que aquella España, cuya geografía moral representaba Vetusta, desease seguir viviendo de espaldas al mundo. Sugestiva paradoja.

¿Y qué decir del encantamiento que también emerge de nuestros bosques, cuyas sinfonías, me temo, están aún por componer? Clarín lo describe magistralmente en el primer párrafo de uno de sus relatos más conocidos, «Boroña»:

En la carretera de la costa, en el trayecto de Gijón a Avilés, casi a mitad de camino, entre ambas florecientes villas, se detuvo el coche de carrera, al salir del bosque de la Voz, en la estrechez de una vega muy pintoresca, mullida con infinita hojarasca de castaños y robles, pinos y nogales, con los naturales tapices de la honda pradería de terciopelo verde obscuro, que desciende hasta refrescar sus lindes en un arroyo que busca deprisa y alborotando el cauce del Aboño.

Un bosque cuyo nombre da buena cuenta de su embrujo. A su salida, un arroyo que busca con ímpetu su destino. La honda pradería que en la que hay su no sé qué de abismal y de abisal, su vocación de profundidad. Todo esto como preludio a la historia de un indiano que regresa agonizante a su tierra en busca de aquel sabor perdido de la boroña, sabor mucho más tosco que la tan archinombrada magdalena proustiana, sabor del paraíso perdido que siempre añoró a pesar de la miseria que lo habitaba y que lo empujó en su momento a abandonar su tierra.

La maestría descriptiva de Clarín no sólo se plasmó en una prosa en la que la belleza de página es un logro continuo, sino también en una captación de lo más distintivo de aquella tierra a la que tanto amó y de la que supo hacer toda una poética.

Clarín y «su doble nacionalidad» tan asturiana: la que conjuga la ciudad y el campo. La una no se explica sin la otra. Y no cabe sentir Asturias si alguna de las dos está ausente.

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