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ASÍ ES

Por Alicia Álvarez (11 de abril, 2014)

asi-esAsí es. Me dice EasyJet vía email que ya puedo reservar mis vuelos para el invierno. Que si lo deseo, puedo comprar ya los billetes de los aviones que operarán hasta el próximo 28 de febrero, que ya no será del 2014, sino del año venidero. Me lo dice en tonos naranjas y entre admiraciones, como exclamando “flipa, mira que suerte has tenido”. Pero el correo electrónico no surte efecto conmigo. Es más, lo contemplo sin atracción alguna, que supongo era el objetivo del reclamo publicitario, y por el contrario, algo desconcertada. Yo aún no he terminado de sentir en mis huesos la llegada de la primavera, así que en mi calendario fisiológico el invierno no es que quede lejos, es que ni siquiera está vislumbrado.

Sin embargo, no es este el único desconcierto que he sentido últimamente. Desde hace ya un tiempo vengo observando algo turbada la programación televisiva, que todo hay que decirlo, tenía un tanto abandonada. De unos años para acá lo que más me interesa son las series de ficción que puedo ver en versión original y en el momento que mejor me venga. No obstante, justo una sequía de propuestas fue lo que me devolvió a la televisión, que por defecto, suelo encender en la cadena pública estatal. Y ahí la programación es realmente funesta, anacrónica y rara, muy rara.

Son series viejas aunque ya hayan llegado a los ochenta, son mega concursos, de esos que antes hubiera presentado Ana Obregón y el de la capa, pero que ahora conducen las nuevas estrellas mediáticas, que son en su mayoría pijos y ex misses o misters de España. Para que luego haya chavales estudiando imagen y comunicación y no se crean que de verdad no vale para nada. Son eso, formatos ambiciosos, más por las dimensiones de sus platós que por el contenido de los programas. Concursos donde toreros, ex de famosos y otras celebridades rancias bailan al son de una orquesta mientras una Duval requeteoperada se pelea con su propia cara para poder expresar lo que le ha parecido la coreografía de la pieza. Sí, huele a naftalina, pero también a otra España ya pasada.

Sin embargo, el programa que se lleva la palma es ese en el que tras el telediario de las tres sale una señora de habla rara y mirada cómplice que pide dinero para gente abatida por la tragedia y extenuada por la desgracia. Gente que, entre lágrimas y plegarias, pide caridad a la audiencia. Y se la dan al grito de “llamada”, que es lo que exclama a cada rato la presentadora interrumpiendo el relato del afectado, aunque justo en ese momento se esté abriendo el alma delante de la cámara. Lo dice y entonces la bancada de público que está allí en el plató en directo se levanta como puede (la media supera los ochenta), entre achaques de espalda y ciáticas cronificadas, aplaudiendo y gritando también como si fueran un coro griego: “llamada”. Porque sí, la gente llama y cuenta a su vez sus miserias, que no son pocas, y también lloran y dan dinero para un elevador eléctrico para una afectada por esclerosis múltiple que no sale desde hace meses de casa, para que una madre pueda llevar a sus hijos parapléjicos en coche al colegio o para que los hijos de alguna familia desestructurada puedan pagar el alquiler y comer caliente. Es, dicen, la solidaridad de España, pero eso es mentira porque lo que hace la cadena pública es generar audiencia a través de la comercialización del dolor, de la compra-venta de la miseria. Y son muchas las personas que en este país lo único que ya pueden vender que no sea el alma, es eso, su desgracia.

Así es la televisión del 2014, del siglo XXI, de la era tecnológica. Una auténtica mierda desalmada.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | abril 2014 |

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