Indignación: Kilómetro cero

Por Luis Arias

“¡Qué confusión, qué cenagal cada día más profundo! Hemos visto la lucha de intereses y pasiones enardecerse cada día, historias estúpidas, comadreos vergonzosos, los desmentidos más descarados, el simple sentido común abofeteado cada mañana. Y hemos terminado por encontrarlo repelente. ¡Cierto! ¿Pero quién quiso que ocurrieran estas cosas, quién les fue dando largas?” (Zola)
Indignación, kilómetro cero, punto de partida de un malestar ciudadano que eclosiona, que decide manifestar su enojo más allá de las tertulias y cenáculos íntimos, en plena calle. Primero, fue el desencanto. Tras él, el escepticismo. Ya hemos llegado al asqueo y la revoltura. Asqueo y revoltura que toman las calles en este fin de campaña electoral.

Admitida la obviedad de que siempre se corre el riesgo de que todo movimiento de protesta tratará de ser aprovechado por los que pescan en ríos revueltos, lo innegable es que sobran los motivos pasa salir a la calle y manifestarse contra el juego sucio de la mal llamada clase política. Más bien habría que referirse, como últimamente se viene haciendo, a una “casta política” que está llenando la vida pública de parásitos.

Somos, ante todo, animales escénicos, que necesitamos dar forma a lo que soñamos, pensamos, tememos y sentimos. Y que, además, los malestares contra el poder tienen un escenario común en nuestra cultura, como son las vías públicas que, a modo de teatros esparcidos por nuestra geografía, se avienen a acoger catarsis colectivas. El foro público, la calle, la puta calle. Nos bastan la presencia y, como diría Blas de Otero, la palabra, esa palabra que se encarama en las pancartas de las protestas como ramas de una arboleda que de repente emerge en los paisajes urbanos.

Sé que esto que está ocurriendo plantea muchas incógnitas, también matices. Las gentes salen a las calles sin el padrinazgo de intelectuales de referencia que deberían estar explicando en libros y en prensa lo que nos pasa. Lo que sucede es que el intelectual agitador, al modo sartriano, ya no existe, y no sólo en España. Lo que sucede es que el mundo occidental al que pertenecemos no se explica sin el Pensamiento con mayúsculas. Pero acaso quepa pensar que a lo que ahora estamos asistiendo no es una escenificación de un pensamiento más o menos articulado, sino más bien a un espectáculo catártico en el que la ciudadanía se harta de asistir a una continua pantomima que, como vengo diciendo, terminó por asquear. Es tiempo de teatro, no de filosofía, un teatro que, como en la obra de Pirandello, busca autores. En cuanto a los matices, bien cierto es que aquí no hay un tirano al que derrocar como en Túnez, como en Egipto. Bien cierto es que hay ciertas libertades que están garantizadas, entre ellas, las de expresión, reunión y manifestación, ello a pesar del nerviosismo difícilmente digerible en términos democráticos de algunos alcaldes. Pero, ante todo y sobre todo, nada tiene de extraño que una gran parte de la ciudadanía no se sienta representada en un sistema en el que los partidos no tienen democracia interna, en el que los ciudadanos no disponen ni siquiera de listas abiertas para emitir su voto, en el que las instituciones parecen actuar a la orden de los intereses de los mercados y no de los ciudadanos a cuyo servicio dicen estar, en el que los políticos se comportan como una casta privilegiada a la hora de decidir sus sueldos, sus jubilaciones, sus privilegios, sin ruborizarse lo más mínimo.

Desde la transición a esta parte, nunca hemos tenido unos políticos tan mediocres. Desde la transición política a esta parte, nunca hemos visto que la corrupción tuviese tanto descaro. Si lo de la lista del señor Camps en Valencia es un escándalo, no le va a la zaga lo que se está descubriendo en Andalucía. Y, lo que es peor, parece actuarse desde el convencimiento de que decisiones de esa índole no conllevan por parte del electorado castigo alguno.

Pues bien, este kilómetro cero de la indignación demuestra entre otras cosas que no toda la ciudadanía se muestra dispuesta a ver cómo recortan sus derechos al tiempo que se saquean las arcas públicas no sólo con la corrupción más descarada, sino también con los costes que acarrean los privilegios de los políticos y sus allegados. Alguien tiene que mandar parar. Alguien tiene que recordarles que, como se atribuye a un sindicalista peronista, no les queda otra que estar al menos algún tiempo sin robar para que la ruina no acabe con todo.

Indignación, kilómetro cero. Quienes están en las calles son la vanguardia de una ciudadanía que decide salir del letargo, que se niega a continuar narcotizada. Y que esto coincida con unas elecciones locales, es decir, con unas elecciones que se dirimen en un ámbito que es mucho más cercano para el votante, puede ser el indicativo de que hay quienes se sienten impelidos a frenar tanto desmán. Hay quien quiere ver en esto un movimiento antistema. ¿Pero ante qué sistema, ante la democracia, o ante quienes hacen cada día más por suplantarla y desvirtuarla?

Indignación, kilómetro cero, acontecimiento social que puede ayudar a poner el pie en un espacio público donde la esperanza no se encuentre sepultada bajo aquellos adoquines de los que hablaban algunos sedicentes sesentayochistas que no tardaron mucho en acomodarse, desdecirse y desvanecerse.

En todo caso, la indignación tiene actores, con sus voces y sus ecos.

Categoría: Opinión Comentarios(0) mayo 2011

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