Casi cien años de ceguera

Por Luis Arias

Aunque siempre cabría retrotraerse incluso a la antigüedad clásica, llegando al siglo XIX, a Madame de Stäel y su periplo europeo, huyendo de Napoleón, que consignó en un libro que fue traducido (con perdón) por Azaña, hubo un momento histórico en que irrumpió en el relato y en la escena de lo público la figura del intelectual comprometido e independiente frente a algunos de los atropellos más sonados que entonces se producían. Pensemos en el Zola del «caso Deyfrus» y, en nuestro más acá, en el Unamuno más combativo «contra esto y aquello». Estamos hablando de finales del XIX, concretamente de 1898, cuando en Europa cobró auge la figura del intelectual que, fuera de torres y burbujas, comparecía en la sociedad, avalado por su lucidez y soledad. Sin embargo, ¡ay!, esa edad de oro de la intelectualidad, para el asunto que aquí nos trae, no duró mucho.

Ya en la I Guerra Mundial hubo intelectuales europeos en cuyas voces y ecos la independencia de criterio quedaba sofocada por tremendos condicionantes. Y, más tarde, tras el fin de la II Guerra Mundial y la consolidación del llamado bloque soviético, sobrevino una ceguera en la mayor parte de la intelectualidad europea con respecto al llamado «socialismo real» que Orwell casi en solitario combatió con valentía y lucidez.

De todos modos, me atrevería a afirmar (con todos los matices que se quieran poner, que siempre serían bienvenidos) que la omnipresencia de los intelectuales en la vida pública del mundo occidental iría desde Zola hasta Sartre, es decir, desde 1898 hasta 1980, año de la muerte del gigantesco pensador y literato francés, con admirables luces, pero también con innegables sombras para el caso que aquí nos trae.

¿Por qué, a propósito del primer aniversario de la muerte de Solzhenitsin, hablo de casi cien años de ceguera? Porque, desde la I Guerra Mundial hasta Sartre, la ceguera de muchos intelectuales ante los muchos horrores y totalitarismos que en el mundo vinieron siendo resultó, como mínimo, imperdonable. Y hay otra razón no menos poderosa: el gran prestigio del que gozaron y el atractivo irresistible que ejercían sobre el poder. Entre los muchos casos a citar, pensemos en el último libro de Beauvoir sobre Sartre, cuando cuenta la admiración que un señor de derechas, Giscard, sentía por el autor de «Crítica de la Razón Dialéctica».

De un intelectual cabe esperar y exigir lucidez e independencia de criterio. Ante la perogrullada que a esto se puede objetar, en el sentido de que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, me cabe argüir que, abarcando tal cosa a todos, es menos disculpable en inteligencias preclaras que, además, eran conscientes de la enorme influencia que durante todo ese tiempo tenían sus tomas de posición.

Me voy a permitir poner ejemplos, al unamuniano modo, contra éstos y aquéllos. ¿Cómo es que grandes intelectuales europeos, renegando del sistema capitalista en el que vivían, no sólo no condenaban, o, en el mejor de los casos, tardaron mucho en hacerlo, y casi siempre con la boca pequeña, sino que además elogiaban el llamado «socialismo real»? ¿Cómo es que en la España famélica, curil y casposa de los años 40 gentes como Carlos París, o Laín Entralgo estaban tan encantados con los soportes ideológicos del franquismo? La lectura de libros de Jordi Gracia o de Gregorio Morán sobre la vida «intelectual» y universitaria de aquella época de la historia de España arroja bastante luz al propósito. ¡Cuánta y qué infame ceguera de uno y otro lado por parte de la «intelligentsia» de todos los colores!

Y esos casi cien años de ceguera vienen muy a cuento en el primer aniversario de la muerte de Solzhenitsin. Nunca olvidaré, como escribí en su momento, las reacciones que hubo a su comparecencia televisiva en España un 20 de marzo de 1976, cuando fue entrevistado por Íñigo en su programa estrella que se llamaba «Directísimo». Porque los insultos de los que fue objeto no vinieron dados por la mayor o menos calidad de su obra, lo que hubiese resultado muy interesante, sino por sus severas y demoledoras críticas al sistema soviético. Para aquel rojerío español de 1976, que no tardaría mucho en dejarse engullir por el felipismo, resultaba herético e imperdonable declararse anticomunista. Bien es verdad que a muchos de aquellos no les cayó el Muro en 1989, sino bastante antes, cuando González les envió guiños y cuando algunos de ellos colaboraron de forma entusiasta en la campaña del referéndum de la OTAN a favor de aquel Gobierno cuyo partido había hecho famoso el lema poco antes que, de entrada, no. ¡Qué convicciones más arraigadas y qué consistencia ideológica la de aquellos preclaros personajes!

Casi cien años de ceguera en los que, repito, hay casos para todos los gustos. Nadie pone en duda la importancia de Heidegger en la historia del pensamiento europeo y, como se sabe, ahí están sus devaneos con Hitler. Nadie pone en cuestión tampoco la talla de Sartre, y sus cegueras y errores también están ahí.

