Entre marea y marea (De turbulencias y lodazales en la política astur)

Por Luis Arias

“¿Qué veis sobre la piel, escrito en la carne viva de la nación con tinta de la ley, con humo de legalidad? Leyes orgánicas, reales órdenes, decretos, circulares, autos de procesamiento, actas notariales, actas de escrutinios… tatuaje electoral, álgebra de la marrullería política”. (Clarín en 1893)

Y entonces llegaba Cascos, hablando de aquella marea de personas que demandaban su regreso a la política. Todavía no conjugaba el verbo concretar, si bien no tardaría en manifestar su disponibilidad a encabezar la lista electoral del PP al Gobierno de Asturias caso de que se lo propusiesen. Mientras, en el PP astur algunos, principalmente el primer edil de Oviedo, habían pasado, con respecto a don Francisco, del entusiasmo más anhelante al rechazo más ostensible. Al hamletiano Rajoy le tocó decidir entre la propuesta de Gabino y sus seguidores frente a la opción de su antiguo compañero de Gobierno. La guerra interna ya estaba declarada. Por fin, don Mariano hizo el ceremonial de deshojar la margarita y la elegida fue la señora Pérez-Espinosa. El ex ministro de Fomento no tardó en reaccionar, dándose de baja en el partido en el que llevaba más de tres décadas de militancia e iniciando el proceso de la creación de la nueva formación política con la que comparecerá el próximo 22 de mayo.

Nadie podría esperar que, de aquella marea humana de la que hablaba Cascos, se pasase en el tiempo a la llamada «operación marea», a cuyo frente estuvo la juez López Pandiella, que llevó a la cárcel al ex consejero Riopedre, a la señora Otero, «número dos» de don José Luis, así como a la alta funcionaria Marta Renedo.

Muy distintos oleajes, sin duda; pero quiso el azar que el término del que se sirvió Cascos para argumentar su inminente desembarco en la política coincidiese con la denominación que la magistrada López Pandiella le dio a la operación judicial que fue todo un terremoto político que aún no ha concluido.

Ambas «mareas» están protagonizando -y de qué modo- no sólo la campaña electoral, sino también el debate político en Asturias. Aquella marea humana por la que Cascos dijo sentirse empujado terminó por ser una auténtica mareona que dio al traste con la difícil armonía de la derecha asturiana. Auténtica mareona procelosa en la que el mapa político de Asturias deja de ser previsible y se convierte en incierto. Y, por otro lado, la llamada «operación marea», tras haberse levantado el secreto del sumario, pone de manifiesto que la corrupción política en nuestra vida pública ya no se ubica en sospechas y conjeturas, sino en certidumbres que, a qué negarlo, abochornan al más pintado. La mera lectura de las conversaciones entre los implicados que viene publicando este periódico nos sume no sólo en la perplejidad, sino también en la indignación. ¿Podrá haber alguien que siga sosteniendo que el señor Iglesias Riopedre se afanó y se desveló por el bien de la enseñanza pública en Asturias? ¿Con qué cuajo se puede encarar, por ejemplo, que haya necesidades sin cubrir en centros de enseñanza, al tiempo que se actuó de la manera que estamos conociendo en determinadas contrataciones, cuyas cifras son, teniendo en cuenta la terminología en la que estamos, mareantes?

¿Con qué cuajo pueden los partidos que se titulan de izquierdas enarbolar un discurso que pretende amedrentar al electorado hablando de recortes en derechos sociales que tiene en cartera la derecha, cuando ha habido quien dispuso del dinero público, desde una Administración de izquierda de siglas, no precisamente con criterios filantrópicos ni emancipadores en pro de los más desfavorecidos? ¿Tan poca memoria tienen algunos que no se dan cuenta de que estamos ante una nueva versión del discurso caciquil que decía a los agricultores y ganaderos que en caso de ganar las izquierdas les quitarían los prados y las vacas? Pero, claro, aquello lo decía la derecha más rancia y reaccionaria, y ahora -mutatis mutandis- lo profiere la izquierda de siglas.

Me pregunto, entre otras muchas cosas, por qué no ha dimitido la señora Migoya, de cuya honestidad no dudo, pero sí se puede sentir políticamente responsable de la confianza que le otorgó a una alta funcionaria que actualmente se encuentra en prisión. Entiendo y respeto la amistad del señor Areces con el ex consejero Riopedre, pero no puedo dejar de preguntarme si don Vicente no hizo conjeturas sobre las causas por las que dimitió su antiguo camarada y amigo del alma.

Entre marea y marea. La irrupción de Cascos agitó las aguas y las hizo turbulentas. El llamado «caso Renedo», al que otros denominan también «caso Riopedre», enfangó la supuesta transparencia de la política asturiana, arrastró lodo.

Una derecha astur que se zarandea a sí misma, que protagoniza una guerra de familia para asombro y estupor de muchos. Una izquierda que esgrime el discurso del miedo a la derecha, en lugar de poner sobre la mesa propuestas y proyectos ilusionantes con un inequívoco compromiso con un mundo más libre y más justo. Una izquierda de siglas, con un discurso que, parodiando las palabras de Clarín que encabezan este artículo, se decanta por el tatuaje y la marrullería, sin tener valor siquiera para asumir sus errores, para exigir compromisos con esta tierra a sus señoritos madrileños, y para poner a determinadas personas en su sitio, que no sería precisamente un pedestal.

Entre marea y marea. ¡Cuánto jaleo y alboroto en el primer caso! ¡Cuánta náusea en el segundo!

Categoría: Opinión Comentarios(0) mayo 2011

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