¿Por qué recuerdo a Petra?

Por Luis Arias

La infancia había quedado atrás, y ella, la osa «Petra», como el dinosaurio de Monterroso, todavía estaba allí, en su jaula. Formaba parte importante de la vida de Oviedo. Se diría, incluso, que en sus gestos y movimientos no se atisbaba un pasado en el monte. Daba la impresión de que siempre había estado en el mismo sitio, de que no había en ella nada que indujese a pensar en atavismos anteriores, ni siquiera remotamente. Era grande y tranquila, con el aire bonachón propio de los seres corpulentos que destilan ternura. Mansurrona y entrañable, ajena en apariencia a la expectación que creaba entre sus visitantes. ¿Cómo no tomarle afecto a poco que se la visitase? Verla, cuando niño, constituía una diversión.

Andando el tiempo, pasar por delante de su guarida, apenas sin fijarse en ella, no dejaba de ser un recuerdo reciente que en modo alguno conmovía, pues formaba parte de lo habitual y lo consueto. Hablamos de un tiempo en que la naturaleza era omnipresente en Asturias. Se diría, incluso, que una ciudad como Oviedo no ambicionaba ponerle puertas al campo -y no me refiero al parque San Francisco- que se avistaba desde muchas de sus calles. Se diría, también, que lo rural habitaba entre nosotros. ¿Cómo no recordar, a tal efecto, los uniformes montaraces de aquellos guardias del Campo San Francisco que, entonces, me parecían, también, grandullones y tranquilos, y que, además, podían ser los custodios de cualquier monte? Su pana no era para urbanitas, sino propia de quienes necesitan protegerse de intemperies frías y lluviosas.

Dejó escrito Xuan Bello en su libro «Al Dios del llugar» que transitar el Campo San Francisco es una vivencia similar a la que supone adentrarse en un poema. Un poema en el que tiene cabida también la infancia de muchos, y, en ella, la guarida de «Petra», que atestiguaba la niñez de tantos de nosotros, cuyas vidas se repartían entre Oviedo y el pueblo de donde procedíamos con el que nunca perdimos el contacto. El Campo San Francisco sería también el escenario en Oviedo de ese fondo rural que, según Ortega, perdura en todos los asturianos.

¿Por qué recuerdo a «Petra» en su jaula cuando tanto nos incitan a que contemplemos la excitante vida sexual de «Tola» y «Furaco»? ¿Por qué rescato en mi memoria aquellos certeros y lúcidos artículos de Gregorio Morán publicados el pasado año en el diario «La Vanguardia» donde ponía de relieve que Asturias se había convertido en un parque temático? ¿Por qué, cada vez que viajo a Somiedo, al ver los cartelitos tan monos que anuncian la presencia de osos, soy consciente de que, en efecto, han hecho de Asturias un parque temático, cual circo que entretiene a las gentes y a los medios?

Y es que en las muchas ocasiones que, allá en mi infancia, viajé a Somiedo en compañía de mi padre, sabía que los osos eran una leyenda viva que, adentrándose en las montañas que teníamos alrededor, podía volverse tangible. Y lo curioso es que nunca mi imaginación me llevó a asociar a «Petra» y a aquellos otros osos que habitaban las montañas de aquellos parajes.

¿Cómo no ser conscientes de que, años atrás, cuando el deterioro medioambiental en Asturias no era tan grande, la existencia de osos no suponía un acontecimiento, sino una certeza? ¿Cómo no caer en la cuenta de que, si la presencia de osos en la actual Asturias es poco menos que milagrosa ello se debe a unas políticas que no han sabido conservar los tesoros paisajísticos y medioambientales que hasta hace poco formaban parte de nosotros mismos?

¿Por qué recuerdo a «Petra», al tiempo que rescato imágenes de este río, el Narcea, cuando la abundancia de truchas, reos, anguilas y salmones era espectacular, cuando las piedras, al retirarse las aguas de las orillas, no presentaban el aspecto ennegrecido y desolador que ahora mismo tenemos a la vista?

¿Tardará mucho en llegar el momento en que ofrezcan ante nuestra vista truchas y salmones, conservados milagrosamente con Dios sabe qué tratamientos, porque, dado el estado de las aguas, apenas pueden sobrevivir?

