¿Volver? (Sobre el encuentro entre el Rey y Suárez)

Por Luis Arias

Ante ella, la indiferencia no es posible. Me refiero a la fotografía recién publicada en los medios en la que el Rey y Adolfo Suárez, más que venir, van, no se atisba bien hacia dónde; en la que, más que andar, desandan, no se intuye bien hacia qué momento del pasado; en la que, al fondo, de una forma que no nos puede no conmover, aparece una pequeña arboleda. Como, ¡ay!, una diminuta arboleda perdida, que diríamos parodiando a Alberti. ¡Qué inquietante y desgarradora resulta esa imagen!

Tengo citado más de una vez aquello que escribió Amiel acerca de que «el tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos». Hermosa y lúcida imagen de quien supo hacer de la timidez obra de arte. Sin embargo, no puedo no preguntarme, al hilo de lo que Amiel sentenció, por el olvido, es decir, ¿cómo es el paisaje de aquello que ya no somos capaces de recordar y que, no obstante, vivimos? Acaso, cuando se intenta arañar y atrapar un recuerdo, ese recorrido sea neblinoso. Pero, de ser infructuosa la pesquisa, de la niebla se pasa a la tiniebla. Y de ésta se llega a esa senda oscura y tenebrosa que es el olvido, el espacio a ciegas donde el único clamor posible es la angustia. «Memoria: ciega abeja de amargura», dijo admirablemente el poeta.

Se diría que la mano del actual jefe del Estado sobre el que fuera uno de los principales artífices de la transición no sólo quiere transmitir afecto y gratitud. Más allá de eso, quizás esté intentando simbolizar, con mayor o menor consciencia de ello, que aquella memoria que se esfumó, que aquel olvido que habita en Suárez no impide que los recuerdos que lo abandonaron puedan estar incorporados en otros, en este caso, en el monarca.

Sería difícil encontrar una imagen más ilustrativa de ese mal del olvido que aqueja a Suárez. Ese pasado fugitivo y desgajado que es imprescindible pilar de un presente convertido, por esa pérdida, en muñón. Y ello nos aflige tanto y tanto.

Puntales de la transición. El olvido que habita en Suárez y también en algún protagonista de aquel país y de aquel tiempo que siguen siendo nuestros.

¿Hacia dónde puede encaminar un hombre sus pasos cuando el olvido lo invade? ¿Volver? ¿Hacia dónde, hacia qué?

Por mucho que, según Ortega, Kant hubiera hablado de España en su «Antropología» como «la tierra de los antepasados», ¡qué mala suerte tiene este país con la memoria! ¡Cuánto hemos perdido, quedándonos sin parte importante de ella, y no sólo de la memoria más reciente, históricamente hablando, es decir, de la transición, sino también de aquella otra que viajó por una triste diáspora, cuando no por prisiones y muertes!

¿Volver a un tiempo y un país que dejaba atrás una larguísima dictadura? ¿Volver a aquel momento en que, según parecía, tanto y tanto estaba por hacer? Y, sobre todo, ¿volver desde dónde? ¿Desde un presente lleno de falacias semánticas y de discursos vacíos? ¿Desde un presente en el que ni siquiera se parte de tomar conciencia de una situación que, en el mejor de los casos, es preocupante? ¿Desde un presente (permítanme que así lo diga) que desorienta y desconcierta al pasado, siendo con él afrentoso? ¿No resulta, en verdad, desquiciante que un dirigente que se define socialista exhorte al consumismo más estúpido? ¿No es puro desconcierto que un Gobierno que se declara socialista abogue por la supresión de impuestos que estaban ahí para corregir, siquiera en pequeña medida, desigualdades? ¿Volver desde un presente que, a poco que mire a su pasado más inmediato, no puede no tropezarse con la decepción que supuso, primero, el felipismo y, después, aquel «aznarato» que prometía una regeneración que nunca llegó?

¿Volver, esta vez sin ritmo de tango, con la memoria a aquel momento en que se creía que estaba casi todo por hacer? Volver, no con la nostalgia hacia el pasado, que nunca es buena compañera de viaje, sino con la lucidez que supone saber lo que se abandonó en el camino. ¡Sabemos tanto y tanto de renuncias y de renuncios!

Volver y salir despedidos y noqueados tras el choque con el olvido, sintiéndonos incapaces de recuperar el rostro y la faz del pasado, como escribiera con envidiable belleza y acierto Tolstoi en su libro «Recuerdos»: «Cuando uno intenta representarse las facciones de una persona amada surgen tantos recuerdos a la vez que nos empañan la vista como si tuviéramos lágrimas en los ojos. Son las lágrimas del alma».

Esto es a buen seguro lo que nos pasa cuando intentamos ponerle rostro a la memoria, a veces dormida, a veces traicionada, y, en suma, derrotada por el olvido.

¿Volver?

Categoría: Opinión Comentarios(5) julio 2008

5 Respuestas a “¿Volver? (Sobre el encuentro entre el Rey y Suárez)”

  1. Lliteratu Says:

    Tiempo hacía, don Luis, que no nos obsequiaba usted con un artículo literario. Admiro la tersura de un texto que, además, de principio a fin dice cosas.

  2. Poesía de posguerra Says:

    A muy pocos se les hubiese ocurrido la referencia a la arboleda de Alberti. Lo mejor de su artículo es el estremecimiento que transmite al definir la transición como aquel momento en que casi todo estaba por hacer.

  3. Noventayochista Says:

    Ruinas de la memoria, o, como diría Gil de Biedma, ruinas de la inteligencia. Da en el clavo en el contenido, y, sobre todo, borda el artículo en cuanto a la forma.

  4. Asturgalaico Says:

    ¿Y quién conoce el secreto que llevó a Suárez a la dimisión? ¿Y qué hay de aquello que algunos declararon en el juicio del tejerazo que insistían en que el Rey estaba harto de Suárez?
    Un literato no puede desentrañar eso, don Luis.

  5. Piecho categorial Says:

    Suárez fue el hombre del cambio, eso lo sabemos todos. Fue al franquismo, como hombre surgido del Movimiento, lo mismo que González al PSOE, es decir, le tocó desmantelar lo que representaba.
    Eso fue la transición. Cada cual se cargó su historia.
    Lo demás es literatura, la que usted escribe, por cierto, muy bien.

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