Oviedo, paseo de los Álamos

Por Luis Arias

Paseo de Los Alamos (Oviedo)

Con admirable intuición poética, Xuan Bello dejó constancia en su libro sobre Oviedo del significado que para él tiene el tránsito por el Campo San Francisco: «Presentí que caminaba más que por un parque por el interior de un poema que había escrito, en un sofoco de amor, el dios del lugar». Pues bien, el parque que alberga ese poema desemboca en el paseo de los Álamos. Tolivar Faes en su libro «Nombres y cosas de las calles de Oviedo », nos precisa el surgimiento de este lugar de encuentro de la ciudad, así como los cambios de denominación y fisonomía que se produjeron  a lo largo del tiempo: «Este retazo del Campo de San Francisco, trazado después de que en 1874 fue abierta la calle de Uría, se llamó así a causa de los árboles que lo adornaban.  Pero como los árboles siempre tuvieron enemigos, ya El Carbayón de 27 de noviembre de 1921 ha de hablarnos del “disparatado propósito de derribar los Álamos, que con singular torpeza se recogió en nuestro Ayuntamiento. ¿Es que no hay otra cosa que hacer para engalanar a Oviedo? El derribo de árboles, y árboles que por su tradición y gallardía han dado nombre a nuestro más popular y clásico paseo, es desafección impropia de los que se precian de amar a Oviedo, de sentir por Oviedo sincero y hondo cariño”. Los álamos fueron talados hacia 1925 y el paseo quedó asfaltado y con un aspecto bastante parecido al que ahora tiene. A partir de la citada reforma y sin que sepamos nosotros haya habido la necesaria aprobación municipal, empezó a ser llamado Paseo del Príncipe Alfonso. El 12 de diciembre de 1931 acordó el Ayuntamiento darle el nombre de Pablo Iglesias en honor del que había sido presidente del Partido Socialista. Por acuerdo de 31 de marzo de 1938 se dispuso dar al clásico paseo de los Álamos el nombre de José Antonio, en recuerdo del “inspirador y alma de la Falange Española. Por último, el Pleno de 29 de junio de 1979 acordó restituir al paseo el clásico nombre de los Álamos. Para hacer recobrar a aquel sitio la acogedora sombre que con la tala había perdido, fue plantada hace ya más de cuarenta años, una hermosa hilera de álamos en el borde del Campo de San Francisco que le sirve de límite. Esos álamos son también un recuerdo a los suprimidos árboles que habían dado al paseo su nombre tradicional”.
Cinco años más tarde de la apertura de la calle de Uría sería derribado el legendario y mítico «Carbayón».
Retazo del Campo de San Francisco, alameda, que, acaso, buscaba dar forma en el imaginario ovetense a ese río que no emerge, a pesar de la cantidad de fuentes y de aguas subterráneas que convergen ocultas. Paseo de un río sepultado, entraña misma de una ciudad tan lluviosa y tan llena de manantiales y fuentes, algunas con una relevancia histórica mayúscula.
Orillas de un río imaginario ornamentadas con sus correspondientes álamos. Sobre él, el paseo, el escenario en que, como puede apreciarse en la foto, comparecen distintas clases sociales.

Paseantes ilustres
Azorín da cuenta de su visita a Asturias, a principios del siglo XX, así como del recorrido que hacen por el paseo de los Álamos Ramón Pérez de Ayala, Melquíades Álvarez y el autor de «LaVoluntad». Éstas son las palabras del escritor alicantino: «Los Álamos es un viejo paseo, dos largas filas de estos finos, esbeltos, sutiles árboles lo bordean. A un lado se extienden unos sombríos jardines. Seis, ocho, diez paseantes marchan lentamente, en silencio, uno de ellos avanza hacia nosotros.
-Querido Melquíades, ¿qué pasa en la ciudad?
-Nada, –dice sonriendo el gran orador que viene todos los días a esta alameda–.
Clarín, siempre Clarín, la ciudad que sestea, la eterna Vetusta que duerme su sueño de siglos incluso en aquellos emplazamientos que tomaron vida a finales del que fuera su siglo. La calle de Uría y este paseo que venimos glosando.
En la epístola que Pérez de Ayala le dedica aAzorín, a resultas de la referida estancia en Oviedo del autor de Castilla, don Ramón habla de la capital asturiana como la ciudad que representa la geografía moral y vital de la España de entonces: «Te hallas,
amigo, ahora, en mi amada Vetusta / La noble, la sarcástica, la devota, la augusta. / Acaso sientes que esta mi ciudad te convida / en su tácito seno a afincar de por vida. / Acaso esa señora prócer –la catedral– / te inculca ideas mansas con su voz de metal. /Acaso, dormitando en el calmo casino, / hayas pensado hacer un alto en el camino. /Acaso en la alameda, a la postmeridiana / hora has ambicionado que el día de mañana / sea como el presente; los días siempre iguales. / Como en una vereda florida los rosales. / Todo calla. Es la hora asoleada y lenta / con que principia nuestro gran libro, «La Regenta». / Se siente el bienestar templado del estío, / y del pecho parece que brota un ¡ay, Dios mío! / ¡Ay, Dios mío! ¡Qué paz! ¡Qué paz!»
Oviedo no es sólo la muy novelada ciudad, también es la capital regentiana que en su momento, gracias en no pequeña parte a la categoría intelectual de Ramón Pérez de Ayala, fue visitada por las que fueron primeras figuras de la literatura y del pensamiento en lo que dio en llamarse la «edad de plata» de las letras españolas.
Paseo de los Álamos, tras cuyo tránsito en las dos primeras décadas del siglo XX, se podía comprobar que aquel mundo no sufría cambios bruscos. Paseo de los Álamos, las orillas puestas a un río que se presiente y que subyace en una ciudad tan pródiga en aguas subterráneas.
En 1923, Unamuno dedica un poema a Oviedo, al Oviedo húmedo y a su cielo: «¡Qué casonas reumáticas / con cascada de piedra / trencilladas de hierro, / en orbayo embozadas, / y un cielo de plata / donde espira, ahusándose, / la torre de la
catedral! Y, versos más abajo: «Es un cielo humorístico, / ¡el orbayo su humor! / ¡un humor que cala y tiene / verde el monte y fresca la ciudad!». No es aquí lo regentiano lo que comparece, pero sí el clima con su pluviosidad que, al decir de Unamuno, marca el carácter de las gentes.

