Foto de Alicia &Acute;lvarez

Menú

Últimas noticias

SALTA

Por Alicia Álvarez (26 de mayo, 2015)

Salta! ¡Saaaaaaalta! ¡Qué saltes, te digo, guaja! ¿Es que no ves la cola? ¿No ves que están todos esperando?”. Y claro que los veía, ¡cómo no hacerlo si yo estaba en lo alto de un trampolín! Los veía a ellos, ordenadamente empapados, con les patuques juntes a la altura de las rodillas en claro signo de “me estoy meando” y con los bañadores goteando tanto que, más que mojados, parecían muertos de pena. Pero sobre todo, veía sus pequeñas caras de cabreo. Esas expresiones endiabladas que el gorro de baño mal puesto (demasiado arriba si se sale el pelo, demasiado abajo si se tapan las cejas) puede realzar hasta límites insospechados. ¡Vamos! que la dialéctica en esos momentos no era una opción viable, no digamos ya el intento de escaqueo.

Ahí solo había una elección y no pasaba por salir huyendo. Ahí la única alternativa era, con más o menos destreza, con más o menos dignidad, saltar del trampolín. Así, sin más. Sin estilo -claro-, en plan bomba -por supuesto-, gritando -cómo no hacerlo- y con los carillos bien hinchados -inevitable pues es un autoreflejo-. Cualquier cosa antes que vérmelas con esa cola de niños cabreados que, a buen seguro, no hubieran dudado en empujarme de haber podido. Así que me zambullí.

La siguiente imagen que recuerdo es un gancho de hierro similar a un abrelatas gigante que sostenía uno de los monitores y al que yo trataba de agárrame con desespero. La escena, sí, corresponde a mi primer acercamiento a la flotación sin ayuda de manguitos, burbuja u otro tipo de flotador. Es decir, a mi primer día en el cursillo de natación al que había que ir sí o sí “porque esta guaja vive en una ciudad con mar y tiene que aprender a nadar”. Vamos, que de haber nacido en cualquier ciudad del interior (según los criterios de mi familia) me hubiera ahorrado el trauma.

Y es que el método de acercamiento a este deporte acuático no fue, en mi experiencia, lo que se dice un modelo educativo. Más bien se podría resumir en un “salta, porque cuando sientas que empiezas a ahogarte ya verás cómo vas a nadar”. Poco o nada que ver con el curso al que hace meses asiste mi hija mayor de tres años y medio. Un remanso de paz en el que los niños están acompañados por un padre o cuidador en todo momento. Las pautas las dicta una monitora adorable y risueña que llama a los pequeños “ratitas” y a los que invita, para ir aclimatando el cuerpo a la temperatura del agua, a hacer como si se lavaran el pelo, la cara y la tripa. Todo acompañado por pelotitas, toboganes y churros de colores. Todo ejercitado en la seguridad de los brazos paternos siempre rodeando el cuerpo de nuestros vástagos, lo que hizo que me acordara de ese “saaaaaaalta” y que pensara, si acaso no nos estaremos pasando, si acaso no estaremos construyendo para ellos un mundo demasiado mullidito, demasiado confortable, demasiado ligero. En definitiva, un mundo poco realista y sincero.

Casi como la ciudad de caramelo que estos últimos días nos han vendido los partidos políticos que disputan la alcaldía. Un Gijón con menos impuestos, dicen, más accesible, más solidario, más bonito, con más dinero, dicen. Un Gijón al rescate del ciudadano, dicen. Todo buenas palabras, todo con buenas maneras. Con vocablos maravillosos y chiripitifláuticos como innovación o crecimiento. Con promesas para que te animes y abandones la desidia y ejercites tu derecho al voto y, en concreto, votes por ellos. Y tú, que si te hablan con cariño respondes con afecto, te dejas engatusar por los cantos de sirena y por fin te lanzas y te decides y eliges la papeleta que depositarás en la urna… pero da igual, porque una vez allí, al igual que en un trampolín, seguro que aparece el vértigo. Al final, el miedo sigue siendo miedo y da igual como hayas llegado a saltar. Hasta que no te tiras a la piscina, no sabes si flotarás.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | mayo 2015 |

Escribir comentario