Tratado de la desesperación

Por Luis Arias

“Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos. Mira con las orejas. Ve allí cómo un juez enjuicia a un ladrón sincero. Presta el oído. Cámbialos de sitio por arte del birlibirloque. ¿Quién es el juez? ¿Quién es el ladrón? El usurero hace prender al ratero; los vicios pequeños se ven a través de los andrajos; pero la púrpura y el armiño lo ocultan todo… Escucha, amigo mío, te lo digo yo que tengo el poder de cerrar la boca del acusador. Ponte anteojos y, como un político rastrero, aparenta ver lo que no ves”. (Shakespeare. El Rey Lear)

“Existe una vieja fábula española que narra cómo los hombres de España resultaron gratos a la Virgen bendita y cómo ella pretendió interceder ante el Todopoderoso para cualquier cosa que pudieran desear. Ellos pidieron el mejor clima del mundo y el Todopoderoso concedió el deseo. Ellos pidieron los mejores caballos, espadas y cosas similares, y ellos las recibieron. Ellos pidieron las mejores canciones y los bailes más nobles, y éstos les fueron otorgados. Pidieron las mujeres más bellas y los hombres más valerosos, y éstos también les fueron concedidos. Finalmente pidieron el mejor Gobierno del mundo. El Todopoderoso volvió la cabeza ‘¿Quién se creen que son?’, preguntó a la llorosa Virgen”(Frank Jellinek)

Hay libros que siempre estuvieron ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Hay libros a los que la memoria ubica de forma inequívoca en determinados lugares que formaron parte de nuestras vidas. Por eso, no puedo olvidar el Tratado de la desesperación de Kierkegaard, al que nunca vi que lo movieran de su estante y que formaba parte del decorado, acompañando conversaciones que en su momento debimos considerar estimulantes. Yo sabía de la desesperación del pensador danés a través de dos libros suyos, El concepto de la Angustia y Temor y Temblor. También conocía su talla como literato tras haber leído el Diario de un seductor; confieso, sin embargo, que en ningún momento me sentí tentado a hojear aquel libro, a pesar de haberlo tenido frente a mí durante tantas y tantas horas.

Y, miren ustedes por dónde, con la desiderata de Aznar, conocida a través de las filtraciones de Wikileaks, donde contemplaba la posibilidad de volver a la política en el caso de que en su amada patria cundiese la desesperación, recordé el libro del que les vengo hablando. Ítem más: me atrevería a apostar que, de haber conocido Kierkegaard a Aznar y a Zapatero, su Tratado de la desesperación hubiera sido completamente distinto y, de seguro, no formaría parte de la literatura existencialista.

Cierto es que la deriva de Zapatero con sus vaivenes e inconsistencias resulta desesperante. Pero, si tenemos que librarnos del desasosiego que Zapatero nos está causando mediante un regreso de Aznar, algo así nos llevaría aún más lejos de lo que propone el patriarca del existencialismo. Y a saber cómo acabaría el sistema nervioso de muchos de nosotros, proclives a tremendas turbulencias.

No me digan que tenemos que resignarnos a que aquí sólo hay dos zozobras posibles: o Zapatero o Aznar. Porque no es fácil saber cuál de los dos tiene mayor capacidad para provocar desespero. Un Zapatero al que las encuestas le advierten de un desplome pavoroso que no para de tomar medidas que, por lo que se ve, a pocos deben satisfacer. Un Aznar mesiánico, salvador de la patria, que parece no haber abandonado la prepotencia con la que nos obsequió en su última legislatura como gobernante.

Tratado de la desesperación. Gobernados por un presidente que no deja de batir récords en las cifras del paro, que no deja de dar vaivenes, que hace de todo excepto regenerar la vida pública, y, al mismo tiempo, sufriendo la amenaza de que Aznar está dispuesto a salvarnos. No es justo, oiga.