Ahora que, desde hace tres décadas, la presencia e influencia de los llamados intelectuales es casi nula en el mundo occidental, buen momento es para recordar a aquellos escritores y pensadores cuyas trayectorias están jalonadas por una lucha incesante y admirable contra los totalitarismos. Solzhenitsin es uno de esos casos.

Kundera habla en uno de los capítulos de su último libro sobre Solzhenitsin. Y coincido totalmente con lo que dice. Archipiélago Gulag no tiene en lo literario su mayor atractivo, sino en lo testimonial. Solzhenitsin no es Dostoievski, no es uno de los grandes literatos contemporáneos. Su interés radica en la denuncia.

No fue la soberbia el mayor «pecado» de los intelectuales, sino la ceguera, consecuencia del fanatismo y también de maniqueísmos imperdonables en gentes con capacidad más que sobrada para percatarse de miserias, tropelías y abusos, que tendrían que haber sido denunciados con el mismo coraje que Zola tuvo en su momento contra el poder político y social de aquella Francia llena de oprobio, según consignó el gran novelista.

Solzhenitsin servirá de espejo a los azogues y almas cortas, por parodiar a Salinas, que, desde sus púlpitos cívicos, hicieron de voceros de totalitarismos infames. En este caso, denigrando a un hombre cuya obra fue un clamor contra un sistema político oprobioso y criminal.

Casi cien años de ceguera. Y ahora silencio.

A saber qué es peor.

Categoría: Libros Comentarios(10) agosto 2009

10 Respuestas a “Casi cien años de ceguera”

  1. Analista Says:

    Hay artículos que, más que ninguna otra cosa, son necearios. Éste, por ejemplo.

  2. Benetiano Says:

    Por lo que se ve, usted no se olvida de aquella célebre salida de tono contra el autor del Archipiélago Gulag. ¿Nos hablará en algún momento de sus novelas?
    Me gustaría que lo hiciese. Gracias.

  3. Tarquina la humilde Says:

    ¿Y qué dijeron los rojos asturianos de entonces sobre las declaraciones de Solzhenitsin en televisión? ¿No había prosoviéticos por estos lares?
    Seguro que sí.

  4. mencar Says:

    Leyendo tu estupendo artículo yo me hago una pregunta: ¿Existen hoy intelectuales? ¿Son conscientes de la responsabilidad que han contraído al ser ellos las inteligencias preclaras de nuestra sociedad? ¿Es el miedo al compromiso que atenaza a nuestra sociedad actual?

    Yo tambien echo de menos esa voz crítica (o laudatoria, todo puede ser) de nuestro mundo cultural. Será que están vendidos al mejor postor.
    Excelente artículo, Luis. Una gozada leerte.

  5. Ex existencialista Says:

    Hubo intelectuales frívolos, con mal de altura, que se dejaron llevar por las modas; es decir, hicieron todo lo contrario de lo que era su misión. Y ahora estamos así.
    No exieten los intelectuales, Mencar: Junta a todos los “líderes de opinión” de la prensa de este país. Unos encima de otros, no alcanzan el tobillo de Unamuno.

  6. Piecho categorial Says:

    Sólo le faltó, Don Luis, hablar de aquéllos que, habiendo pasado del falangismo al estalinismo y, de nuevo, a la extrema derecha, fueron cohrentes en una cosa: siempre apostaron por el totalitarismo.
    ¿Le suena?

  7. Jugo de Unamuno Says:

    Totalmente de acuerdo con su comentario, tan categórico y tan poco categorial, don Piecho.

  8. Masa encefálica Says:

    Sí, algunos con sus cegueras han hecho mucho daño. Un intelectual de partido es un predicador al servicio de intereses que no son los de unos lectores que se merecen independencia de criterio.
    El intelectual, o está solo, o es un predicador de encargo. No hay más.

  9. Alberto del Río Says:

    Aquello de Solzhenitsin en TVE, en 1976, denunciando (en España) lo que pasaba en su país (Rusia) con un sistema dictatorial, ahora reconocido históricamente como terrible… Aquello fue un linchamiento -en toda regla- del escritor ruso, por parte de voces y voceros de la “progresía” (mayormente) española.
    Para mí se ha quedado como uno de los momentos “calientes” del postfranquismo, cuando los aspirantes a la toma del Palacio de Invierno (entonces Palacio de La Zarzuela) afilaban sus uñas y pisoteaan a quien se ponía por delante, por ejemplo aquel Nobel ruso “un carca imperialista, que nos viene a dar lecciones”
    Fue un espectáculo que, a medida que pasa el tiempo gana en vergonzoso.
    Estupendo que hoy salga de nuevo a la luz, en este brillante artículo de Luís Arias, que contribuye a que haya menos ceguera y menos silencio e “higieniza” la historia de aquel tiempo y también de tiempos anteriores.

  10. Libresco Says:

    Ahora que está a punto de cumplirse el aniversario del asesinato de Troski, concretamente 69 años, viene muy bien que se recuerden cegueras, falacias y horrores que se cometieron en nombre de la libertad, la justicia, el movimiento obrero y. perdón, la puta-su-madre.

Escribir comentario