En la muerte de Luis García Berlanga

Por Luis Arias

“Todas mis películas son crónicas de un fracaso, protagonizadas por antihéroes. Son disecciones crueles de la realidad pero con risas” (Luis García Berlanga)

Frío y sordidez en las calles. Los buenos días se daban con tristeza. Rostros desaliñados, vidas sin apenas otros horizontes que la lucha contra una avasalladora miseria. Se diría que hubo un tiempo en que sólo quedaba apelar a la ternura que emanaba de aquellos personajes que protagonizaban el cine de Berlanga, era lo único que salvaba un universo doloroso e injusto.

Valle había reinventado los esperpentos. La pintura de principios del XX se había ocupado de la España más tenebrosa. Y, en aquella posguerra tan dura e interminable, las primeras películas de Berlanga siguieron a su modo una poética del esperpento al que una infinita ternura aliviaba.

En tan sombrío panorama, Berlanga dio vida al Alcalde de todas las Españas, es decir al que protagoniza Bienvenido, Míster Marshall. Lo cierto es que el calderoniano Pedro Crespo y el protagonista de esta obra del genial cineasta valenciano son los alcaldes carpetovetónicos por excelencia y definición. La escena en la que el personaje de Berlanga manifiesta a su pueblo que les debe una explicación es tan antológica como eterna.

Una poética del esperpento. Si en su momento Buero Vallejo, hablando de la gran aportación valleinclanesca a nuestro teatro, acertó a decir que la grandeza de Luces de Bohemia estribaba en que no todo era esperpento, podría sugerirse que esa ternura a la que antes nos referimos humaniza a los personajes de las principales obras de Berlanga y, con ello, hace más respirable aquella atmósfera tan dura, gélida y asfixiante. Pobres que eran graciosos y hasta cumplían con las exigencias que de ellos se esperaban, si bien se les escapaban guiños que abrían paso a la ironía y a la crítica a pesar de las imposiciones de la censura en su época más cerril. Ironía que tampoco ocultaba la lucidez de quien sabe que el mundo no está ciertamente bien hecho. Ironía que lograba romper costuras sin provocar reventones estridentes que hubieran martilleado los muy atentos oídos de los censores.

Una poética del esperpento frente a un mundo en el que las ilusiones y sueños yacían sepultados, o habían tenido que buscar asentamiento muy lejos. Una poética del esperpento que logró abrirse paso ante unas dificultades no pequeñas.

Es antológica la frase atribuida a Franco en un Consejo de Ministros en la que, según parece, el dictador dijo que lo peor de Berlanga no era su supuesta ideología política, sino el hecho de que se trataba de un mal español.

¡Asombroso! Para el invicto caudillo, el director de películas como Plácido era un mal español, cuando en su cine estaba presente lo más genuino de lo que Unamuno llamaría la intrahistoria de este país.

En todo caso, la obra de Berlanga no sólo se circunscribe al periodo franquista, pues tampoco fue de aquellos que tras la muerte del dictador se erigió en mártir y se apuntó al pesebre de turno, como hicieron y siguen haciendo determinados faranduleros, pues también plasmó su acidez en películas como ¡Todos a la cárcel!, que data de un año en el que la corrupción política en la España de los primeros noventa, gobernando el PSOE, apestaba. Una poética del esperpento que también se da cita en la trilogía de la familia Leguineche. No falta detalle en el esperpento nacional, esta vez el de las clases más acomodadas que, en su decadencia, protagonizan episodios hilarantes e inolvidables.

No es fácil ser autor de varias obras maestras. No es fácil burlar la censura en tiempos tan represivos. No es fácil conservar la mordacidad y la ironía muchos años después, cuando el cineasta que acaba de fallecer tenía todos los boletos en su mano para dormirse en los laureles por haber sido un director de cine combativo y genial. Porque continuó siendo ambas cosas, hasta su último suspiro, que diría su admirado colega Luis Buñuel.

La muerte de Berlanga no sólo es una pérdida irreparable para nuestro cine, sino también para el país en su conjunto. También es cierto que, si no persiguió la gloria, como dijera Antonio Machado, la alcanzó con creces.

Berlanga será siempre el soplo de aire fresco, el antídoto de lucidez y ternura de una España marcada por la miseria y la represión. Será también el genio burlón, genuinamente español, que tomó la suficiente distancia de todo lo que le tocó vivir para no perder la perspectiva, y, con ella, la capacidad crítica para no incurrir en cegueras ni maniqueísmos.

Una poética del esperpento es la obra de Berlanga a la que siempre habrá que acudir. Un maestro del séptimo arte sobre el que nunca se desplomará la losa del olvido sobre quien supo hacer justicia poética con algo tan aparentemente inofensivo, pero en el fondo tan letal como la ternura.

Categoría: Libros Comentarios(3) noviembre 2010

3 Respuestas a “En la muerte de Luis García Berlanga”

  1. Isabel Says:

    Buena visión de uno de los grandes de nuestro cine desde la literatura, y es verdad que el Alcalde de la más conocida película de Berlanga no sólo es un clásico, sino también un personaje que podría formar parte de la literatura.

  2. Félix Says:

    Me parece perfecta tu calificación: una poética del esperpento. Quienes tuvimos la oportunidad y el privilegio de conocer a Berlanga, somos conscientes de que hemos perdido a una gran tipo. Su cine nos llena tanto porque ahí están otra vez los espejos de la calle del Gato: una perspectiva de imágenes y palabras inigualable para describir la entretela hispánica. También me ha gustado mucho tu artículo de hoy sobre Auto, cuyo disco acabo de escuchar.

  3. Selene3000 Says:

    Qué buenas son sus películas, llenas de sonrisas y lágrimas. Arte puro, como dice Isabel, es más que cine.

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