Estado autonómico y estado del bienestar

Por Luis Arias

“Por ahora mi misión no llega más allá del deseo de que formemos una liga, ofensiva y defensiva, que nos proteja de nuestros comunes enemigos: los enemigos de la razón y de la belleza: las gentes de mentalidad mostrenca y de corazón insensible” (Hume)

Ahora que la crisis azota, y amenaza con seguir haciéndolo; ahora que el número de parados no deja de aumentar, al tiempo que se recortan sueldos y pensiones; ahora que las encuestas dicen muy claro que los políticos constituyen uno de los mayores problemas para la ciudadanía, hay debates que no se deben seguir posponiendo, empezando por los privilegios de la mal llamada clase política.

Todos conocemos a cargos públicos honestos que desempeñan su tarea con la mayor responsabilidad. Pero todos sabemos también que cada vez hay más personas que se resisten a dejar a la política, bien porque no tienen ningún destino profesional al que incorporarse, o bien, en el mejor de los supuestos, porque sus ingresos se reducirían drásticamente. Ello por no hablar de que, en muchos casos, no sólo gozan de otros privilegios al margen del sueldo oficial, sino que además se permiten el lujo de favorecer a personas cercanas al margen de lo que se pudieran considerar méritos objetivos. La anécdota reciente de la ministra Pajín acerca de la potestad que tenía para hacer sus nombramientos no puede ser más significativa en este sentido pues su chabacanería es insultante.

En ningún caso es justificable que los políticos, en cuanto teóricos representantes de los ciudadanos, tengan derecho a unas prerrogativas que están muy encima, en muchos casos, de sus méritos o rendimiento. En ningún caso es justificable que la mal llamada clase política se esté convirtiendo en una especie de casta privilegiada que colisiona con los fundamentos teóricos de una sociedad democrática.

Pero, si además tenemos en cuenta que estamos viviendo una crisis que pone en peligro el Estado del bienestar, que tales cosas ocurran es mucho más inadmisible.

Y, ante todo y sobre todo, antes de discutir la viabilidad del Estado autonómico, con sus luces y sombras, que es uno de los grandes debates pendientes en este país, lo primero es tomar nota de que, para la ciudadanía, los políticos, más que una solución, constituyen a día de hoy un problema. Y lo cierto es que, por mucho que esto sea una realidad, la mayor parte de los dirigentes actúan con un autismo tal que no dan acuse de recibo de este problema que constatan las encuestas.

Sobre el Estado autonómico habría que preguntarse si en realidad fue un acierto aquella famosa fórmula del “café para todos” de Clavero Arévalo. Habría que plantearse también si es operativo para la ciudadanía. Habría que abordar sin tapujos que no es de recibo que constituya un instrumento para la desigualdad bajo el techo lleno de goteras de una Constitución que dice garantizar la igualdad ante la ley. Es inaceptable que, según dónde se viva, se paguen más o menos impuestos, o se disponga de mejores o peores servicios. Habría que preguntarse, también, si mayores cuotas de autonomía significan más derechos. Cierto es que la autonomía era un clamor en determinados territorios con una tradición nacionalista innegable y que, en un momento dado, aunque se establecieron dos velocidades, se decidió que el Estado fuese autonómico. Y no hay que tener ningún pudor en decir que en muchas regiones la autonomía fue impuesta como un acuerdo entre los partidos, no como una respuesta a los afanes de la ciudadanía. Pero el hecho es que el país se vertebró de ese modo y que, a día de hoy, supone un gasto mayúsculo ante la indiferencia ciudadana en muchos casos.

Y, ante todo y sobre todo, el Estado autonómico no puede ser un instrumento para la desigualdad, ni un pretexto para el despilfarro, ni tampoco debe generar una dialéctica que redunde en problemas de convivencia y desapegos. Pregúntese el lector si esas cosas que acaban de mencionarse se están evitando, o, al contrario, se incrementan de forma inquietante.

Hay algo insoslayable. Por una parte, no se garantiza actualmente la preservación del Estado del bienestar y, por la otra, a la sociedad española, su mal llamada clase política le cuesta cada vez más. Parece que hay que recordar de nuevo que los artífices de tantas reconversiones, esto es, los políticos, se niegan a reconvertirse a sí mismos, renunciando a unas prebendas que no sólo son inmerecidas, sino que además suponen toda una provocación en tiempos de crisis. A todos los riesgos que sufre el Estado de bienestar, no es de recibo que se sume el despilfarro de su clase política, administrando mal, a veces por incompetencia, a veces, por electoralismo, a veces, por irresponsabilidad, a veces por nepotismo.

Si lo que se dice sobre la crisis es cierto, si lo peor está por pasar, el erario público no puede seguir siendo parasitado por la mediocridad y por la impostura. Urge un pacto social en el que debe quedar muy claro que los sacrificios han de ser proporcionados y equitativos, dando ejemplo ante todo los que se reclaman representantes de la ciudadanía

Un Estado autonómico no puede ser la suma de reinos de taifas insolidarios que guerrean entre ellos y que esquilman a todos. Un Estado autonómico no puede ser el refugio de la mediocridad y el enchufismo. Un Estado autonómico tiene como primer imperativo la cercanía al ciudadano, cercanía que debe suponer eficacia, y no caciquismo.

¿Hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué se seguirá retrasando el presente debate?

Categoría: Opinión Comentarios(3) diciembre 2010

3 Respuestas a “Estado autonómico y estado del bienestar”

  1. Julia Says:

    Cierto, pero me temo que los debates serios, si llegan, todavía tardarán mucho.

  2. Jablaca Says:

    – El problema está en el “Sistema”,que, paradogicamente tendría que ser la solución. – Los gobiernos son el exponente del pueblo…y la Democracia sigue adelgazando…
    – Es preocupante,Don Luis, muy preocupante el grito de los violentos, los corruptos, los deshonestos sin Ética; pero mucho más preocupante es el silencio de los honestos.

  3. Selene3000 Says:

    Debido a esa clase de politiquillos deshonestos, chaqueteros y corruptus nos vemos como nos vemos. Por aquí ya corren algunas voces de que las autonímas deberían desaparecer, que tendría que volver el centralismo etc.etc
    Por eso el debate que plantea usted, tendría que plantearse ya mismo.
    Si se vuelve al centralismo con su polítca asbsolutista y de periferia, será un retraso.
    Su artículo es excelte.

    ¡Buenes fiestes a todos!

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