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Por admin

Premios

octubre 19, 2009

Ahora que los Nobel son ya pura carcajada -galardonan a Herta Frankel y su perrita Marilyn, a Obama a crédito…- la ocasión la pintan calva para los «Príncipe de Asturias». Hoy arranca su semana grande.

Un premio siempre es problemático. Si quien lo concede supera al galardonado es inevitable el pestazo paternalista, y si es al revés, el mal olor de autopromoción a costa del premiado. Si yo, pobre pecador, condecoro a Einstein a título póstumo, a la ONU porque sí y a Julio César por la guerra de las Galias, salto de la pura nada existencial a la élite planetaria transtemporal.

Hay que evitar siempre esas dos corrupciones. Los premios «Príncipe de Asturias» representan a la Corona y, por eso, a España. No necesitan hacerle la pelota a nadie, porque, por decirlo en términos propios de patanes, la marca España es de primerísima división.

En cuanto a Asturias -y también expresado con palabras de mesócratas horteras-, no cabe mejor promoción turística, cultural, social y tal y tal y tal.

En la hora de la retirada de Graciano García, director de la Fundación Príncipe, sólo cabe destacar con letras mayúsculas su labor. Los premios los costeó el financiero Pedro Masaveu -olvidado: la envidia es un morbo terrible-, los hizo posibles el general Sabino Fernández Campo y los trabajó, y sigue, el periodista Graciano García.

Hechos los elogios, ahí van las críticas. Se premia por sistema lo políticamente correcto, digo lo progre. Este año, nada menos que al escritor estrella del camarada Enver Hoxa, un dictador feroz. Por no recordar el laurel dado a un terrorista como Arafat o a un plumilla del KGB tal que Kaperucinsky.

Con todo, el gran borrón es el Oscar Mayer. Oficialmente no tiene nada que ver, pero es todo tan evidente como escandaloso, y puede, incluso, acabar con la Fundación. Oremus.

(Para la terapia de esta semana se recomienda vivamente «El hombre y su deseo», de Milhaud).