Leyendo a José Hierro

Por Luis Arias

“Inútilmente interrogas. / Tus ojos miran al cielo. / Buscas detrás de las nubes / huellas que se llevó el viento. (José Hierro)

Nubes que eran ritmo, canto / sin final y sin comienzo, / campanas de espumas pálidas / volteando su secreto. (José Hierro)

¿De verdad hace falta un pretexto para hablar de la lectura de un gran poeta? ¿De verdad es necesario que se cumpla una efeméride o que se produzca una noticia relacionada con el autor que aquí nos trae, para invocarlo en una tarde como ésta, con el viento azotando, con nubes que van y vienen, con resplandores que vienen y van? ¿De verdad resulta obligado relacionar al poeta y su obra con la actualidad para hacerlo comparecer aquí, a orillas del Narcea, una tarde de febrero en la que todos queremos ver anticipos primaverales?

Buscar detrás de las nubes quién sabe qué recuerdos, quién sabe qué sueños, quién sabe qué anhelos. Esperar el momento en que la ventolera empuje las nubes fuera de nuestra vista e ir tras ellas con la mirada, perdiéndolas de vista, como, si desde un andén de estación, viésemos partir el tren y, con él, a la persona que despedimos, cuyo último gesto fue, como diría Beauvoir, una ceremonia de adioses.

Preguntarnos de dónde vienen esas nubes que han vuelto a aparecer, y, más tarde, plantearnos la hipótesis de si alguna de ellas alcanzará a las precedentes.

Custodiar los naranjos y camelias que tenemos ante nosotros, observando si el viento arrancó de cuajo muchas frutas y flores, al tiempo que también nuestros ojos dan alcance a las ramas zarandeadas de mimosas cuyo colorido en el presente año tarda más de lo acostumbrado en explotar.

¿No es cierto que, en ocasiones, hace falta no hacerse eco de ningún episodio para que el acontecimiento sea una buena lectura que acompañe el momento de contemplación del paisaje?

Paisaje en tránsito. Paisaje que, como el río de Heráclito, nunca llega a repetirse del todo, pero que, al mismo tiempo, tiende a reproducirse siguiendo las pautas que marcan los ciclos.

Panorama que, como no podía ser de otra forma, presenta una inquietante dialéctica entre lo que se queda y lo que se ha ido. Panorama que viene a ser como una página enteramente escrita de la que de repente desaparece la tinta. Y, ante ello, parece inevitable buscar con el platónico ojo del alma esas huellas invisibles e inasibles que, sin embargo, en no pequeña parte han venido a parar a nosotros mismos.

Huellas que, podría decirse, se han desgajado, que parte de ellas se marchó con el viento enfurecido y que, sin embargo, la parte restante flota en ese arsenal onírico que van formando nuestros recuerdos.

Crecido y turbio baja el Narcea en esta turbulenta tarde. El cielo no hace más que mudarse de continuo, y las valles y montañas, con aparente sumisión, van cambiando de tono, según las idas y venidas de los resplandores y las nubes.

Se diría, también, que sobre sus superficies algo tuvo que quedarse a resultas de tantos y tantos movimientos. Se diría que el viento garabatea sobre todo ello párrafos ilegibles, pinceladas invisibles.

Versos que hablan de nubes, nubes a las que el viento no permite detenerse. Todo ello sobre estos valles y montañas en los que queremos adivinar preludios de explosiones primaverales.

Versos que obnubilan ese panorama, lleno de ruido y furia, al que llamamos actualidad política. Versos que se reclaman protagonistas de un momento en el que se erigen en lo más importante, en lo verdaderamente digno de mención. Páginas que reciben la luz y la oscuridad, el resplandor y la humedad de esta tarde en la que febrero se bate en retirada. Por algo se trata del mes más efímero del año.

Páginas de un libro que se abren bajo estos valles en los que los castaños presentan el colorido previo a la primavera, en las que los cerezos que se han colado entre ellos se preparan para florecer como elementos maravillosamente intrusos que constituyen un paso previo a floraciones más tardías.

