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LA ALEGRIA DE LA HUERTA

Por Alicia Álvarez (29 de marzo, 2014)

No es que dedique mucho tiempo a pensarlo, pero de vez en cuando, sí que me asalta la idea. No sé, imagino que si hay maquilladores y estilistas que se dedican a mejorar la imagen de las personas? incluso si hay decoradores y diseñadores que realcen los espacios, también habrá profesionales que se ocupen de mejorar el aspecto de la comida que nos ofrecen las grandes marcas. No sé, gente que se dedique a hacer más apetecible la hamburguesa que sale retratada en la valla publicitaria. Gente que haga que las patatas fritas parezcan más crujientes, el chocolate más dulce y espeso y el helado más refrescante.

No sé, imagino que alguien será directamente responsable de pulir y hacer más apetitosa a la vista esa comida que, por ejemplo, vemos en los catálogos o los cartones publicitarios de los propios supermercados. Esos que con la oferta de la semana destacada en rojo, cuelgan del techo en la zona de la frutería con el retrato, en su centro, de una zanahoria de color naranja intenso, perfectamente cónica, con la piel uniforme, sin rugosidades y una hermosa hoja verde cayendo como cae la pluma de un sombrero pomposo sobre la frente de las celebridades en la alfombra roja.

Sí, es una zanahoria que promete solo bondades; irrumpir fresca y tensa en la boca, crujir en el mordisco y conquistar sin remisión las papilas gustativas endulzando la lengua. Ser, en definitiva, la alegría de la huerta. Sin embargo, ya a escasos metros por debajo de ese cartón publicitario que avisa de que el kilo este miércoles está a uno con setenta, se encuentran las verdaderas zanahorias. Y son tristísimas. Sí que lo son. Unas pequeñas, otras ruinucas, otras medio pochas. Y sí, son esas y no las otras las que estarán esta noche en tu ensalada. No hay más opciones, no tienes más que esas, así que son esas las que te llevas a casa.

Lo haces, claro, con la amarga decepción de saberte estafado y no haber podido poner remedio. Un poco como cuando abres la bolsa de patatas fritas y descubres que, o alguien se olvidó de meter la mitad del contenido dentro o la mitad del contenido es que era puro aire envasado. Vamos, que te han engañado.

Pero así es el mundo publicitario. Y como lo sabemos y lo damos por supuesto, tampoco nos cabreamos demasiado. Es algo así como “mira estos, que cabrones, que poca vergüenza, y querrán que luego no nos quejemos”. Pero no nos quejamos. No oficialmente, vamos, solo lo hacemos en el entorno doméstico. Ahí sí juramos y perjuramos con nuestros hijos, padres o suegros como testigos que no volveremos a caer en la trampa, que la próxima semana no compraremos esto o aquello, que en cuanto tengamos más dinero alquilaremos directamente un trocín de tierra para tener nosotros nuestro propio huerto. Pero no es más que un lamento. Sordo, casi resignado. Tan falso como la foto que nos ha vendido el sabor que desde luego no tenía la zanahoria, que finalmente era más rosa que naranja y la verdad, no sabía a nada.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | marzo 2014 |

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