Sesentayochistas

Por Luis Arias

Su gran mérito fue atreverse, con ejemplar osadía, a proclamar y tratar de llevar a la práctica las ideas libertarias de los poetas y escritores de la primera mitad del siglo. Sartre y otros intelectuales participaron en los mítines y los desfiles, pero no fueron actores sino coro; aplaudieron, no inspiraron. 1968 no fue una revolución: fue la representación la fiesta de la revolución. La ceremonia era ideal; la deidad invocada, un fantasma”
(Octavio Paz)

París fue una fiesta y Praga un dolor. Así, de la primavera al verano. La fiesta de una juventud contestataria cuyo ímpetu puso patas arriba el orden establecido en aquella Francia que seguía presidiendo un viejo general, y, sin embargo, luchador en pro de la democracia. Un viejo general que parecía haber sido el más sorprendido de todos ante aquellas barricadas que resucitaban viejos ensueños revolucionarios enfrentados, como se hubiera dicho aquí en la Gloriosa, a lo existente. Pero aquello fue muy efímero. La normalidad en su sentido más prosaico no tardó en volver a establecerse.
Llegó el verano. Y fue en agosto cuando los tanques soviéticos invadieron la antigua Checoslovaquia. Aseguraría que el recuerdo de las imágenes de Praga tomada por el ejército ruso produjeron temor y temblor en todos aquellos que no seguían dogmáticamente la ortodoxia de aquel comunismo tan tiránico como imperialista.
De la algarada parisina, con los jóvenes como protagonistas, a la invasión de un país, al terror más despiadado. Forzosamente, tuvo que haber un antes y un después de todo aquello, hasta el extremo de que a muchos les tenía que resultar poco menos que imposible defender el entonces llamado “socialismo real”. A pesar de ello, se siguió mirando para otro lado por parte de una porción nada desdeñable de la intelectualidad mundial, ciega para ver las atrocidades del sistema soviético, muda para denunciarlas y sorda para oír los clamores contra aquella política tiránica que esclavizaba a gran parte de Europa.
Y lo cierto es que 1968 fue, tanto en París como en Praga, el principio del fin. Cuando se empezó a tener noticia de los disturbios de la capital francesa, el discurso de muchas gentes de orden de este país consistía en decir que aquellos jóvenes, hijos de papá en su mayoría, estaban “manipulados” por el comunismo internacional. Acertaban a la hora de señalar la procedencia social de muchos de aquellos estudiantes revolucionarios, pero se equivocaban de medio a medio en lo que se refiere a la manipulación de la que eran objeto, puesto que aquellos sesentayochistas se levantaban contra todas las ortodoxias, la comunista incluida, y los partidos políticos de la izquierda francesa y europea estaban muy desorientados con unos acontecimientos que en modo alguno habían organizado.
El principio del fin, digo. Las ansias revolucionarias en la Europa occidental dejaron de canalizarse a través de los partidos clásicos de la izquierda. Y, por otro lado, la invasión soviética en Checoslovaquia hizo más contra el sistema comunista que el clamor de Orwell y que lo que podía suponer el hecho de que en la Alemania dividida los que intentaban saltar el muro no eran los ciudadanos que vivían en el sistema capitalista, sino todo lo contrario.
Más tarde, el eurocomunismo, con mayores o menores dosis de oportunismo, empezaría a abrirse paso en los partidos comunistas de Europa Occidental. Ni estudiantes ni obreros de la Europa capitalista atisbaban paraísos perdidos al otro lado del Muro.
De aquellos días de París, de aquel suspiro históricamente hablando, se derivaron muchas cosas, mejor o peor analizadas, entrevistas con mayor o menor lucidez. Pidieron lo imposible y, en pocos días, regresaron a lo acomodaticio. El verbo desdecir lo conjugaron y lo siguen conjugando ad infinitum. Pero, con todo, aquel suspiro parisino abre una fisura que jamás volvió a cerrarse en la ortodoxia marxista.
Muy distinta cosa fue y sigue siendo el incesante ceremonial de confusión de los sesentayochistas españoles que, ni siquiera, pasaron por allí, por mucho que se inventen y se forjen leyendas fantasmales, merecedoras de pasar a la borgiana historia universal de la infamia.
Ni la épica de las barricadas en las que no estuvieron. Ni la lírica de un mundo mejor y más utópico liberado de toda ortodoxia por el que no lucharon. La mayoría de ellos ejercieron el provincianismo más pueblerino que imaginarse cabe, esto es, aquel que consiste en declararse portavoces de la última novedad cultural procedente de aquella Francia. Manejar un repertorio de nombres propios y de etiquetas culturales y pertrecharse en ello como poseedores de una franquicia cultural que jamás tuvieron y que tampoco estaban en condiciones de administrar. Aquí ejercieron de eso, hasta que les llegó la hora de asumir generacionalmente la dirección del país. Y fueron y siguen siendo la generación tapón.
Lo peor de todo es que su farsa, la de los sesentayochistas españoles, continúa.