Tratado de la desesperación. Estamos sufriendo un Gobierno con ministras y ministros que tienen serias dificultades con la inteligencia y con el idioma, con un presidente que no deja de desdecirse y que demuestra una superficialidad alarmante. Un Gobierno sin discurso, que ampara y bendice la mediocridad. De otro lado, contamos con un jefe de la oposición del que desconocemos sus planteamientos, no ya para salir de la crisis, pero sí al menos para hacerle frente. Y que ahora parece haber descubierto la solución a gran parte de nuestros males con la política del primer ministro inglés. Uno no puede no preguntarse si hasta tan deslumbrante descubrimiento anduvo a ciegas. Y, si echamos un vistazo a la llamada izquierda no gobernante, es inevitable que nos inquietemos por la falta de discurso de IU más allá de topicazos que nada aclaran.

¿Acaso no era éste el momento para que la mal llamada clase política, a la que también pertenecen los dirigentes de los dos grandes sindicatos, asumiese que ya era hora de renunciar a algunos de sus muchos e inmerecidos privilegios?

Tratado de la desesperación. Dos grandes partidos turnantes, dos grandes sindicatos. La cifra de profesionales de la política que alcanzan, sin perder de vista tampoco a los politiquillos de muchas autonomías, supone una sangría económica que es una auténtica provocación en un momento en que los parados no sólo son cada vez más, sino que, para mayor baldón, tendrán menos ayudas.

Tratado de la desesperación. Zapatero, con sus bandazos, con su manera obscena de conseguir acuerdos parlamentarios sobre la base de la chequera, que para nada tiene en cuenta la llamada igualdad ante la ley, con su falta de discurso. Frente a él, Rajoy y sus titubeos. El mismo Rajoy que, en la pasada Legislatura, se condujo con la vieja guardia aznarista. Y ahora sale el hombre de las Azores dispuesto a salvarnos.

¿Nos merecemos esto? Quiero creer que no. Ya que con Kierkegaard empezamos, concluyamos con nuestro Unamuno que tanto admiraba al pensador danés: “Los pueblos, amigo mío, tienen los gobiernos que toleran, aunque no se los merezcan”.

Aun así, no es un consuelo no poder salir de la desesperación.

Categoría: Opinión Comentarios(7) diciembre 2010

7 Respuestas a “Tratado de la desesperación”

  1. Elena de Goya Says:

    ¿Dónde estaba ese libro de Kierkegaard que nadie movía del sitio? Me quedaré con la curiosidad, o ella conmigo.
    El artículo, como siempre, en su punto.

  2. Mirentxu Says:

    Este pueblo, por desgracia, tiene la mala costumbre de soportar dirigentes mediocres en destacados momentos históricos. Lo que quizás sea debido a que nos tienen acostumbrados al uso de la fuerza cuando les falta la razón.
    Un artículo excelente D. Luis. Gracias.

  3. Jablaca Says:

    -Cuando de pequeños nos engañán,la culpa no es nuestra. Cuando al ser humano le engañan los que vociferan para defenderlo, falla el “Sistema”. y por desgracia fallamos mucho todos… La Política no es ésto, o si… siempre entendí que los hombres la haciamos “Maquiavélica” lo que tarde en darme cuenta es que la hacemos diabólica.
    -Don Luis Felicidades una vez más por el tema y permítame también hacerlo por estas Fiestas.

  4. Julia Says:

    Excelentes reflexiones. No creo que merezcamos nada, ni malo ni bueno, y la tolerancia siempre es relativa, lo que queremos la mayoría -silenciosa?-, a fin de cuentas, es lo que decían mis padre después de haber pasado lo que todos saben y nadie, ni dentro ni fuera, pudo evitar: vivir tranquilos. Aunque sea de forma modesta e incluso mediocre.

  5. Selene3000 Says:

    Un tratado de la desesperación deberíamos presentarlo la gente, todos los ciudadanos a los políticos. Aguantarles las mentiras, el cinismo, las trampas, las traiciones y demás pijotadas, sería suficiente para renegar de todos ellos y echarlos de sus funciones.
    ¡Qué chulo engreído se cree este Aznar!
    Son unos mezquinos.

  6. Teófilo Says:

    El desesperante nos quiere librar de la desesperación que sufrimos.
    ¡Quién lo diría!

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