¿En nombre de qué Dios y de qué patria?

Por Luis Arias

Cuando el sollozo llega hasta esta lágrima, / lágrima nueva que eres vida y caes, / estás cayendo y nunca caes del todo, / pero me asciendes hasta mi dolor, / tú, que eres tan pequeña / y amiga, y silenciosa, / de armoniosa amargura. / Con tu sabor preciso me modelas, / con tu sal que me llega hasta la boca / que ya no dice nada porque todo lo has dicho. /

(Claudio Rodríguez)

El viernes la amanecida fue espectacular. La niebla decidió posarse sobre el Narcea, y, al concentrarse, tomó la forma de nubes viajeras que se daban cita sobre sus aguas, en espera de diluirse sobre el cauce del río. Mientras, más arriba, un cielo primaveral se iba abriendo paso, combatiendo con su luz y tibieza la cruda helada de la noche que aún mantenía la blancura sobre el paisaje. Belleza sin moralina posible.

Pensaba uno en las pocas horas que quedaban de ruidos y furias electorales; resultaba complaciente saber que el descanso estaba cerca. Fue al final de la jornada docente cuando tuve noticia del asesinato del ciudadano Isaías Carrasco. El corto viaje de regreso a casa estuvo presidido por la rabia. Me preguntaba en nombre de qué Dios podían asesinar a un hombre a la puerta de su casa, abatiéndolo a tiros, y en nombre de qué patria una salvajada así era cometida. La víctima era un trabajador, pertenecía a un partido españolista y en su pedigrí no figuraba la raza superior, el pueblo escogido y perseguido.

Revoloteaba en mi mente como moscardones el rosario de tópicos tan renombrados. El conflicto político en Euskadi, la necesidad de otro marco jurídico-político, la certeza de que ETA va mucho más allá de un problema policial, y así un largo etcétera.

Sin abrir la boca, me preguntaba si no es posible que algunos se percaten de que el conflicto por excelencia en el País Vasco consiste en que defender un discurso no nacionalista puede suponer algo que va mucho más allá de las meras discrepancias.

El argumentario conocido en torno al derecho a decidir, en torno a la posible independencia de esta tierra, si de verdad se plantea con profundo sentido democrático, tendría, en el mejor de los casos, que quedar aparcado hasta que se garantizase que nadie va a sufrir atentados ni extorsiones por exponer su pensamiento. El conflicto político de Euskadi es, hoy por hoy, y lo viene siendo desde hace décadas, que hay una banda terrorista que mata y un entorno social que, por un lado, es su vivero y que, por el otro, la apoya, a veces yendo más allá del silencio cómplice. Parece fuera de toda duda que las aspiraciones más rupturistas que pueden ser democráticamente defendidas no deben figurar en la agenda política con anterioridad a la solución de un conflicto que lleva a la indefensión a una gran parte de la ciudadanía vasca.

Suspendida la campaña electoral, los partidos democráticos hicieron su escenificación. Y entonces llegaron las disidencias sobre el texto a aprobar. Ni en una situación así parece posible un acuerdo político que estaría respaldado socialmente de forma mayoritaria, lo que lleva no sólo a la indignación, sino también a la impotencia.

Ayer fue un día de liturgias. Un funeral multitudinario. La hija del asesinado, con dignidad y dolor, pide alto y claro que nadie manipule el asesinato de su padre y sugiere que se vote masivamente, lo que puede tener todo el sentido del mundo, sobre todo en el País Vasco, ante las consignas transmitidas por Batasuna y compañía. Habría que preguntarse si esto es igualmente válido para el resto, es decir, si la comisión de un atentado debe ser un aliciente para votar; acaso tendría que haber muchos otros para introducir la papeleta en la urna, o el sobre vacío, es decir, el voto en blanco, que no es menos cívico, ni menos democrático.

