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PRINCESAS

Por Alicia Álvarez (11 de marzo, 2014)

No, ellos no identifican el peligro. Si acaso está la sopa demasiado caliente. Si la olla puede volcar en la cocina, si el peldaño de la escalera es lo suficientemente estrecho para caer si el pie no atina, si la esquina puede golpear hiriente o si la comida sobre la  alfombra puede, de vuelta a la boca, contener gérmenes. Por el contrario, los niños captan sin esfuerzo lo que los ojos adultos no ven y es evidente. Y es que no hay como echar un ojo de vez en cuando a través de la mirilla infantil para ver las desigualdades e injusticias de nuestra sociedad.

Es algo así como adivinar la manzana podrida cuando lo único que todavía tienes delante es la piel de la fruta verde y reluciente. Y es que dentro, ahí, latiendo, está el hueso ya pocho. Pero sobre todo está el gusano que si no miraste por todos los lados, puede sorprenderte.  No son cosas evidentes, así que el ojo adulto ni las ve ni las prevé. Pero los ojos de los niños, no me digan muy bien por qué, pueden radiografiar sin esfuerzo la miseria de la vida. Lo injusto, lo cruel, lo bochornoso. Efectivamente, ellos no identifican el peligro, solo ven lo que no nosotros ya hemos asumido como propio. Y les sorprende. Y preguntan. Y entonces tú, caes en la cuenta.

Por ejemplo, este antroxu, mi hija, que solo tiene dos años, me preguntaba muy curiosa a nuestro paso por el patio de un centro educativo en el que celebraban una fiesta carnavalera, de qué iban disfrazados los niños del colegio. Así que yo le iba describiendo, “pues este de batman, este de pirata, este de jedi de la guerra de las galaxias….” ¿Y la niña?- Volvió a preguntar mi hija interesada. “Pues ella va de princesa” ¿Y esa niña?- Volvió entonces a preguntar insistente- ¿de qué va disfrazada? “Pues de princesa también.” ¿Y esa? Preguntó de nuevo ya medio traviesa- “Pues esa… pues esa… y entonces, al percatarme de que ya era la cuarta o quinta princesa que yo contaba le respondí “Pues de dama” y ¿esta? Insistió ya casi molesta, sabiendo claro, que la engañaba. “Pues esta de reina de las nieves…” Y me miraba con esa cara de me la estás dando con queso. Y sí, se lo daba, porque no había ni reina de las nieves, ni damas antiguas, ni damas galácticas… todas sin excepción eran princesas.  Unas de rosa palo, otras de rosa intenso, otras de azul turquesa… pero todas por igual, princesas. Tan iguales como para que una niña de dos años se percatara de que algo en ese patio no encajaba; entre los disfraces de las niñas apenas había diversidad. Y eso es preocupante, porque más allá del capricho del carnaval, el personaje que los niños eligen para esos días es, la mayoría de las veces, un modelo o referente; algo que les atrae o les gusta emular. Y es preocupante, digo, porque si no había diferencias en los vestidos, tampoco las había en la forma de llevar el disfraz: el vestido medio arremangado y los tules enmarañados en las manos para poder correr, porque sí, puede que eso no lo hagan las princesas a las que ellas se quieren parecer, pero a la mayoría de las niñas, igual que a los niños, lo que más les gusta es correr y jugar. En definitiva, disfrutar y expresarse con libertad. Por eso es nuestra responsabilidad como sociedad pensar en los modelos que les vamos a dar; de eso dependerá en gran medida la mujer que vayan a ser.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | marzo 2014 |

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