¿No se parece todo esto en alguna medida a aquello que hablaba de que no era admisible llorar como un niño lo que no se había sabido mantener como un hombre, es decir, añorar una naturaleza que, tan desaprensivamente, tanto se ha dañado? Y, además, ¿con qué compensaciones? ¿O es que acaso las comarcas donde tradicionalmente habitó el oso viven tiempos de pujanza económica? ¿O es que algunas de las llamadas apuestas por el progreso lograron evitar la despoblación de los asentamientos rurales a raíz de la brutal e incesante reconversión que se hizo en el campo en Asturias?

¿Se imagina alguien el atractivo turístico que tendrían estas tierras si se mantuviese ahora la vida que en tiempos no muy lejanos tuvieron estos ríos, estas vegas y estas montañas? La vida sexual de Furaco y las dos osas como circo, al tiempo que se obvia una política medioambiental que, en el más favorable de los supuestos, es manifiestamente mejorable. ¿No es esto, además de una frivolidad, una tomadura de pelo a la ciudadanía?

Eólicos en las crestas de las montañas. Cambios bruscos en los cauces de los ríos. Cableados eléctricos de una energía que no siempre tiene como destino y beneficiaria a esta tierra. Politiquillos entregados a lo que decidan unos intereses económicos que no revierten en prosperidad en los enclaves donde están radicadas.

¿Cómo es que se enarbola un discurso que habla del progreso para el deterioro medioambiental y que, al mismo tiempo, no ofrece unos servicios a los que vivimos en los pueblos acordes con ese progreso del que tanto hablan? ¡Qué ley del embudo más intragable y ramplona!

¿Cómo no recordar a «Petra»? ¿Cómo no tener la vivencia de que los parajes donde los osos vinieron habitando son una especie de cerco enjaulado para que podamos añorar la vida que en un tiempo hubo en estas comarcas asturianas sin necesidad de cautividades ni cuidados especiales?

¿Por qué recuerdo a «Petra»? ¿Por qué no puedo evitar la consciencia de que en esta pequeña aldea a la que llamamos Asturias nos presentan la virtualidad de lo que en su día fue un entorno que forjó faunas y floras que asombraron a cuantos nos visitaron?

Me pueden enternecer «Furaco», «Tola» y «Paca». Ojalá que esa familia osezna, con monogamia o poligamia, crezca y se multiplique. Al mismo tiempo, respeto el trabajo de quienes ponen todo su esfuerzo en que algunos osos puedan seguir sobreviviendo en Asturias. Lo que sucede es que no puedo sobrellevar serenamente tanto sucedáneo que trata de enmascarar unas políticas medioambientales que han convertido, por la codicia de unos y la pasividad cómplice de otros, la normalidad en prodigio.

Categoría: Bajo Nalón Comentarios(6) mayo 2009

6 Respuestas a “¿Por qué recuerdo a Petra?”

  1. Laura Says:

    ¡Qué bonito es cuando, reinventando tu infancia, te asomas a la actualidad con una calidad literaria admirable y con una capacidad crítica que a tantos tambalea!

  2. Abrumada en Brumario Says:

    Magnífico artículo, poético, terso, y, además, muy crítico.

  3. Elena de Goya Says:

    Y, pasado el tiempo, cuando caminas por delante de donde estaba la jaula, sonríes para tus adentros, haces guiños al niño que fuiste?

  4. María de la A Says:

    ¡Con qué elegancia y estilo dejas las cosas en su sitio acerca del pan y circo de estas gentes que venden Asturias a las multinacionales que vienen aquí a destrozar el paisaje y a conseguir subvenciones, sólo a eso!
    Gracias por tu artículo, Luis,

  5. Lliteratu Says:

    Que se haga reflexión sobre el soporte de una poética del paisaje y de la infancia es admirable. A veces, como en la presente ocasión, usted lo consigue.

  6. Occidental Says:

    Da usted una visión del occidente de Asturias que tiene la dulzura de la Arcadia y la amargura de quienes, por lo que dice, la destrozan.
    Lo malo es que está en lo cierto.

Escribir comentario