Aquella cosecha de 1962 (A propósito de la obra de Mario Vargas Llosa)

Por Luis Arias

“Usted resiste como el mármol y penetra como la niebla de Inglaterra”. (Palabras de Flaubert a Baudelaire en 1857).

“La presencia directa de la narrativa hispanoamericana entre nosotros constituyó en su momento un eficaz riego vivificador, por encima de imitaciones serviles y de exageraciones desconsideradas.” (José María Martínez-Cachero)

En 1962, hay dos títulos que marcan un nuevo paradigma en la narrativa escrita en castellano: La Ciudad y los Perros, de Vargas Llosa, y Tiempo de Silencio, de Martín Santos. Con la primera de estas novelas, el recién galardonado Premio Nobel obtiene el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. Con la segunda, no deja de ser paradójico que se supere el llamado realismo social por medio de una novela en la que uno de sus mayores logros son las extraordinarias descripciones que se hacen del universo de las chabolas madrileñas. En todo caso, como escribió Cachero, “el realismo social llegó, por la torpe insistencia de algunos de sus adeptos, a producir cansancio y a hacer cada día más patente y urgente la necesidad de una renovación o cambio conseguido de varios modos y en tiempos distintos”. Por su parte, Díaz Plaja sentenció: “No puedo disimular mi hastío ante eso que suelo llamar literatura magnetofónica (…) Estamos hambrientos de fantasía”.

Así pues, la novela con la que se abre paso en España el llamado boom de la narrativa hispanoamericana pertenece al autor al que, con todo merecimiento, se le acaba de conceder el Premio Nobel. Un boom que, con todas las cautelas que deben establecerse ante todo intento de etiquetación al que siempre propende la historiografía literaria, sigue en gran medida vivo y, por otro lado, nos tiene que servir de recordatorio de lo que ha sido la gran literatura que se escribió en nuestro idioma en las últimas décadas. Un boom que, en la vertiente puramente literaria, resulta de un interés indiscutible y que, en su otra vertiente, la del compromiso político de muchos de sus principales autores, no está menos vivo. Miren, me alegro mucho que parezca existir un acuerdo generalizado a la hora de considerar que la obra literaria de Vargas Llosa en su conjunto es merecedora del Nobel. Y, al mismo tiempo, celebro que, en la mayor parte de los artículos de urgencia se haya aludido también a la ideología política del escritor peruano, o, dicho en términos más precisos, al compromiso intelectual del autor que nos ocupa con la política de su tiempo. Y, una vez visto una buena parte del arsenal de artículos de urgencia, si dejamos de lado las perogrulladas y lugares comunes, además de las posturitas de cercanía al galardonado como si tal cosa, caso de que fuese cierta, infundiese talento o importancia, lo que más eché de menos fue que, por así decirlo, apenas se haya incidido en la importancia del compromiso político de la mayor parte de los escritores del boom. Se recordó hasta la saciedad el episodio del enfrentamiento ente Vargas Llosa y García Márquez, pero casi nadie mentó a Cortázar, que, como el escritor que aquí nos trae, tenía un doble compromiso con la buena literatura, que no con el panfleto, y, también, con la política de su tiempo, con unos planteamientos ideológicos muy distintos, y no menos respetables.

Se habló de Borges, merecedor del Nobel, a quien no se lo concedieron, pero no se reparó en que Octavio Paz, otro gigante de la literatura y de la crítica, defendió durante buena parte de su vida postulados políticos conservadores, lo que no impidió que la Academia sueca lo galardonase en su momento, y no se aludió a Juan Rulfo, antagonista de Paz en tantas cosas, y, sobre todo, un escritor de talla excepcional.

Acabo de leer en un periódico que Vargas Llosa, cuando recibió la noticia, entre otras cosas, preparaba una clase en la que iba a hablar de otro eximio novelista, de Alejo Carpentier, de cuya ideología también caben muy pocas dudas y que está muy alejada de la que defiende el autor de La Fiesta del Chivo. Porque si hay una novela, auténtica obra maestra, que da cuenta del discurso de la izquierda en el siglo XX, esa novela es La Consagración de La Primavera, de Alejo Carpentier.

Quiere decirse que a los grandes literatos del boom e inmediatamente anteriores los une el compromiso con la obra bien hecha así como el compromiso con la vida pública, más allá de la ideología de cada cual, más allá de sectarismos casi siempre lamentables. Quiere decirse, sobre todo, que están de acuerdo en alcanzar la excelencia literaria así como en el imperativo de ocuparse y preocuparse por lo que pasa, y que esto último, a veces, es una onerosa obligación. Así, cuando Vargas Llosa aspiraba a la Presidencia de su país, en plena campaña electoral, confesó que había momentos en que necesitaba transitar mundos perfectos, verbigracia, los sonetos de Góngora.

Y, por encima de todo, se premia, con toda justicia, una obra literaria de referencia creada por un literato que conoció a Camus, que intentó acercarse a Sartre, y, lo mejor de todo, se enamoró de Emma (Bovary), y, estoy seguro, aquel enamoramiento marcó su vida y su obra. Nuestra lengua vuelve a estar donde le corresponde, como vehículo de la mejor literatura del mundo. Todo lo demás son sectarismos e intentos de compadreos que, ciertamente, sobran e incomodan. Y, a propósito de nuestra lengua, es momento para recordar que en 1962 Barcelona fue la aduana del boom, de la mejor literatura en lengua castellana, que suma y no resta a esa otra lengua digna de admiración y respeto como patrimonio de un pueblo que tantas y tantas veces quiso ser amordazado y anulado.

Categoría: Libros Comentarios(3) octubre 2010

3 Respuestas a “Aquella cosecha de 1962 (A propósito de la obra de Mario Vargas Llosa)”

  1. Beatriz Says:

    Viene al pelo que recuerdes en tu artículo que el Nobel no sólo les fue denegado a escritores conservadores como Borges, sino también a literatos de la categoría de Carpentier, Cortázar y Juan Rulfo que estaban en las antípodas ideológicas de Vargas Llosa.
    ¡Qué olvidadizos son algunos!

  2. Feijooniano Says:

    En aquellos tiempos de irrupción de la novela hispanoamericana, el libro de Vargas Llosa más leído por nosotros era “Pantaleón y las visitadoras”, que nos divertía mucho, pero teníamos que darle más importancia a Cortázar.
    La verdad es que de aquel boom tardamos en enterarnos.

  3. Mario Says:

    A Feijooniano se le olvidó decir que lo más serio que conocíamos de Vargas Llosa era su ensayo sobre “Cien años de Soledad”. El culebrón llegaría después.

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