Categoría: Libros Comentarios(9) mayo 2008

9 Respuestas a “Sesentayochistas”

  1. Taponada Says:

    Tienes razón, Luis, los sesentayochistas taponaron a las generaciones posteriores, y, encima, fueron unos farsantes. Hablo de los de aquí, no de los franceses.
    La única pega que pondría a tu artículo es que se te escapa tu anticomunismo.

  2. Atónita y sobria Says:

    ¿De aquella Masip hablaba francés en la intimidad?

  3. Metacarpiano Says:

    ¿Quién fue, me pregunto, el sesentayochista astur más gallasperu?
    Para morirse de risa.
    A Taponada me gustaría preguntarle qué motivos encuentra para no ser fieramente anticomunista si se recuerda la primavera de Praga.

  4. Espía de la Cía Says:

    Pues, don Luis, su carísimo jefe, el camarada Riopedre, puede que aún fuese fraile dominico, o que ya se hubiese convertido al estalinismo de la mano de Tini, y éste no sabemos dónde pudo haber aprendido francés.
    También yo me pregunto quiénes fueron los sesentayochistas astures. Que nos cuente algo Masip.

  5. Adicto al diario Says:

    Después de haber visto, leído y oído tantas fantasmadas de los progres pijos de estos lares acerca de sus batallitas, también en París, se agradece que alguien ponga las cosas claras y denuncie tanta falacia.

  6. Piecho categorial Says:

    Que aquí no hubo más que pensadores de ocasión dentro de ese magma de farsas que fue la progresía es indudable.
    De todos modos, con una dictadura como la que se padeció en España, tampoco habría que esperar que se pronunciaran pensadores profundos sobre un fenómeno que, existencialmente, les quedaba tan lejos.
    No le falta razón, pero debería tener más en cuenta lo que había en aquel momento en este país.

  7. Atenta y chamuscada Says:

    Lo cierto es que la mayoría pensaba que, una vez muerto Franco, aquí habría muchos milagros. Primero, la revolución, no se sabe cómo, pero revolución. Luego, el paraíso.
    Hubo quienes dieron alcance a su caza. González, por ejemplo, seguro que se siente en el mejor de los mundos imaginables.

  8. Joaquina Says:

    ¿Por qué no cuentas lo que pasó en Oviedo en aquellos días, la manifestación que hubo que quedó en nada, donde fue detenida por una horas una hija de una familia franquista de siempre?
    ¿Nunca te preguntaste qué fue de ella?

  9. Maestrín de Escuela Says:

    Sesentayochistas que más tarde, además de otras nobles tareas, hundieron la enseñanza pública, enviando, como siguen haciendo ahora, a sus hijos a la privada.
    Sesentayochistas que pasaron a “la ética de la responsabilidad”, que, según la interpretaron, trajo las mayores vergüenzas del felipismo.

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