En la muerte de Jorge Semprún

Por Luis Arias

“Una vida desdentada. Nunca he mordido nada de verdad, me he pasado la vida esperando, reservándome para más adelante, y ahora acabo de darme cuenta de que ya no tengo dientes” (De un personaje de ‘La edad de la razón’, de Sartre)

“El mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la convicción” (Nietzsche)

Hay literatos cuya trayectoria es no menos interesante que su obra. Los hay, muy pocos, que, además, hacen de esa trayectoria obra maestra literariamente hablando. Es, sin duda, el caso de Semprún, de cuya muerte me enteré hace unas horas.

No hablamos sólo de un testigo de excepción de los horrores del siglo XX, sino también de alguien que, en un momento dado decide distanciarse de todo, incluso de sí mismo, y termina por convertirse en narrador-personaje no sólo de su propia peripecia, sino también de los clamores de toda una generación que, con temor y temblor, pero también con valentía, abre los ojos a una realidad abrumadora: acaso como respuesta a unos horrores, se situaron del otro lado hasta el instante mismo en que son conscientes de que han podido formar parte de algo que no difiere demasiado de aquello que decidieron combatir con todas sus fuerzas.

De esto que les hablo, Semprún da cumplida cuenta en su novela Autobiografía de Federico Sánchez, cuyas claves de lectura van mucho más allá de lo literario sin dejar, al mismo tiempo, de ser literatura. Piensen en un ciudadano, que es nieto por parte materna del político conservador Antonio Maura; su padre, sin embargo, fue un jurista comprometido con la República. Su familia se instala en París en 1941. Lucha en la resistencia contra la ocupación nazi y, a consecuencia de ello, va a parar a un campo de concentración. Sobrevive y, más tarde, es objeto de todo tipo de reconocimientos en Francia donde fija su residencia, aunque su militancia política está en Partido Comunista de España desde 1943 hasta el 64. Resulta que, andando el tiempo, el nombre que usaba en la clandestinidad, Federico Sánchez, se convierte en narrador-personaje de una de las novelas de referencia para entender parte de lo que fue la historia del comunismo español en el exilio y en la lucha antifranquista.

Juez y testigo de la barbarie de la 2ª Guerra Mundial. Juez y testigo de los entresijos más sórdidos del PCE hasta casi mediados los años sesenta. Este último es Federico Sánchez, cuya autobiografía literaria, ganadora de un conocido premio de novela en los primeros años de la transición, dio una imagen de los dirigentes comunistas españoles, especialmente de Santiago Carrillo, que se oponía frontalmente a la actitud del veterano político comunista en aquellos años en los que apostó sin fisuras por la reconciliación.

Un Federico Sánchez descreído y escéptico que manifestaba que se habían escrito versos a Pasionaria con una cursilería no menor a los que habían compuesto algunos poetas del régimen a la Virgen. Un Federico Sánchez que construía un relato en el que el autoritarismo de Carrillo era verdaderamente atroz. Un Federico Sánchez desmitificador de la izquierda.

Y, años más tarde, tras su paso por el Ministerio de Cultura en uno de los Gobiernos de González, escribiría otro relato demoledor, esta vez contra Alfonso Guerra. Les hablo del libro que tiene por título Federico Sánchez se despide de ustedes. Si alguien quisiera salir de dudas, le recomendaría encarecidamente que prestase atención a la puesta en escena de Guerra en los prolegómenos a los Consejos de Ministros que Semprún describe en este libro, así como las palabras que dedica a la intervención parlamentaria de don Alfonso a resultas del escándalo que se produjo con las prácticas tan filantrópicas de su honorable hermano don Juan. Testigo lúcido de su tiempo y, también, juez implacable de la izquierda, comunista y socialista, en la que, en distintas etapas de su vida, estuvo presente.

Añadan a esto el enorme prestigio intelectual que tuvo en Francia y, como guinda, súmenle su obra literaria, que, según barrunto, no ha sido estudiada con la profundidad debida. Es muy posible que, siguiendo inveteradas costumbres, eso se haga a partir de ahora.

Personaje incómodo para la izquierda, porque la desmitificó como nadie. Personaje desconocido y ajeno para la derecha, porque su estética entra en colisión frontal con ella. Y, en todo caso, estamos hablando de un personaje y de una obra imprescindibles para asomarse a esos abismos angustiosos y clarificadores que se abrieron, con sangre, sudor y lágrimas, en el siglo XX; imprescindibles también para conocer las contradicciones de una izquierda, comunista y socialista (al menos de siglas esta última), en la que tuvo un protagonismo innegable.

Juez y parte, Federico Sánchez, al que las fuerzas del orden en la España felipista le rindieron los honores obligados, en su etapa de ministro con González, lo que parecía dar a entender que, tras la pasada por el socialismo, según la genialidad atribuida a Alfonso Guerra, este país no podría ser reconocido ni por la madre que lo parió. Le faltó decir al que se declara fervoroso lector de Machado, que, gracias en no pequeña parte a aquel llamado socialismo de siglas, la España que había parido a su propia izquierda tampoco podría verse reconocida en el felipismo del llamado por Redondo “abrazo aristocrático” y en el carácter cortesano que, desde la transición a esta parte, tiene el partido que en su día fundó Pablo Iglesias.

Categoría: Libros Comentarios(0) junio 2011

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