San Esteban de Pravia, el tren, la mina, la poesía y el mar

Por Luis Arias

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Hay rincones donde los sueños decidieron instalarse. Hay lugares donde la historia anhela ser escuchada. Hay enclaves donde lo más pujante de un tiempo y un país se dio cita. Hay, en efecto, sitios donde todo esto tuvo y tiene parada y fonda. Estamos hablando de una localidad asturiana que forjó la construcción de una ruta ferroviaria destinada a dar salida al mar al carbón. Estamos hablando de un puerto de mar de un pequeño pueblo que, sin embargo, tuvo vocación de exportar aquel mineral que en su momento fue una de nuestras mayores riquezas. Estamos hablando de un pueblo en el que vivió jornadas inolvidables uno de los más grandes poetas de la lengua castellana, Rubén Darío.Y se da la circunstancia añadida de que si las líneas ferroviarias se pusieron en marcha en 1904, sólo un año después, San Esteban de Pravia tuvo como ilustre visitante al autor de «Cantos deVida y Esperanza », libro que se publicó ese mismo año en que se conmemoraba el tercer centenario de la publicación de la primera parte de «El Quijote», a la que se sumó el poeta nicaragüense con su «Letanía de nuestro señor don Quijote».Y estamos hablando, en fin, de la presencia en San Esteban de Pravia de uno de los profesores más prestigiosos de la que fue la edad de oro de nuestra Universidad, con su llamado «Grupo de Oviedo» krausista. Nos referimos a don Rafael Altamira (1882- 1951).

Huellas. Por tanto, aquí no se trata del socorrido tópico que habla de aquello que pudo haber sido y no fue. Lo que se dilucida es la huella que queda de un esplendor que existió, entre otras cosas, por el hechizante encanto de la localidad de la que estamos hablando. Siempre que llego a San Esteban pienso que, entre sus clamores, más o menos perceptibles, aún no se apagó del todo la llamada del carbón, que estaba destinado a ser transportado en tren. El carbón que, tras ser arrancado en el subsuelo, tiene destinos lejanos, primero a través de las vías férreas. Y, desde allí, al mar. El carbón que forjó el progreso suscitando la necesidad de abrir paso en nuestra tierra a los raíles por donde caminaría la que fue más recurrente y recurrida metáfora del progreso, es decir, la máquina de vapor.

Si nos remontamos al siglo XIX, no podemos no pensar en la vieja carretera Carbonera entre Cornellana y Pravia que trazó Sagasta, por lo visto, la única que llevó a cabo como ingeniero de caminos.

Si nos situamos en 1904, ahí está ese ferrocarril que antes nombramos que tanta potencialidad tuvo aunque lamentablemente efímera. Si damos un salto de unos 50 años desde la última fecha citada, nos toparemos con aquel proyecto, también ferroviario, entre Cangas del Narcea y Pravia que tanta vida les hubiera dado a las comarcas del alto y bajo Narcea. Aquí sí que podría hablarse de aquello que pudo haber sido y no fue, tan fácilmente comprobable a poco que se recorra la llamada ruta del salmón entre Cornellana y las proximidades del puente de San Martín, donde el hormigón y los túneles dan cuenta de aquel proyecto inacabado.

De puertas y compuertas. Creo que fue Pessoa quien vino a decir que el fracaso en la vida amorosa podría explicarse como el intento de no haber sabido abrir las puertas que a ello conducían en el momento apropiado. ¡Cómo se asemejaría esto, Dios mío, a los afanes de Asturias en general y de San Esteban de Pravia en particular! ¿Acaso no es nuestra historia, al menos desde los empeños de Jovellanos a esta parte, un continuo y, repetidas veces, vano intento de dar salida a lo más valioso de nosotros mismos, empezando por los productos que fueron nuestros mejores tesoros y continuando por las voluntades de tantos y tantos que hicieron del afán de ser transitivos su más importante proyecto vital?

¡Qué carga poética tiene el hecho de que, desde un rincón como éste, desde el final de una bien llamada ría melancólica, Asturias empezase a poner en marcha sus designios exportadores, pues no iba en ello nuestra supervivencia y nuestro progreso!

Reflexione el lector por un momento acerca de la singularidad que supone que un puerto tan pequeño haya representado tan profunda y dramáticamente uno de los afanes que mejor pueden caracterizarnos. No estamos hablando de un gran puerto de mar, no estamos hablando de una localidad que en un momento dato tuviese una enorme población. San Esteban no es ni fue nunca nada de eso. Y, sin embargo, también aquí, la voluntad de una geografía y la geografía de una voluntad lo eligieron como punto de referencia, como lugar de tránsito obligado de los afanes y desvelos de Asturias. San Esteban de Pravia, San Esteban de Bocamar. La primera de estas denominaciones obedece al tiempo en que estas tierras pertenecieron al concejo de Pravia, la Pravia de aquende y de allende, hasta que Muros se convirtió en municipio.

