La insoslayable omnipresencia de Cela

Por Luis Arias

Para completar la trayectoria de Cela, acaba de publicarse un libro que recoge su correspondencia con grandes escritores del exilio; entre ellos, Américo Castro, León Felipe, Corpus Barga, María Zambrano, Jorge Guillén, Emilio Prados, Luis Cernuda y Ramón J. Sender. ¡Qué paradójico resulta en apariencia que, habiéndose ofrecido en su momento como delator, abriese una ventana a la literatura española trasterrada en su revista «Papeles de Son Armadans»!

Cela es, ante todo, un escritor insoslayable. Convertido en la más obligada referencia de la literatura española de posguerra con novelas como «La familia de Pascual Duarte» y «La colmena», terminó sus días literarios haciendo el peor manierismo de su faceta más carpetovetónica en «Madera de boj», y, de otro lado, consiguió que prosperase una acusación de plagio contra él por una novela que fue galardonada en uno de los más conocidos premios literarios de nuestro país.

Las más altas cumbres y los escándalos más sórdidos. Piensen en el Cela que escribió el «Viaje a la Alcarria» y en aquel otro que se parodió a sí mismo haciendo un simulacro de repetición del trayecto. Piensen que estamos hablando de un extraordinario narrador que, en su momento, publicó, ¡ay!, auténticos bodrios. Piensen, en fin, que nos encontramos ante una trayectoria errática que, según se mire, no contentó a nadie, aunque también recibió parabienes por parte de los sectores que jamás salieron del desencuentro.

De lo primero, da buena cuenta el hecho de que fueron medios ultraderechistas los que en su momento reprodujeron un documento en el que Cela se postulaba para delatar. Tal cosa sucedió muy poco después de la muerte del dictador. Y, de otro lado, hubo quien no olvidó nunca su convivencia, y connivencia, con el régimen de Franco.

Estridente, altivo, amante de la brocha gorda y, al mismo tiempo, fue capaz de poner ternura en una novela, no ajena al behaviorismo, que plasmaba las miserias y sordideces de la España de la posguerra. Hablamos, claro está, de «La colmena».

Prepotencia la suya que propendía a reivindicarse por encima del bien y del mal, que no le impidió, sin embargo, convertirse en una factoría de ganar dinero participando en certámenes altamente remunerados acudiendo con una novela infumable sobre la que pesarían después las acusaciones a las que hemos hecho referencia. Y ello por no hablar de sus incursiones en la literatura mercenaria, con «La catira», por encargo del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez.

Y, con todo, no sólo estableció contactos con escritores exiliados que estaban en sus antípodas ideológicas, sino que además tuvo presente desde el primer momento la mejor literatura que se había hecho en España en las décadas anteriores a él. Puedo decir, a este respecto, que tiene indudable importancia la admiración que sintió por Baroja y que, de otra parte, me resultó muy llamativo lo que en su momento le transmitió el asturiano Fernando Vela en torno a su concepción del género novela.

Es decir, nos encontramos ante un escritor inevitable no sólo por la indiscutible calidad de algunos de sus libros -al menos, tres-, sino que además, a la hora de estudiar el exilio literario español, Cela interviene de forma decisiva.

Escritor ineludible, repudiable en no pequeña parte de sus obras y actuaciones públicas y, al mismo tiempo, autor de obras maestras y valedor de lo mejor de nuestra literatura trasterrada.

Cuando no se trata de reescribir la historia, sino de conocerla, podemos encontrarnos con casos como el de Cela, una obra y una trayectoria donde los claroscuros son hirientes para la vista, donde los aguafuertes zarandean las sensibilidades, donde las estridencias abruman y avasallan, donde la historia, más que espejo oscuro, es ciénaga, donde las aguas, más que turbulentas, son fétidas.

La vida y la obra de un escritor insoslayable, perteneciente a un tiempo y un país más tremendista aún que la prosa de este literato se labró, junta y justamente, odios y admiraciones.

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Categoría: Libros Comentarios(8) mayo 2009

8 Respuestas a “La insoslayable omnipresencia de Cela”

  1. Feijooniana Says:

    Por mucho asco que nos dé, es usted ecuánime a la hora de reconocerle méritos literarios a Cela.
    De todos modos, su correspondencia con ilustres figuras del exilio no hace más que abundar en lo farsante que fue este hombre.

  2. Rosa Says:

    ¿Recuerdas a aquel Cela que declaró en Oviedo en la primera edición de los Premios Príncipe que el dinero estaba para los tenderos, que los escritores eran otra cosa?
    ¡Qué coherencia la suya!

  3. Irene Says:

    ¿Y no tuvo Cela un incidente muy sonado con un prohombre de la cultura vetustense?

  4. mencar Says:

    Cela fue, sin duda, capaz de lo mejor y de lo peor, pero aunque sólo hubiera escrito “La familia de Pascual Duarte ” ya era suficiente para encumbrarle a lo más alto del Olimpo literario.De Madera de Boj mejor no hablar. Dejemos que la Historia juzgue sus actos.
    Excelente artículo, Luis, digno de tí, y sobre todo, le haces justicia a Don Camilo. Gracias por escribirlo

  5. AFI Says:

    Totalmente de acuerdo. Como autor salvemos esas tres grandes obras y alguna más (San Camilo 1936, p.e.)y olvidémosnos de lo mucho que se imitó a sí mismo (el celismo de Cela, que viene ya de los años sesenta). Y de sus salidas de tono alguna culpa tendrán los “palmeros” (escritores o figurantes)que revolotearon, a veces muy serviles, a su alrededor.
    Un abrazo.

  6. Lliteratu Says:

    Totalmente de acuerdo con AFI. En efecto, a Cela muchos le rieron, demasiado, las gracias, que no eran tales. Y, por otro lado, no se le puede negar su categoría como escritor en parte pequeña de sus obras.

  7. Vela Says:

    No es un dato baladí que el Pascual Duarte estuviese dedicado a Vela.

  8. Isabel Says:

    A mí, Cela siempre me pareció un señor rijoso y valentón que daba asco verle y oirle. A pesar de todo, leí algún libro suyo, y reconozco que “La Colmena” me conmovió.

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