Dolor y rabia. Un dolor que debería ser como esa lágrima de la que hablan los magníficos versos de Claudio Rodríguez que encabezan este artículo, es decir, un dolor que se oponga al sentimentalismo, un dolor ardientemente lúcido; un dolor, por decirlo al modo machadiano, de la rabia y de la idea. De la rabia ante esa cobardía de matar de tal guisa a un hombre indefenso. De la idea de que no hay razas superiores, ni apellidos que sirvan a nadie de salvoconducto. De que, volviendo a Machado, «nadie es más que nadie», sobre todo por cuestiones de genealogía. ¿Con qué paraísos sueñan los que asesinan con el tiro en la nuca y los que preparan y deciden una muerte así? Todos van en el mismo lote.
La rabia, la idea. Y la certeza de que la agenda política no permite pasar determinadas páginas. El conflicto que urge y apremia está ahí. ¿A qué se espera para abordarlo? ¿A qué? ¿Más sangre, más dolor, más lágrimas, para que la ciudadanía arrincone a los que defienden el tiro en la nuca, tal como sucedió tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco? ¿Y los políticos a la cola, con sus réditos electorales, con su clientelismo, con su tendencia a desdecirse los unos y los otros?

Categoría: Opinión Comentarios(7) marzo 2008

7 Respuestas a “¿En nombre de qué Dios y de qué patria?”

  1. mencar Says:

    No tienen ni Dios ni Patria, Luis, por mucho quieran pregonar lo contrario, sólo un sentimiento de inferioridad, teñido de patrioterismo.
    Y otra vez el pueblo llano, dando ejemplo: ahí estàn su hija mayor, sobreponiéndose al dolor, y la rabia, dando una lección magistral de saber estar y de ciudadanía, y su mujer, yendo a votar como la hemos visto rindiendo el último homenaje a su marido con ello.
    Y la clase política esperando. ¿A qué?
    De poner el vello de punta tu artículo, e impresionantemente bellos y oportunos los versos de Claudio Rodriguez.

  2. Republicano Says:

    Poner la raza por encima de la ciudadanía es reaccionario. Aplaudir el asesinato de un trabajador con el silencio o la indiferencia es propio de una sociedad enferma.
    Es bueno su artículo, que va más allá de las expresiones tópicas.

  3. Atos Says:

    No es fácil pronunciarse con claridad sobre un asunto en el que la izquierda no sabe bien a qué carta quedarse. Un demócrata debe aceptar el derecho a decidir de un pueblo. Y también está obligado a exigir que se garantice la integridad física y moral de todo aquel que discrepe del nacionalismo.
    Tiene usted razón, lo que toca es acabar con la extorsión. Todo lo demás debe esperar a una normalización democrática que ahora no hay.

  4. Llector Says:

    Hermosos los versos de Claudio Rodríguez, consistente la argumentación del artículo. Frente al sentimentalismo, la lágrima lúcida. Frente al nacionalismo racista, la racionalidad.

  5. Español de izquierdas Says:

    Llamarse patriota y de izquierdas, aunque sea en eusquera, no es de recibo.
    Lo que se vive en el País Vasco es una falta de democracia sofocada por el racismo. Nadie se atreve a hablar tan claro pero es así.
    Lo malo es que no se atisba solución, si por ello entendemos un cambio de mentalidad.

  6. Soso Says:

    “Republicano” da en la diana. La sociedad vasca es una sociedad enferma. Su enfermedad es la misma que padecía la sociedad alemana de los años treinta: la cobardía frente al terror. O la de la sociedad española durante el franquismo. Desgraciadamente, ninguno estamos libres de pecado para reprochar la cobardía a nadie, y mucho menos quienes permitimos que Franco muriera en la cama.

  7. Beatriz Portinari Says:

    La muerte es siempre lamentable,el asesinato es sencillamente cruel.
    Sin embargo,en este país llamado ESPAÑA,se ha asesinado,no ha muchos años,a miles de personas en nombre de unas ideas más que discutibles.
    Esta España artificial,que con tanto orgullo unieron los Reyes Caóticos!
    La realidad vasca es muy otra.
    Profundice usted,acérquese a la verdad y después opine.Me temo que no dispone de todos los datos,sólo los que transmiten los medios de comunicación del Estado.
    Baje a las alcantarillas y se enterará de lo grave que es el “problema vasco”.Le aseguro que no dará crédito a lo que va a descubrir.
    Personalmente,nunca hubiera imaginado en aquellos días de colegio,de mapas mudos y de tiza ,que Yugoslavia se desmembraría y tendría que volver a ponerle fronteras y nombres nuevos,a esa parte de Europa…que parecía tan sólida.

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