Un indiano de la política (Carta abierta a Francisco Álvarez-Cascos)

Por Luis Arias

“La gloria de la novedad dura poco“. (Gracián)

“Un pueblo en marcha, gober­nado con un buen discurso, se me representa de este modo: una herencia histórica corregida por la razón». (Azaña)

Asistí, señor Álvarez-Cascos, a todas las sesiones del debate de investidura. Para empezar, le diré que su primer discurso fue largo en exceso y un tanto plúmbeo. Al día siguiente, sin embargo, creo que estuvo a la altura de las circunstancias en sus contestaciones a los portavoces de los grupos parlamentarios de la oposición. El momento cumbre fue el debate que mantuvo con un Javier Fernández elegante como orador en su primera intervención, tras las crispadas (y creo que estridentes) invectivas de la señora Pérez-Espinosa. También observé algo que no hizo más que reforzar la subida del listón que supone su presencia en la vida pública asturiana. Me refiero al discurso de Jesús Iglesias, porque creo que el líder de IU nunca se había esmerado tanto en una discusión en la Junta. Venció, así pues, en las elecciones y, en términos generales, convenció en los debates de investidura. Ahora le queda persuadir gobernando.

No puedo dejar de preguntarme, máxime teniendo en cuenta su dilatada trayectoria política, desde qué referencias ideológicas gobernará. Su devoción por Jovellanos viene de antiguo. Lo que me sorprendió desde el inicio de su campaña – y creo que constituyó un gran acierto- fueron sus referencias, entre otros, al Partido reformista de Melquíades Álvarez, a Valentín Andrés y a José Maldonado, referencias que estuvieron también en sus discursos de investidura. Y no pudieron no sorprenderme viniendo de un político como usted tan vinculado a Manuel Fraga primero y a José María Aznar, después.

No sólo doy por hecho que usted conoce que el reformismo melquiadista fue el principal vivero de la 2ª República, pues en ese partido militaron entre otros, Azaña, Augusto Barcia, Ortega y Pérez de Ayala, sino que además, al haber acudido al acto en el que se inauguraba la exposición dedicada al tinetense que fue el último Presidente de la República en el exilio, a don José Maldonado, cabe interpretar que, en este regreso suyo a la vida política en Asturias, se encuentra usted más identificado con el reformismo melquiadista que con el franquismo innegable que en su momento hubo en AP, partido fundado por ex ministros de Franco. Y, en ese caso, estaría usted liderando un proyecto político en el que la derecha se distancia del franquismo. Celebraría que la reconquista de una derecha europea en España arrancase en Asturias.

Resulta, bromas aparte, que, en clave nacional, a usted se le considera un político vinculado al aznarismo. Pero, al mismo tiempo, en plena campaña electoral en Asturias, lo que hizo en sus discursos fue reivindicar el legado del reformismo asturiano, de un reformismo cuyo epítome más inmediato fue Clarín y que está ligado a un afán de modernidad irrenunciable en la España de su tiempo. Así la Liga de Educación política que sale del Partido de Melquíades Álvarez, en la que se implican, entre otros, Azaña, Ortega y Pérez de Ayala. Y volvió a aludir a esto mismo en sus intervenciones en la Junta.

Espero y deseo que este furor melquiadista le dure más que el azañismo de Aznar. En todo caso, no deja de ser llamativo que el proyecto reformista de Álvarez haya tenido en su momento el apoyo imprescindible de los indianos que, a su vez, también impulsaron decisivamente la modernización de Asturias. Y, fíjese qué casualidad, en clave asturiana, usted puede y debe ser definido (insisto en esto) como un indiano de la política, y no como un americano del pote.

Sus inicios en la política fueron a contracorriente en una Asturias que se sentía de izquierdas. De modo que, andando el tiempo, cosechó usted fuera de esta tierra triunfos políticos que aquí no había podido obtener. Y ahora decide usted regresar a la política asturiana con el capital de una trayectoria de mucho mayor recorrido que aquellos otros que no salieron de su feudo. Y, como el indiano de últimos del XIX y principios del XX, se encontró con grandes reconocimientos, no exentos de adulaciones excesivas en muchos casos, y, por otro lado, con la reticencia de los aquí afincados cómodamente que lo recibieron de uñas, como a un advenedizo.

Un indiano de la política que además reivindica un asturianismo que no se entiende allende Pajares, considerándolo erróneamente como un nacionalismo que no es tal. Un asturianismo que, si sigue las referencias por usted citadas en su discurso del pasado sábado, no será de campanario. Un asturianismo que colisiona con el jacobinismo de Javier Fernández, distinto y distante al socialismo de otros territorios hispanos, y que, de otra parte, nada tiene que ver su asturianismo con aquellas exhibiciones sainetescas del ahora acérrimo rival suyo Gabino de Lorenzo cuando encabezó la lista del PP astur al Parlamento español en 2008.

Un proyecto el suyo plagado de recetas neoliberales en enseñanza y en política impositiva cuya plasmación genera inquietud. Me pregunto asimismo qué políticas medioambientales seguirá. Desearía que usted se negase a que el occidente de Asturias sea el basurero de Europa, se lo dice un ribereño del Narcea que vive en un pueblo al que no sólo no ha llegado el saneamiento, sino que ni siquiera consta que esté en proyecto.

Su presencia al frente de la política asturiana tiene un gran atractivo literario a la espera de ver si va a impulsar una regeneración política necesaria en Asturias y un afán de modernidad en consonancia con lo que supusieron los indianos y el reformismo melquiadista.

Ojalá que sus afanes se desplieguen en esa dirección. Se lo dice un republicano a cuyo legado ético y estético renunció la izquierda de siglas hace ya de eso mucho tiempo.

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