La procesión de San Telmo. Observe el lector la fotografía que se reproduce en esta página. Es la procesión de San Telmo, de la que también habló Rubén Darío a resultas de su estancia en el lugar. Un Rubén Darío que fue visitado por Azorín y Pérez de Ayala durante la estancia citada, cuyo encuentro dio lugar a hermosas descripciones del lugar por parte del escritor alicantino. Primeras décadas del siglo XX. Fiesta marinera. Estaba llegando el momento de iniciarse las grandes transformaciones de aquella centuria cuyo despegue fue a partir de los años 20.A un lado, San Esteban. De Frente, San Juan de la Arena, donde también se dio cita el poeta nicaragüense. Gentes que contemplan la procesión en primera línea. Procesión que, si mis datos no me fallan, se celebra el primer domingo de septiembre, cuando el verano empieza a declinar.

En el momento que plasma la fotografía estaba muy cerca, también existencialmente, el año 1904. La llegada de la maquina de vapor. Las embarcaciones que esperaban por el carbón. Es momento de procesión, de celebraciones, de fiesta, de que los habitantes del lugar se den un homenaje a sí mismos. Es momento de pensar en lo que significa el progreso.

Frente a ello, también nuestra mirada, si no melancólica, sí al menos agridulce, ante un entrañable emplazamiento donde se encuentra parte muy importante de nuestra historia. Ante una confluencia de poesía, de industrialización, de afanes pedagógicos, de proyectos que pretendían romper el que había venido siendo casi obligado aislamiento por razones geográficas y orográficas.

San Esteban de Pravia, San Esteban de Bocamar, esplendores varios, tan influyentes y, sobre todo, confluyentes. Donde el fondo de la ría y el mar albergan las pruebas materiales y tangibles de aquel carbón que, saliendo de nuestro subsuelo, iba lejos de nosotros, primero en tren, luego a través del mar. Un carbón que, como muchos asturianos de entonces, también emigraba. Un paseo por San Esteban es también un viaje en el tiempo, de un tiempo que fue nuestro, de un tiempo que atestigua lo que fuimos y lo que somos: cenizas de esplendores varios que aún pueden entrar en combustión.

El mar y la historia las protegen.

Categoría: Asturias de ayer a hoy Comentarios(6) agosto 2008

6 Respuestas a “San Esteban de Pravia, el tren, la mina, la poesía y el mar”

  1. Lliteratu Says:

    A este texto suyo, admirablemente escrito, sólo le faltó decir que, gracias a lo que San Esteban significó, el carbón de Asturias y el río Nalón decidieron desembocar juntos en el mismo mar.
    Fenómeno éste muy manriqueño, a decir verdad.

  2. Laura Says:

    Ya ves, Luis, en este texto tú estás más presente, lo que hace que el escrito gane, aunque la información no sea tan exhaustiva.
    Se diría que tus palabras de empapan de la tersura del territorio que describes, con su historia y geografía.

  3. AFI Says:

    También en 1904 veraneó en esa preciosa y artística zona naloniana, en concreto en Riberas de Pravia, el dramaturgo Federico Oliver, que inmediatamente estrenó en Madrid su obra “La neña”, cuya acción, sobre emigración a Buenos Aires y trata de blancas, sitúa más o menos en esos lugares. Unas semanas antes del verano la compañía de Oliver -admirador de Asturias, su paisaje y su literatura, incluida la escrita en asturiano- y su esposa, la primera actriz Carmen Cobeña, había representado en Avilés la pieza corta “La cuarentena”, obra del autor de Riberas de Pravia que firmaba como “Felix de Monterrey” (un González-Corugedo) y que había vivido en el Madrid del fin de siglo.
    Magnífico texto, en el mejor sentido de la expresión, noventayochista o finisecular. La tradición creadora en la zona del Bajo Nalón continúa.

  4. Metacarpiano Says:

    Ésa de la que usted habla es la Asturias más excelsa, la institucionista, la clariniana, la ayalina, la que hizo que nos visitasen gentes de la categoría de Rubén Darío y Azorín, frente a esa otra de Nardo del Carpio y de don Pelayo que algunos reivindican desde ámbitos subvencionados.
    Gracias por luchar contra la desmememoria, don Luis.

  5. Atónito y sobrio Says:

    Un poeta frente al mar, como escribió Azorín, una ría melancólica donde el Nalón se entrega dejando bajo su cauce ingentes cantidades de carbón en polvo.
    Carbón viajero, mar de Asturias. Donde el Nalón termina, eso sí, sin curva de ballesta.
    Una delicia de texto; Tino tiene razón.

  6. Alberto del Río Says:

    Fascinante descripción de una, para mí, de las tres cúspides (en todos los sentidos) de Asturias: la desembocadura del Nalón-Narcea.

    Es muy gratificante el relato del hechizo que le ha producido al autor (el cual que comparto) uno de los lugares paradigmáticos de la decadencia industrial asturiana, trufada de Ruben Darío y hasta de algun irlandes premio Nobel, reciente.

    Ha sido un placer leerlo y hasta hacer un bis.
    Un cordial saludo.

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