De clamores en tiempos de silencio

Por Luis Arias

Monólogos como cuchillos que conforman toda una sinfonía del dolor. Monólogos cuyos destellos proceden de una palabra elaborada que alcanza la belleza formal con un manejo envidiable de las que entonces fueron llamadas nuevas técnicas narrativas. La miseria de las chabolas madrileñas en tiempos de posguerra. La soledad del científico que investiga en su lucha contra la enfermedad y la muerte. El silencio obligado que impone una dictadura atroz. Estamos hablando de una novela que marcó un antes y un después en la historia de la narrativa contemporánea.
Estamos hablando de «Tiempo de silencio»». Estamos hablando de Luis Martín Santos, de un médico y escritor cuya vida se malogró a los 40 años por un accidente de tráfico en Vitoria.

La novela y su autor saltan a la actualidad porque el psiquiatra José Lázaro acaba de obtener el premio «Comillas» 2008 con su libro «Vidas y muertes de Luis Martín-Santos», una biografía del que fuera médico, escritor y militante antifranquista.

Nacido en 1924, pertenece a la misma generación que el poeta Ángel González. Y no sería descabellado considerar que, si cada vez se está reconociendo más la importancia de esa generación en la poesía, acaso no le vayan a la zaga los narradores, como es el caso de Martín Santos. No olvidemos a narradores de la envergadura como Rafael Sánchez Ferlosio y Juan Benet nacerían en 1927.

Tan pronto tuve conocimiento de esta noticia, no pude no recordar el inevitable estremecimiento que suscita el tránsito por la novela de Martín Santos. Como decía antes, las extraordinarias descripciones de las chabolas, los no menos desgarradores monólogos, la mirada lúcida sobre la condición humana, los clamores contra un tiempo en que el silencio era toda una imposición.

La miseria, la soledad, la dictadura. Frente a todo ello, un discurso narrativo que consigue compaginar un estilo depurado con el testimonio de todos esos sufrimientos de los que venimos hablando. Y, cómo no recordarlo, anecdotarios que hicieron época como la parodia que se hace de Ortega y Gasset como conferenciante en esta novela.

«Tiempo de silencio» no sólo es una novela que está merecidamente en la historia de la literatura, sino que también hizo historia en aquel año de 1962 en el que, además de publicarse el libro del que venimos hablando, hubo otro gran acontecimiento literario como fue la obtención por parte del escritor peruano Mario Vargas Llosa del premio «Biblioteca Breve», de la editorial Seix Barral, con su novela «La ciudad y los perros», que da paso al inicio del llamado «boom» de la narrativa hispanoamericana en nuestro país.

Novela puente entre el llamado realismo social y las nuevas técnicas narrativas. Lo primero lo lleva incorporado. Lo segundo lo aporta de forma más que exitosa.

Así pues, que el premio de biografías más prestigioso haya sido concedido a un estudio sobre la vida y obra de Luis Martín Santos es todo un acontecimiento que servirá, sin duda, para una mayor profundización en la figura de uno de nuestros grandes novelistas de la posguerra española.

Clamores en tiempos de silencio. Escribir en España entonces no era sólo llorar, podía suponer también un peregrinaje por las cárceles de un país que se proclamaba la reserva espiritual de Occidente.

Clamores en tiempos de silencio que, con el estudio al que venimos aludiendo, podrán sernos más cercanos y menos ajenos.

Los falsos estereotipos, maliciosa o frívolamente difundidos, sobre supuestas malas cualidades de algunos grupos humanos, han dado lugar a situaciones conflictivas y hasta a genocidios. Unas veces, el factor desencadenante de la intolerancia es la política, y otras, la religión, la raza o la pobreza. El último siglo fue testigo de la persecución de los judíos europeos por el Gobierno nazi, de las purgas de Stalin, de las matanzas de Pol-Pot, , de las desapariciones de izquierdistas en la Argentina, Chile, o en otros países sudamericanos, y del régimen del «apartheid» en Sudáfrica. Sin olvidarnos, por supuesto, de la Guerra Civil española, donde la condición de «rojo» o de «azul» llevó a mucha gente al paredón o a la cárcel. Últimamente, somos testigos de la interesada criminalización del Islam en la llamada guerra duradera contra el terrorismo que desató el Gobierno de Bush. Es obvio que no todos los infundios conducen a una salida trágica, o de sangrientas consecuencias, pero sí que todos ellos son potencialmente peligrosos, en cuanto sirven en bandeja un pretexto para el menosprecio. Los oriundos de Galicia, por ejemplo, saben perfectamente de qué va eso porque durante muchos años tuvieron que soportar en el Diccionario de la Real Academia Española un juicio despectivo sobre su condición. (Ya es sarcasmo pertenecer a un Estado que te insulta). El mal trato de opinión a los gallegos dio lugar a numerosas quejas. Algunas tan amargas y conocidas como las de Rosalía de Castro, que, dirigiéndose a Castilla, intentaba vanamente saber por qué la maltrataban. Por no hablar de los juicios de Larra sobre los gallegos, a los que comparaba con bestias de carga. Viene esto a cuenta de que el Gobierno rumano ha emprendido una campaña para mejorar la imagen de sus compatriotas en diversos países europeos, entre ellos el nuestro. El Gobierno de Bucarest es consciente de que la presencia de algunos de sus conciudadanos ha sido asimilada a conductas irregulares, o a prácticas violentas, y ha decidido poner remedio. La iniciativa ha sido polémica porque algunos colectivos gitanos, que en Italia han tenido problemas muy serios de integración, protestaron por el supuesto tinte racista de la propaganda exculpatoria. No obstante, nadie puede dudar que Rumania es un país de larga historia cuya imagen no puede ser desfigurada por el colaboracionismo de algunos de sus sectores políticos con el nazismo, por la figura desorbitada de Ceaucescu ni por algunos episodios que pudieron haber dado carnaza al sensacionalismo periodístico.