Leyendo a José Hierro en tardes como ésta, en la que los recuerdos se instalan en los vaporosos altares de las nubes viajeras, recuerdos huidizos y esquivos que parecen desear irse con ellas, y no nos queda otra opción que no sea forcejear para que al menos sus huellas puedan ser atrapadas por nosotros.

¿Qué son las huellas de los recuerdos? ¿Acaso sus sombras? ¿Acaso las pinceladas y garabatos que plasmamos y rasgamos hacia dentro, hacia ese desván de la memoria al que visitamos en tardes como ésta guiados por unos extraordinarios versos de un poeta que en su momento creó un poemario de la fuerza y del desgarro de «Tierra sin nosotros»?

Y lo más estremecedor de todo es que nos negamos a que esas nubes se vayan arrastrando aquellas cosas que nuestra imaginación tuvo a bien instalar en ellas. ¿Puede haber algo más irrenunciable e imposible a un tiempo que romper una nube en pedazos con nuestros ojos?

Leyendo a José Hierro. No es un mal preparativo primaveral ante la tormenta de ideas y recuerdos que ubicamos en no pequeña parte en esas nubes que huyen, como la vida, como el tiempo. Como el viento. Con el viento.

Categoría: Libros Comentarios(18) febrero 2010

18 Respuestas a “Leyendo a José Hierro”

  1. Dra. Rauschii Says:

    “Yo fumaré mis versos y llevaré mis nubes
    por todos los caminos de la tierra y del cielo”. Gerardo Diego Dixit.
    El señor Arias lo suscribe. Y lo borda.
    Simplemente brillante. Chapeau.

  2. Libresco Says:

    Este artículo, y también el anterior que escribió sobre Miguel Hernández, demuestran una cosa muy importante, al menos para mí: que es usted un excelente lector de poesía.
    He dicho lector, que no crítico.

  3. mencar Says:

    Evidentemente no es mal preparativo primaveral leer a José Hierro, para soñar con ese sol que disipará esas nubes que quieren huir, pero que todavía no han encontrado su hueco para hacerlo. Cerrando los ojos, se ve tu Narcea, crecido, bordeado de árboles que cantan su atronadora melodía. Tardes de nostalgia y recuerdos.
    Sigue escribiendo tan bonito, Luis

  4. Tino Says:

    Hablaba usted, D. Luis, y hablaba con singular maestría de Miguel Hernández a quien definía como el poeta de “los estremecimientos”…
    Hoy es usted quien con su prosa poética me hace estremecerme…
    “Buscar detrás de las nubes quién sabe qué recuerdos, quién sabe qué sueños, quién sabe qué anhelos”…
    Reeleré con auténtico placér este hermoso y sublime artículo en más de una ocasión. Lo compartiré con las personas que amo y no renunciare a “romper una nube en pedazos con mis ojos”…
    Como le digo siempre: no deje nunca de escribir.
    Gracias.

  5. arto Says:

    Como un inquieto niño,espero a la ciclogénesis,Xynthia,desde mi ventana contemplo la desnudéz arbórea,enraizada en pendiente talúd.La fina lluvia refresca los brotes afianzados en débiles ramas de jóvenes salgueiros.Las hurracas como siempre de escandalosas,desafian a una pareja de gaviotas que acicalan su plumaje sobre el tejado grís,de este occidente ninguneado.Unos fugaces rayos de sol,iluminan a la amarillenta y coqueta mimosa.La deseo sea fuerte, para que la explosiva xynthia,no haga leña de su hermosura.

  6. arto Says:

    LUÍS:No me considero,ni quisiera ser pedante,al estár de acuerdo con,Tino,mencar,etc.Si ayer gustaste con Hernández,hoy haces soñar,las caladas del hombre comprometido,fátigado,y a su vez oxígenado por su maduréz poética,José Hierro.Muchas gracias Luís, por despertár sentimíentos, que celosamente guardamos,en el rincón de nuestras vidas.

