En la muerte de José Antonio Labordeta

Por Luis Arias

“Que es mi dios la libertad” (Espronceda)

“¡Veinticinco años! (…) ¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente! El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos” (Amiel, Diario íntimo).

Los socialistas llevaban poco más de un año en el poder. En algún lugar de aquel Madrid de la movida, se celebraba un concierto en el que actuaban entre otros, Labordeta, Joaquín Sabina y una conocida pareja de cantautores que, si la memoria no me traiciona, acababa de abandonar el PCE. Fue inolvidable la actuación del cantautor aragonés, sobre todo, por los comentarios irónicos, punzantes, divertidos y libres que hacía entre canción y canción. Guiños a Tierno Galván, alusiones a momentos históricos de referencia e ironías sobre la España más reaccionaria que entonces estaba tan reciente. Y, ante todo y sobre todo, en aquellos tiempos de la movida, donde la imaginería y las máscaras proliferaban tanto, Labordeta comparecía en el concierto con su atuendo de siempre, como si acabara de salir de dar clase en el Instituto. No había en él ni disfraces ni dobleces, tampoco concesiones a la moda. Lo suyo era la palabra, en este caso, cantada, sin efectos especiales, sin fuegos de artificio.

Hablamos de la época dorada de los cantautores, que, tras haber combatido la dictadura, eran objeto de merecida admiración en un tiempo en que la libertad política estaba continuamente de fiesta. Hablamos, en el caso concreto de Labordeta, de alguien que en su momento dedicó una estremecedora canción a la figura de Víctor Jara, víctima de la sanguinaria dictadura chilena.

Pero, ¡ay!, lo cierto es que, en el tránsito de estos 26 años que transcurrieron desde aquel concierto a esta parte, fueron muy pocos los cantautores que no incurrieron en renuncios y en renuncias, o, en todo caso, en mirar para otro lado, cuando la teórica izquierda llevaba a cabo políticas contrarias a lo que dice defender, como sigue haciendo en este momento. Pero lo cierto es que, en aquel entonces, era impensable imaginar que parte no pequeña de aquellos cantautores terminarían por hacer cosas tan poco dignas como aquel numerito de la ceja en el que pedían el voto para Zapatero en las elecciones de 2008, con lo que decidieron formar parte de la coreografía de coros y danzas de una izquierda de siglas a la que no le tiembla el pulso a la hora de decidir recortes sociales que afectan sobre todo a aquella parte de la ciudadanía a la que dicen representar.

Acaso no encontremos entre las canciones de Labordeta obras maestras. Su voz no figuró entre las mejores de su tiempo. Su extraordinario valor se encuentra en la coherencia que lo acompañó de principio a fin, en la valentía con que afrontaba las cosas, en su compromiso con la justicia y la libertad más allá de las retóricas de ocasión.

Estoy por asegurar que, con su muerte, es mucho lo que este país pierde, pues no andamos sobrados de voces independientes, de ciudadanos que se sienten orgullosos de serlo, de personajes que llevan siempre la dignidad como estandarte.

En unos tiempos como éstos en lo que la llamada izquierda política y sindical se atrinchera vergonzosamente en unos privilegios que abofetean todo aquello a lo que dicen representar, la trayectoria de Labordeta es un faro, un referente que nos muestra que no siempre todo es demagogia y mentira, que no siempre la coherencia es de usar y tirar, que no siempre la palabra se vende al mejor postor.

José Antonio Labordeta, con su voz libre e insobornable, habita en el hondón de la memoria colectiva que hace referencia a un tiempo y un país que en su momento creyó en la democracia y luchó por ella. Suenan y resuenan en nosotros acordes de sus canciones al compás de unos afanes imparables de libertad.

José Antonio Labordeta, profesor, cantautor, escritor, parlamentario y reportero televisivo con la intrahistoria de muchos rincones de este país en su mochila, con la claridad de un buen docente, con la llaneza de un hombre que se sabe comunicar con los demás sobre la base del didactismo y el respeto.

Siento gran admiración por su persona desde aquel concierto en el Madrid de la movida, desde que escuché gran parte de sus canciones. Desde entonces, he venido siguiendo su trayectoria como cantautor, como parlamentario y como reportero televisivo.

Me pareció siempre un hombre sin dobleces y sin máscaras, un celtibérico admirable que no pudo no indignarse ante lo que sucedía y sucede en su país.

Acaba de morirse un ciudadano que ni quiso ni supo doblegarse. Sin él, la independencia de criterio y la coherencia se sumen en una orfandad mayor que a todos nos aflige.

Tengo para mí que en su último suspiro lo que deseaba para su país no era la apacible sumisión, ni la enfermiza atonía en la que vivimos, tampoco los pesebres con sus tenores de alquiler, sino la indignación, la santa indignación de un cascarrabias que no se vendió a cambio de canonjías, ni tampoco acordó pacto alguno con el conformismo que nos consume.

¡Larga vida a su rabia y a su idea, tan machadianas y españolas como él!

Categoría: Semblanzas y epístolas Comentarios(5) septiembre 2010

5 Respuestas a “En la muerte de José Antonio Labordeta”

  1. María de la A Says:

    Cuando rescatas recuerdos, cuando narras vivencias, más que lo que dices, lo que llega es la forma en que lo haces y además el resultado es un columnismo literario que, como algunas personas te dicen aquí, deberías cultivar más.
    Y en cuanto a la figura de Labordeta, creo que la describes tal como era. Me ha gustado.

  2. Juanita la Corta Says:

    En efecto, Labordeta fue un ciudadano decente y nunca se acercó a ningún pesebre, se ganó la admiración de todos por su franqueza, claridad e independencia.

  3. Xicu Says:

    Se nos marchó un referente de la decencia.
    Pero ahí está su trayectoria que demuestra que no todos los faranduleros son iguales.

  4. mencar Says:

    Tiene razón Xicu, y tu artículo es el mejor homenaje que se le puede hacer.

    Yo tuve la inmensa suerte de conocerle, y no encuentro mejor descripción para él, que la de ser una persona, coherente, insobornable y decente.

  5. Jablaca Says:

    – Cualquier ropaje que vistiera, siempre le quedaba bien. Pasó a mejor “vida”.

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