En la muerte de Juan Uría

Por Luis Arias

Hará de esto dos veranos. Fue en su querido Belmonte de Miranda una tarde de sábado. Hablamos largo rato sobre la figura de Alonso de Bello, sobre antepasados comunes, sobre la situación de estas comarcas. Y, una vez más, disfruté no sólo de su amena conversación, sino también de lo mucho que supone departir con alguien que tiene una visión de Asturias, en lo histórico y en lo geográfico, completa. Porque Juan Uría no sólo era carbayón por los cuatro costados; también tenía muy presentes los avatares de estas comarcas, dada su enorme vinculación a Agüerina, en cuya historia tanto buceó.

Resultaba fácil encontrarse con Juan tanto en su querido Belmonte como en Oviedo. En cualquier momento podíamos coincidir, lo que nos lleva a esa dejadez imperdonable de no dar un paso tan sencillo como una simple llamada, ésa que un momento dado nos damos cuenta de que ya no podremos volver a hacer.

Queda el recuerdo de su bondad, de su sabiduría, de su amor por esta tierra, de la generosidad que siempre mostraba hacia los demás. Cierto es que todos somos únicos e irrepetibles, aunque bien sabemos que unos más que otros, y, en todo caso, estamos hablando de alguien que dejó buen recuerdo en todas aquellas personas que tuvieron la suerte de tratarlo.

Sirvan estas líneas, querido Juan, para manifestar el aprecio que con tanta facilidad y merecimiento te ganaste de todos los que te hemos conocido.

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