  7. Genoveva de Besullo Says:

    En los artículos como éste en que vuelcas tus lecturas de poesía, es posible que consigas mayor comunicación con tus lectores, haciéndolo participar de algo más que de opiniones.
    A mí me gustan mucho.

  8. María Teresa Jáñez Says:

    Desde fuera de Asturias, te agradezco muchísimo tus pinceladas paisajísticas que tanto me acercan a mi tierra, a la que nunca olvido.

  9. Julia Says:

    No fueron vísperas primaverales, sino anticipos de la ventolera que no llegó a tal. Esas nubes apresuradas que se describen en el artículo lo adelantaron todo, de la mano de unos magníficos versos de un gran poeta que dieron pie a una prosa admirable y bellamente sobresaltada.

  10. Diáspora praviana Says:

    Te digo lo mismo que María Teresa: leyendo este artículo, me recuerdas mi tierra e infancia, tantas y tantas nubes sobre el cielo praviano, tantas y tantas tardes grises y nubladas, con resquicios de cielo azul.
    Gracias por describir de un modo tan evocador que me acerca mi tierra y mi infancia con tus palabras.

  11. Merche Says:

    Una vez más, en tu deliciosa descripción no comparece el elemento humano. Y puede que esa soledad que se percibe le dé al texto más valor estético aún.

  12. MadameHazañas Says:

    J’aime les nuages… les nuages qui passent… là-bas… là-bas… les merveilleux nuages! Charles Baudelaire.

  13. Selene3000 Says:

    ¡Genial, así porque sí, sin escusas sin más ni más, hablar de un poeta tan genial como José Hierro!

    Porque:
    Después de todo, todo ha sido nada
    a pesar de que un día lo fue todo.
    Después de nada, o después de todo
    supe que todo no era más que nada

    Qué más da que la nada fuera nada
    si más nada será después de todo,
    después de tanto todo para nada.

  14. Isabel Says:

    Yo también pude contemplar esas presurosas nubes y, más tarde, recordarlas con tu articulo y, a instancias de él, con poemas de José Hierro.
    Gracias, Luis.

  15. Alegría Says:

    “Llegué por el dolor a la alegría”. Así es el primer verso del libro que le dio a Hierro su merecida celebridad. La alegría forjada en el dolor, en ese dolor en que nos forjamos. Alegría, estoica alegría.
    Gracias por recordar a tan insigne poeta.

  16. Atalayu Says:

    Fenomenal descripción, estupendamente aliñada con los versos de un grandísimo poeta.
    Gracias a usted, el occidente de Asturias sí tiene quien le escriba, y además, muy bien.

  17. Poetóloga y erectóloga Says:

    Espléndida descripción, excelentes versos de un eximio poeta. Texto, como alguien dijo, sin presencia humana.
    Ganas tengo de ver descripciones humanas, muy humanas, a ver qué tal.

  18. Carmen Says:

    La última vez que estuve en Mondoñedo las nubes bajaban a saludar a un viejo amigo sentado frente a la catedral. ¿Qué mirará desde su banco Cunqueiro? ¿Las nubes? ¿Los recuerdos? ¿Las montañas? ¿Las piedras?… ¿Habrá leído él esos versos de Hierro y busca en las nubes…?
    No sé lo que verían en las nubes, no sé lo que pasaba por sus cabezas, salvo lo que nos han regalado… Tal vez en alguna ocasión hicieron una pausa, se asomaron a la ventana y miraron, luego, sonrieron y continuaron buscando la palabra, ¿o son las palabras las que nos buscan? ¿en eso de las palabras intervendrán las neuronas espejo?… No sé nada, sólo que a veces, la noche nos regala una sorpresa.
    ¡Tierra, trágame!… pero… las meigas tienen intuición….
    C.R.C.

Escribir comentario