Luis Arias vino de otro siglo

Por Luis Arias

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES, ESCRITOR, EN LA PLAZA DEL CARBAYÓN Chus NEIRA

Desde la que había sido plaza del Progreso -así venía en la correspondencia familiar de antes de la Guerra-, cuando todavía no había cambiado el nombre de plaza de Galicia por el de plaza del Carbayón, primeros años sesenta, el escritor y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA Luis Arias Argüelles-Meres aprendió a contemplar el mundo asomado con su madre a un mirador. Y descubrió otro siglo. «Era la vida del rentista, con mucho tiempo libre. Ahí poníamos unas sillinas pequeñas y veías transcurrir la vida». El número tres de la plaza, al lado de la Caja de Previsión, no era sólo un portal, más bien lugar de paso y charla. Al lado estaba la parada de los taxis, con aquellos coches que tenían sillas de madera para niños, en la plaza todavía estaba el empedrado de aquélla, pasaban con frecuencia carros de caballos con las lecheras, en la zona seguían unos cuantos locales de siempre como el Llavona, la Paloma o el Mesón del Labrador, en la estación del Vasco, al lado, todavía se podían ver vagones de madera, un poco más allá, en el que sería edificio de Correos, estaban los Alsas y en la parte posterior de la casa se distinguían las galerías interiores de las viviendas de la calle de la Luna, con su madera arrasada por el paso del tiempo y sucias de hollín.

«Todo eso era un Oviedo como muy literario, que existencialmente tenía más de siglo XIX que de XX y por eso digo que de alguna manera el XIX lo viví en la plaza del Carbayón en los sesenta».

Claro que para Luis Arias la infancia y la identidad no era sólo la ciudad. «Como muchos asturianos tengo doble nacionalidad, Oviedo y el pueblo, que en mi caso es Lanio, en Salas». Al pueblo iba con frecuencia. Acudía a la escuela del padre, en Cornellana, y la familia, porque en el edificio vivían también tías y demás parientes, mudaba para el pueblo con el período vacacional. «Eran», dice ahora Luis Arias, «aquellos veranos como dios manda, del uno de mayo a Difuntos en el pueblo, eso hacían mis tías, seis meses aquí y seis allá».

Para ir a Pravia se cogía el tren en el Vasco, también había un Alsa que llamaban «el rápido» que tardaba más de una hora en recorrer lo que hoy se hace en media y a Luis también lo llevaba el padre, que guardaba el coche muy cerca, en el garaje Asturias, justo al lado del Ovetense, el otro garaje del barrio.

El tiempo que no se pasaba en el pueblo se distribuía en aquella infancia entre la vida contemplativa antes referida – «siempre agradecía mucho a mi madre el tiempo que compartí con ella en aquel mirador»- y la de los recorridos próximos: a Camilo de Blas a por los pasteles, los tiroleses o los merengues, que se acabaron instalando en la memoria del escritor como el sabor de la infancia. A la librería Santa Teresa, que llevaba su tía, Teresa Arias, donde ojeaba tebeos. Y después, siempre de la mano su padre, Manuel Arias, a quedarse junto a él en las tertulias del Pelayo, la Perla, el Paredes o pasarse a saludar por la peluquería Calzón.

En casa, junto a las largas sesiones en que su madre le narraba el paisaje y paisanaje urbano que discurría por allí debajo, Luis Arias también creció marcado por las conversaciones de la parada de taxi, que en aquellos años giraban en torno a las obras del caserón de Santa Clara, luego Hacienda. A favor y en contra del arquitecto, pero también poniendo el grito en el cielo por la cantidad de ratones que salían de ahí y se metían por las carboneras, los portales. Santa Clara tenía, desde su visión de niño, un componente misterioso, al haber oído que aquello pasó de convento a cuartel y que se habían celebrado combates de boxeo.

El misterio acabó cuando desapareció el edificio. En 1970 la familia se mudó a Santa Susana, y años más tarde acabó en Toreno. Si el Carbayón era el XIX, Toreno era el presente, aunque sucedían las mismas cosas. Volvió a ver obras y transformarse el paisaje histórico de la ciudad. Le tocó contemplar cómo caía el Caserón de Concha Heres.

Luis Arias Argüelles-Meres (Lanio, 1957) sigue siendo republicano. El Ateneo, explica, es el único club del que no se ha dado de baja. Tampoco de la enseñanza de la lengua y la literatura, que imparte en el Instituto César Rodríguez de Grado. Ni de su gran pasión cronotópica, el primer tercio del siglo XX en España, que le ha llevado a profundizar en las vidas y obras de Azaña y Ortega. Junto a su producción ensayística («La España descabezada» y «Ortega y Asturias», entre otros), desde 1998 (con «Días de diario») cultiva el género novelesco. Su última entrega fabuladora ha sido «Un tren a Cuba».

Categoría: Libros Comentarios(9) junio 2009

9 Respuestas a “Luis Arias vino de otro siglo”

  1. Carbayonina Says:

    ¿Y los carbayones no forman parte de esos sabores de infancia? Romántica y tersa visión de infancia.

  2. Vetustense Says:

    Como si las raóces del legendario carabayón derribado en el XIX hubieran decidido emerger en esa plaza que fue escenario de su edad dorada. Evoca usted bien, don Luis.

  3. Elena de Goya Says:

    ¡Qué cuadro para una exposición… narrativa! Las obras del viejo caserón, los fantasmas de su pasado, los operarios, las críticas estéticas como quien habla del tiempo, el mundo que sesteaba en Vetusta, todo ello visto para un lienzo decimonónico en la segunda mitad del XX.

  4. María de la A Says:

    Bien, sugerente manera de contar recuerdos de una ciudad tan literaria. Tengo, sin embargo, uan duda: ¿era tan idílico ese intercalasismo para un niño despierto como se supone que es usted?

  5. Fermín de Pas con el catalejo Says:

    Por lo que se deduce, al menos en parte, recibió usted una educación tradicional, siendo así, ¿cómo nos salió tan rojo y republicano?

  6. Feijooniano Says:

    ¿Cómo es que en esa ciudad secreta no hubo sitio para evocar la Plaza Feijoo en aquellos tiempos de la transición en los que tanto se distanciaba usted de algunos líderes estudiantiles que, tras haber militado en la extrema izquierda, hoy son gentes de orden, que están el en PSOE y en el PP?

  7. Proustiana Says:

    Abundo en que no se te da nada mal la remembranza como género literario, y me pregunto, de passo, dónde pasaron su infancia los derechistas de Oviedo, si los republicanos de pro vivieron su edad dorada en las calles más céntricas y señoriales de la heroica ciudad.

  8. María de las Asturias Says:

    ¿Y no nos dices nada de Gabino, que lo tenías al lado en la Caja de Previsión? Y, como dijo otro comentarista, ¿cómo es que no aludes a tu etapa en la Facultad cuando intervenías tanto en las Asambleas?
    Claro que lo más literario es siempre la infancia.

  9. maría cristina Says:

    Cuando miro la portada de Ultimo tren a Cuba, me deleito observando la foto del “tío Alejandro” bebiendo rum Negrita, el mismo que se guardaba celosamente en el cristalero de mi casa de Buenos Aires, junto a las pequeñas copas. Y si, don Luis, la patria es la infancia… y allí no hay rojillos, ni liberales, ni republicanos ni peronistas. La patria es la infancia… usted a orillas del Narcea, y yo asomada al Río de la Plata… en el otro siglo, claro.

Escribir comentario