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EL PRINCIPIO DEL FIN

Por Alicia Álvarez (28 de octubre, 2013)

Era sólo un folio. Un folio algo torcido pegado en la puerta de una droguería que ahora ni existe y cuyo nombre tampoco recuerdo. Y estaba descolorido, como apagado, quizá porque rozaba con la persiana, quizá porque ya hacía dos meses que estaba allí. Ponía “Ayúdanos a encontrarlas” y, debajo, las fotos de tres chavalinas de entre catorce y quince años, sólo dos años más de los que teníamos mi vecina Carla y yo mientras las mirábamos. No sé qué nos habían mandado comprar en la droguería pero, una vez dentro y ya con el encargo hecho, recuerdo que vimos una hoja de firmas sobre el mostrador en la que se pedía que no nos olvidásemos de ellas. Y Carla y yo, claro, firmamos y nos fuimos de camino a casa hablando del tema y elucubrando sobre si se habrían ido o si, como parecía, se las habrían llevado.
Y lo recuerdo todo tan nítido porque sólo dos días después, exactamente dos días, viendo el telediario o, más bien, no atendiendo para él, el periodista que lo conducía anunció con tono grave que, tras dos meses y medio de búsqueda, por fin habían encontrado a las niñas de Alcàsser: habían sido violadas, torturadas y asesinadas ferozmente. Y entonces comenzó el principio del fin.
De todo eso me acordé estos días, al hilo del debate generado por el fin de la “doctrina Parot” y la posible excarcelación de varios asesinos, entre ellos Miguel Ricart, el único condenado de los que perpetraron este horrible crimen que conmocionó al país en 1992. Fue su imagen en el banquillo, con el granulado de la tele de los años noventa, y las declaraciones derrotadas que emitió estos días la madre de una de las niñas, lo que me devolvió el recuerdo de aquel caso; de cómo me impactó siendo yo una adolescente; pero, sobre todo, el recuerdo del vergonzoso tratamiento informativo que hicieron en su día de esta noticia los diferentes medios de comunicación.
Sí, me acordé de Nieves Herrero en el mismo Alcàsser, en un plató montado para la ocasión en el salón de actos de la sociedad musical del pueblo, haciendo leer a los amigos de Toñi, Desirée y Miriam en voz alta extractos de sus diarios y trabajos escolares. Retratando la conmoción de tres familias y todo un pueblo, su dolor y su enorme estado de shock, en el más riguroso directo. Y también recordé, cómo no hacerlo, a Pepe Navarro, quien se dedicó a llenar horas y horas de su “late night” con un padre medio trastornado y un abogado tembloroso que hablaban de conspiraciones, “snuff movies” y otras teorías nunca demostradas. Sólo les faltó ilustrar la autopsia de los cuerpos con imágenes que, afortunadamente, no poseían pero que, de haber tenido, seguro que habrían emitido sin reparos. Y me acordé, claro, de todos los detalles escabrosos del asesinato que fueron publicados en la prensa escrita sin ningún tipo de restricción y como si de un fascículo de novela negra se tratase.
Fue el comienzo del amarillismo a gran escala, del sensacionalismo descarnado, de la intromisión en la intimidad, de la telebasura y la telerrealidad, de la falta de respeto por el dolor ajeno; es más, de su comercialización y explotación para que unos pocos hicieran montones de cochino dinero. Un estilo, una manera de tratar la información de sucesos que con el tiempo ha ido perfeccionando la mayoría de medios de comunicación. Así lo demuestra el tratamiento de casos recientes como el de José Bretón y Asunta Basterra.
Sí, en efecto, el caso de las niñas de Alcàsser fue el principio del fin; del fin de la decencia informativa en este país. Ya que vamos a debatir, propongo que se debata también sobre ella.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | octubre 2013 |

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