Insularidad astur

Por Luis Arias

Enric Juliana nos recuerda en declaraciones que publica este periódico a propósito de su último libro «La deriva de España» que somos una tierra arrinconada con una población envejecida. Nuestro aislamiento ha sido una constante histórica, se diría que marcado por la voluntad de una geografía. Sin embargo, ello no fue óbice para que en determinados momentos Asturias se asomase al presente, a veces, como en los casos de Jovellanos y Clarín, con miradas que sabían captar lo más esencial de los afanes y desvelos de aquellos tiempos. Sin embargo, ello no fue óbice para que la industrialización y, con ella, el movimiento obrero, estuviesen en su momento en la vanguardia de España. Sin embargo, ello no fue óbice para que, desde la miseria y afrontando las condiciones más duras, muchos asturianos hubieran abandonado su tierra en busca de mejores condiciones de vida, y algunos de ellos, como los salmones, regresasen río arriba con unos proyectos que no sólo llegaron a ejecutarse sino que además tenían el progreso como denominador común.

De lo que se trata ahora y así lo pone de relieve el escritor y periodista, es de que estamos fuera de los principales focos de dinamismo económico y que, además, a ello se suma el envejecimiento de la población. En todo esto, hay casuísticas que pueden ser fácilmente establecidas, parte no desdeñable de ellas imputables a factores externos.

Sin embargo, podemos y debemos preguntarnos en qué medida somos, para empezar, conscientes de nuestra insularidad, y, en segundo lugar, por qué no hay en la Asturias de hoy gentes que sepan captar la altura de los tiempos como en su momento lo hicieron, tal como hemos recordado más arriba, Jovellanos y Clarín.

La escandalera política da cuenta, además de otras muchas cosas, de los retrasos en la variante de Pajares, de la falta de plazos concretos por parte del Ministerio, del desinterés de la FSA por el llamado AVE del Cantábrico, de quién puso más a la hora de modernizar nuestras infraestructuras.

Habla Juliana, y lo hace con mucho tino, de lo que significó en más de un momento para determinados territorios contar con un Ministro en Madrid que pusiese en marcha proyectos para su tierra. Y le sobra razón cuando recuerda que suspirar por eso tiene muchas connotaciones de los tiempos caciquiles.

Con todo, no hemos sabido atajar el declive de nuestra población, ni tampoco el retraimiento, incluso aquel que obedece a razones más existenciales que geográficas. Con todo, cuando uno lee declaraciones como las que efectuó recientemente el consejero Buendía a este periódico en torno al llamado AVE del Cantábrico, piensa que los políticos que tenemos no sólo no son capaces de hacer frente a un problema que excede sus posibilidades, sino que además, y esto es lo preocupante y lo criticable, contribuyen a que nos enquistemos en el actual estado de cosas.

¿Por qué el AVE del Cantábrico, señor Buendía, no es una prioridad? Siendo conscientes de que se trata de algo que como proyecto, ni siquiera está en pañales, creo que convendríamos todos en que no sólo nos importa estar comunicados con Madrid, sino que a día de hoy la proximidad real con Europa es algo más que una necesidad. Ciertamente, habrá que ser muy cuidadosos con el impacto medioambiental del AVE del Cantábrico, y uno celebra que, por fin, haya responsables políticos que reparen en eso. Lo que cuesta entender es que los mismos que apuestan por la regasificadora y por el «Muselón» muestren tamaña sensibilidad para el impacto que puedan tener esas líneas ferroviarias que nos acercarían tanto y tanto a Europa.

Asturias decrépita, tierra que apenas ofrece a sus jóvenes oportunidades de forjar y fijar aquí su proyecto de vida. Asturias decadente, que ni siquiera parece luchar con todo el ahínco necesario para que la cercanía de Europa pueda favorecer un cambio de situación.

Apostar por obras con sobrecostes que fueron denunciadas ante Europa, y mostrarse hipersensibles por el cuidado del medioambiente ante una proyecto ferroviario que acercaría a todo el Cantábrico a Europa se antoja, como mínimo, contradictorio.

De otro lado, nuestra insularidad existencial que, de la pluma de Pérez de Ayala, arrancó un texto tan bello y certero, que comparaba a Inglaterra con Asturias, no es tampoco argumento para que nos conformemos ahora, por decirlo al machadiano modo, con formar parte del furgón de cola de este país. Esa insularidad no impidió que Asturias estuviese en la vanguardia en otras épocas en que el aislamiento geográfico era, obviamente, mucho mayor.

Por muy literaria que sea la imagen, no hay que buscar regodeo en una Asturias marchita en cuyas estrías se ve el paso del tiempo sin afán de presente, sin el ímpetu que conlleva apostar por esa savia que genera la juventud en un tejido industrial reconvertido, en una clase política que es, por cierto, la única que no ha hecho su reconversión, así como en unas expectativas que no parecen ir más allá de deleitarse en las cenizas de un esplendor que, al paso que vamos, se antoja irrecuperable.

Categoría: Opinión Comentarios(2) julio 2009

2 Respuestas a “Insularidad astur”

  1. Lliteratu Says:

    Es cierto lo de la insularidad existencial. A nosostros, tan aislados, nadie, ni siquiera la sacrosanta idea de España, puede soficarnos.
    Habría que pedir en la financiación autonómica un plus por insularidad.
    Buen artículo.

  2. María de las Asturias Says:

    Añadan otra cosa: tan aislados estamos, que nuestros políticos apenas concetan con Madrid, les basta y les sobra repartir aquí sus “poderinos”. Y, a decir verdad, no lo hacen nada mal.

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