Últimamente, disfruté mucho con la lectura del «Diario de Mihail Sebastian», un magnífico escritor que fue contemporáneo de Mircea Eliade, de Emil Cioran y de Eugene Ionesco, personalidades sobradamente conocidas de la intelectualidad europea sobre las que no hay que hacer más comentarios. En cualquiera de los textos de los citados podremos encontrar una Rumania culta y refinada, muy distinta de la que nos propone el infundio malicioso.

Ni España es sólo un país de toreros y bailadoras flamencas ni Rumania un país de mafiosos y proxenetas. Cualquier generalización es injusta.

Categoría: Libros Comentarios(9) septiembre 2008

9 Respuestas a “De clamores en tiempos de silencio”

  1. Lliteratu Says:

    Excelente artículo, magnífica síntesis de una vida y una obra, con erudición literaria puesta al alcance de casi todos.
    Muy bien.

  2. mencar Says:

    ¡Que recuerdos y que poso dejó en mí la novela de Martín Santos, Luis! Y es estupendo que alguien, en este caso tú nos haya dado la oportunidad de caer en la cuenta. Prometo leer “Vida y muertes de Luis Martín Santos”.

    Como siempre magnífico tu artículo, con el que coincido plenamente.

    Sigue escribiendo igual, Luis.

  3. Noventayochista Says:

    Me atrevo, don Luis, a lanzarle una pregunta envenenada: ¿No es cierto que Benet fue´, en el mejor de los casos, un discípulo de Martín Santos?

  4. Poesía de posguerra Says:

    Muy aguda su pregunta, señor noventayochista. No sé si don Luis le contestará. De todos modos, Benet fue un autor de culto de una izquierda que ya no existe, mientras que Martín Santos es el que abre la brecha con que se inicia una nueva narrativa en España.

  5. Laura Says:

    Describir con desgarro y belleza las chabolas de Madrid de entonces; poner frente al lector la soledad del investigador médico. El dolor humano, el del cuerpo y aquel otro que viene de un mundo injusto y opresor. Todo ello sin incurrir en lo panfletario.
    Gracias, Luis, por tu hermosa lectura de una novela que hizo época.

  6. Devorador de libros Says:

    Ustedes, profesores, críticos y literatos, acuerdan que un determinado libro es una obra maestra y, en vez de analizar el asunto en cuestión, lo que hacen es rendir culto, escenificar liturgias previsibles.
    Sin embargo, en esta ocasión, el tono emotivo con que evoca la lectura de ese libro convierte su artículo en una invitación a compartir el placer de la lectura, invitaci´´on que se agradece cuando, además, está bien escrita.

  7. Adleriano Says:

    Fue la novela de la que habla en su artículo también el producto, literariamente muy logrado, de una corriente de antipsiquiatría que, en aqueños años ingenuos, resultaba tan atractiva como el existencialismo.

  8. Semióloga Says:

    Hubo un tiempo en que los vientos de la moda cultural que venía, ¿cómo no?, de París apuntaban que de nada servía la crítica “impresionista”. Había que leer científicamente. Eso era dogma de fe en la Cátedra donde yo era PNN.
    Pasó el tiempo y estoy convencida, sin embargo, de que una crítica impresionista es buena o mala dependiendo del lector.
    Y usted es un gran lector, de aquéllos que reclamababa Dámaso Alonso.
    ¡Qué tiempos! ¿Sabe? Siento que no haya sido alumno mío. Pero entonces yo daba las clases por la tarde. Usted, cin sus apellidos, venía a Filología por las mañanas.

  9. c Says:

    c

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