Mosaico social
Repare el lector en el paisaje humano que muestra la foto que es objeto de nuestra glosa. Primero, en las tres mujeres que están más cerca de nuestra vista. La que va en el medio no lleva mandil. Su calzado, en lo que se puede apreciar, tiene otro empaque. Es una elocuente imagen de quien representa el lado más amable de una sociedad alegre y confiada.
Si miramos al fondo, el señor alto y barbudo que lleva sombrero, tiene el porte de pertenecer a las clases sociales más favorecidas, tal vez por eso eclipsa a la persona que tiene a su lado. Luego están los mozalbetes endomingados que posan para
el fotógrafo. Se diría que el que se encuentra más alejado espera algo más del futuro en un momento en que todo parece dormitar regentianamente. En la otra orilla, quizá con la excepción del caminante que está de espaldas, se encuentran las gentes cuyos trabajos y días no tienen como principal escenario el paseo ocioso, sino el peso de una tarea dura que no les permite grandes alegrías.
La población de Oviedo, según los datos que proporciona SADEI, evolucionó de este modo: 48.374 habitantes en 1900, 54.572 en 1910, 7.096 en 1920 y 76.147 en 1930. Así pues, cuando Azorín recorre el paseo de los Álamos en 1905 en compañía de Pérez de Ayala y Melquíades Álvarez, Oviedo era una ciudad cuya población se aproximaría a los 50.000 habitantes, y en el despliegue entre 1910 y 1930, el incremento demográfico fue llamativo.
El ocio y el trabajo se daban cita en el paseo de los Álamos, mosaico social en la fotografía que glosamos, avenida que busca, como venimos diciendo, ornamentar el río que palpita y que discurre por las entrañas de la ciudad, río confluencia de los arroyos, regueros y lagunas que discurrían ocultos bajo empedrados de calles.
Paseo de los Álamos, para algunos, especie de casino al aire libre, tertulia andante. Para otros, cita obligada en tanto espectadores de la vida de una ciudad que sesteaba. Para muchos, breve descanso y lugar de paso con sus impedimentos laborales a cuestas. Y también, había quienes consideraban el paseo un enclave de obligado tránsito para atestiguar su presencia en una ciudad que dormía y sesteaba, pero que no cerraba los ojos al discurrir vital de su vecindad y parentela varia.
Paseo de los Álamos, homenaje erigido al río que Oviedo no tiene por el que, con mayor o menor grado de consciencia, suspira. Orillas ornamentadas con álamos, cauce por el que discurren sus gentes, sobre unas aguas que, caídas del cielo, la ciudad esconde.

Categoría: Asturias de ayer a hoy Comentarios(4) agosto 2008

4 Respuestas a “Oviedo, paseo de los Álamos”

  1. Vetustense Says:

    Magnífico su atisbo acerca de que la principal carencia de Oviedo es un río. Resulta brillante que considere al Paseo de los Álamos como el cauce por donde tendría que discurrir ese río imaginario de Oviedo.
    Y vienen muy al caso las referencias a Azorín, a Melquiiades Álvarez, así como ese poema de Ayala al literato noventayochista. Desconocía el poema de Unamuno sobre Oviedo, es extraño y llamativo.
    Su artículo es francamente bueno, don Luis.

  2. Noventayochista Says:

    Es curioso que Oviedo, sin ser Castilla, haya atraído tanto a los escritores del 98. También Valle- Inclán estuvo en esta ciudad.
    El poema de Unamuno es, en efecto, llamativo, como dijo vestustense. La ironía ayalina, desplegada en el poema a Azorín, también.
    Su texto es una clase de literatura al aire libre, al estilo institucionista.
    Y es verdad que Oviedo es la ciudad que siempre quiso tener un gran río.
    ¡Enhorabuena, señor Arias!

  3. Metacarpiano Says:

    Al día siguiente de publicar usted este bello y erudito texto sobre el Paseo de los Álamos de Oviedo, se clausuró la exposición llamada “Oviedo, doce siglos”.
    Bien, ¿por qué será que sus organizadores y mentores representan justo lo contrario que los personajes que usted recuerda como ilustres paseantes de esa Alameda vestustense?
    ¿Será que esos paseantes guardan relación con la época más brillante de la historia de la Universidad de Oviedo, frente a los oscurantistas que homenajean la leyenda de Nardo del Carpio?

  4. marga Says:

    Volveremos a las cavernas? desde luego a los paseos decimonónicos no, porque ya no habrá álamos

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