Foto de Alicia &Acute;lvarez

Menú

Últimas noticias

COSAS QUE PASAN

Por Alicia Álvarez (8 de junio, 2014)

No se parece a ninguna otra. Es solo una ráfaga; una ráfaga de aire caliente. Los que han vivido o viven en una ciudad con metro saben de qué les hablo porque no existe en este mundo una sensación igual; solo los vagones en movimiento a varios metros bajo tierra son capaces de levantar ese aire denso y seco; aire estancado que parece que no ha corrido en años y que ahora se mueve bruscamente como una ráfaga que es todo menos fresca.

Y ahí está una de sus particularidades, porque tú esperar, la esperas pero, claro, no de esa temperatura hiriente. La esperabas igual que las otras ráfagas, es decir, fría y refrescante. Un deseo imposible de cumplir porque ahí abajo se suman grados a los grados y hasta en invierno sobran las cazadoras, las bufandas o los guantes. Así que no hay alivio. Es aire, sí, pero sofocante y violento lanzando tu vestido al vuelo o volviendo a peinarte el flequillo del otro lado, pero después de eso, todo vuelve a su sitio y solo queda la quietud del calor asfixiante. Apenas ha durado unos instantes. Los que tardó el transporte en pasar de largo.

Y bueno, es cierto que rápidas como las ráfagas del metro son también las estrellas fugaces, las vacaciones, o esos conciertos que de tan buenos pasan sin darnos cuenta, pero pensé en esa sensación de fugacidad pesada porque fue parecida a lo que sentí el otro día al ver el telediario cuando dijo la presentadora que se parece a Ana Blanco, pero no es Ana Blanco, que tuviéramos la prevención de contar con la dureza de las imágenes que iban a emitir a continuación, así que yo cauta miré hacia otro lado: al filete que se hacía lentamente bajo la campana. Mientras, la locutora decía que solo tenían 14 y 15 años, que eran indias, que salieron de casa porque no tenían retrete y que un grupo de hombres las raptó, las violó en grupo, las asesinó y luego colgaron sus cuerpos de un árbol. Esa, supongo, era la imagen que daban en la tele. Yo no lo sé, porque ya lo dije, fui cauta, pero seguro que otros las miraron.

Y pensé en la ráfaga del metro caliente porque esa noticia, descarnada, atroz, horrible, solo fue eso, una ráfaga. No más larga que un separador del telediario, no más extensa que un apunte de espectáculos en la última parte del noticiario. Paso como un metro, dejando eso sí, miles de preguntas en la audiencia. Dijo la presentadora que había tres detenidos, pero ¿solo fueron tres o a los otros no los detuvieron? ¿Había antecedentes, más crímenes similares, quizás otros casos iguales? ¿era una aldea o era una zona urbana? ¿Pertenecían a una u a otra casta? Pero para qué preguntar. Tenían las imágenes, el impacto visual, la carnaza. Dos niñas, qué más da, dos mujeres, demasiado lejos, en la India que es otro país, otro lugar? pero extrapolen la noticia a casa ¿quizás en el parque de la fábrica de Gas? ¿en Isabel la Católica? No, esas cosas aquí no pasan. Eso es de países tercermundistas, eso es de hombres malos que no son blancos ni llevan corbata.

Total, para qué preguntar. La noticia a los pocos segundos desaparece y tras ella, primero ese aire caliente y después una enorme Nada como la de “La historia interminable” que se lo va comiendo todo a su paso. ¿Qué hacemos entonces con los sentimientos que despierta el suceso, con el rechazo, con el asco, la indignación, el miedo? ¿Cómo lo procesamos, cómo nos deshacemos de ello? Difícil respuesta porque en los próximos telediarios no volverán a insistir sobre el tema. La noticia ha pasado de largo, puesta la imagen ya no interesa así que, ahí se queda, solo en nuestras cabezas, alimentado una idea aun más peligrosa que la propia violencia: la idea de que son cosas que pasan, que las mujeres son violadas y asesinadas y colgadas. Eso pasa y nosotros, si no hay análisis ni reprobación, entonces es que también estamos pasando de ello.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | junio 2014 |

Escribir comentario