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SOBERBIA

Por Alicia Álvarez (15 de noviembre, 2013)

Se alzaban así, sobre el mar bravo, terriblemente hermosos, rebeldes e imponentes… un poco con esa actitud que solo tienen las cosas honestas, ese “aquí estoy yo” incontestable que, de franco, resulta amable. No. No hay agresividad ni pavoneo en la afirmación de su grandeza porque esa, sencillamente, es su naturaleza. No busca compararse. Recordé que eso fue lo que leí -a veces es así, se lee en la tierra- en los riscos de Famara la primera vez que fui a Lanzarote. Y aunque su foto sigue a día de hoy en la puerta de mi nevera -allí asoman entre imanes los riscos inalterables con su color ocre bañado en rosa por el sol de la tarde- es cierto que hacía mucho tiempo que no pensaba detenidamente en ellos.
Lo hice esta semana, al hilo de un reportaje en Televisión Española sobre el arquitecto (nacido y muerto en Lanzarote) César Manrique. Un artista polifacético, de enorme talento y aun mayor locuacidad. Su legado va mucho más allá de su producción artística. Manrique luchó con entrega contra la especulación urbanística en las islas y no todo, pero algo de ese impresionante entorno consiguió preservar. Aun así, el valor que no le sobró en su empeño le faltó en años para seguir frenando las fechorías de los bárbaros del ladrillo.
Pues bien, viendo de nuevo las imágenes de Famara, con su mar salvaje y la arena reluciente bajo los pies de un César Manrique niño retratado en color sepia, reviví sin querer esa sensación que siempre me dejan las islas (sobre todo las Canarias) y que yo defino como horizontal. Esa sensación de que el paisaje es plano, de que las nubes caminan más rápido y en perfecto paralelo a la tierra, de que no hay verticalidad que constriña o interrumpa el horizonte. Una planicie, para mí relajante, que adormece, que te concentra en lo último y más lejano a lo que llega tu vista, que no es otra cosa que el mar.
Y es que, de todas las frivolidades y fastuosidades con las que somos capaces de perder el tiempo los humanos, creo que el crecimiento vertical ocupa sin duda uno de los primeros puestos. No me refiero al necesario, al que se realiza por economía del espacio urbano, sino al de “a ver quién lo tiene más grande”. El edificio, digo. De hecho, estos días, Chicago y Nueva York se los andaban midiendo y ganó la gran manzana con la Freedom Tower edificada en la zona cero; una oda a la democracia y símbolo, dicen sus constructores, del renacer de la ciudad tras los atentados del 11-S, aunque lo cierto es que, vista así, desde lejos lo único que parece es un símbolo de la soberbia humana. Ese “pa chulo yo” que trasladado a la arquitectura supone medir porque sí, porque yo lo valgo, 542 metros y ocupar el tercer puesto entre los edificios más altos del mundo.
Efectivamente, los neoyorquinos van a tener que doblar, y mucho, el cuello para ver el final de este rascacielos, pero ¿importa eso? Lo único que justifica su tamaño es que algunos soberbios quieran ser los que más cerca estén del cielo, lástima que no pongan el mismo empeño en conseguir ganárselo.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | noviembre 2013 |

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