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EL MIEDO INMENSO

Por Alicia Álvarez (1 de enero, 2014)

Me daban tanto miedo. Más que los caracoles. Sí, ya lo sé, es una fobia un poco pejiguera, pero es la mía, qué le voy a hacer. No me gustaban, ni siquiera en su versión naif. Ni siquiera en su versión de dibujo infantil; con cara sonriente encima de una lechuga y acompañados del brazo por la señora caracol, que además de llevar bolso luce en el ala de su sombrero tres flores de colores. A mí siempre me han dado asco y en consecuencia, miedo. No tiene por qué ser así, es decir, asco y miedo no tienen por qué estar en relación de causa-efecto, pero esa es la secuencia de sentimientos que siempre me ha provocado el molusco en cuestión.La otra -la otra cosa, decía- que siendo guaja me daba mucho miedo eran los zombies, y estos, como los caracoles, también me provocaban perceguera antes que temor. En su caso, la razón era obvia: carne putrefacta, ojos sanguinolentos, fluidos verdes y bilis infecta arrollando desde pústulas y otras heridas abiertas, dentaduras podres, vísceras colgando, cerebros asomando? vamos, un dechado de monstruosidades que visto con los ojos de una niña, en fin, no puede sino producir terror. Supongo que la pregunta era ¿en eso nos acabamos convirtiendo?Y bueno, entre los responsables de que una niña llegara a esa reflexión, están Michael Jackson, cómo no, y su ballet de muertos vivientes en el famoso vídeo clip del “Thriller”. No sé qué edad tendría yo pero recuerdo verlo en casa de mis abuelos, así que tenía que ser muy piquiñina. Sí, recuerdo como si fuera ayer mismo la tensión que me producía en las piernas, la necesidad imperiosa de darme la vuelta, de protegerme entre los cojines de aquel sofá verde, de esconder los ojos tras las manos y aun así, abrir los dedos para seguir mirando de vez en cuando sin apenas coger aliento. Y era tanto el miedo que incluso solo escuchando el disco, solo escuchando la risa malévola de Vincent Price introduciendo el tema sobre sobre esa gloriosa línea de bajo, ya sentía esa sensación de indefensión, casi de mareo, que produce el miedo; el miedo inmenso.Sin embargo, ahora, nada de nada. Ahora veo “Walking Dead”, incluso cenando a la vez, y como mucho, me entra la risa floja entre escena y escena. Supongo que es el resultado de la exposición constante a la que, de un tiempo a esta parte, nos está sometiendo la televisión con la dichosa moda de los muertos vivientes; y no me refiero a las galas de Nochevieja, anuncios de lotería y otras secuencias de la Navidad extremas, sino a las incontables series, miniseries y películas que centran sus tramas y argumentos en los muertos: unos infectados, otros rabiosos, otros con síndromes de parcialmente muertos? da igual, zombies arrastrado sus piernas y aniquilando mordisco a mordisco a la humanidad indefensa.Y llama la atención, la verdad, que en plena crisis económica, sobrados de hechos tétricos como vamos, sea una fuente de evasión, diversión y entretenimiento popular una fantasía tan lúgubre como esta. Sí, sorprende tanto como para pensar que, no se trata solo de hacernos fantasear con situaciones apocalípticas o desastres naturales como forma de expiación por habernos portado mal (ya saben, eso de que vivíamos por encima de nuestras posibilidades), sino de potenciar la sensación de temor, indefensión y pérdida de control sobre la realidad. Y es que el miedo a lo que a lo que no comprendemos, a lo que se escapa a nuestro entendimiento, sigue siendo más grande e inmenso que el miedo a lo que en el fondo sabemos que es verdad. En ese, claro, es mejor no pensar.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | enero 2014 |

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