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MAMÁ, QUIERO ESO

Por Alicia Álvarez (5 de julio, 2015)

Lo de dentro se la trae al pairo. Es lo de fuera, rígido y feo, lo que a Mael, que es mi segundo hijo le interesa. Si hay algo dentro, que suele haberlo, enseguida cuela el brazo hasta el fondo y se deshace de ello. Ni su sonido contra los laterales emulando a un sonajero, ni su forma ni su tacto. A Mael, insisto, se la trae al pairo lo que haya dentro. A él le gusta la caja. Y da igual como sea. Pequeña, mediana, más dura o blanda. Eso le importa un pimiento. A él, lo que le gusta, lo que le interesa, es que sea de cartón, preferiblemente cuadrada y que dentro, por supuesto, no haya nada. Pero nada de nada.

Y sí, me gustaría pensar que mi niño es un genio; un portento de la naturaleza que con solo ocho meses ya sabe decir que no a la tiranía del consumo en la que estamos inmersos. A ese acumular extremo al que multinacionales, marcas y empresas de marketing nos orientan sin ninguna sutileza desde que somos pequeños. Sobre todo, desde que podemos decir: “mamá, quiero eso”. Y eso que queremos y que Mael aún no ansía porque es demasiado pequeño, es mucho. Es muchísimo. Es el mundo. El universo.

Y no es nuevo. Recuerdo que cuando tenía unos siete años una amiga pidió en su carta a los Reyes Magos “todo lo de Barbie”, lo que nos llevó a elucubrar días cómo sus majestades conseguirían hacerse con todo aquello. Y bueno, no recuerdo qué fue exactamente lo que le cargaron ese año los Reyes Magos, si una Barbie aerobic o esa que tenía un perro caniche gigante, pero sí que recuerdo llamarnos por teléfono temprano y escuchar su voz de desaliento: “Nada”. No le habían traído nada de todo eso.

Y no. No es nuevo. Escribo esto mientras en mi mesa aun descansa la taza de Frozen por la que ya solo quiere beber mi hija mayor Xana. Taza, por cierto, del mismo color azul cielo que los zapatos de plástico de la muñeca Elsa, también del éxito de Disney “Frozen, la reina del hielo” que por supuesto canta la canción de la película en versión corta y versión larga. Eso y 15 frases de la cinta en dos idiomas. ¡Si la muñeca me vuelve a preguntar que si hacemos un muñeco de nieve, no respondo de mis actos! Digo, taza del mismo color que los zapatos que a buen seguro me clavaré en el culo cuando logre sentarme pasadas las diez de la noche a ver un poco la tele. Antes será imposible, porque tendré que recoger los restos del día de playa, o sea, la arena del cubo, regadera y pala de Frozen, el traje de baño de la reina Elsa y la princesa Ana, y cómo no, el poncho de toalla, también con el estampado de las dos hermanas.

Y lo más increíble es que son solo migajas. Solo un átomo de los llaveros, peluches, muñecas articuladas, tablas de surf, colchonetas, sillones, bufandas, zapatillas, hamacas, playeros, diademas, pendientes, colgantes, pósters, libros, cuentos, álbumes de cromos, chapas, lazos, canciones, radiocasetes, pintalabios, bolsos, maletas, pañuelos, colonias o incluso, geles de baño de Frozen a los que he dicho “no” cuando mi hija me decía “Mamá, quiero eso”. Y eso es muchísimo. Es el mundo. El universo. Y no, no sirve para absolutamente nada. Como mucho para que el pequeño se entretenga con la caja.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | julio 2015 |

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