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LO QUE YO CREO QUE LEO

Por Alicia Álvarez (19 de octubre, 2013)

Y entonces llegaron ellos. Sonrientes, llorones, cómplices … y sí, gráficos: una tarta de cumpleaños para decir “que cumplas muchos más”, un fajo de billetes verdes para hablar de perres y unas monedas para saber de cuántes perres estamos hablando exactamente. Y sí, entonces, ya con ellos descargados en el dispositivo móvil, el teléfono -que ya era una tortura desde hacía tiempo- se convirtió en un verdadero infierno. A la q sustituida por la k, y al que abreviado en q, se vinieron a sumar estos pequeños circulinos del horror color amarillo chillón: los emoticonos; una evolución de los smileys que sonreían en las camisetas de los años ochenta. ¡Bienvenidos a la era de la comunicación! Ahora, ya no hay dios quien lea un mensaje de móvil sin tener que hacer una traducción simultánea, o sentirse como un arqueólogo descifrando jeroglíficos de la tumba de Tutankamón.
Y es que los emoticonos, concebidos en principio como un complemento expresivo en la mensajería instantánea; es decir, ideados para poder decir más cosas sin apenas ocupar espacio, han terminado por sustituir directamente al lenguaje. Y es que, ¿para qué escribir que te alegras o que das tu enhorabuena si puedes enviar en su lugar un dibujo de dos manos aplaudiendo? Y bueno, aunque en principio parezca que el cambio empobrece nuestra capacidad de expresión, lo cierto es que estos símbolos vienen a resolver uno de los grandes problemas de la comunicación escrita – pieza clave de la comunicación moderna- que es la libre interpretación.
Y es que, como es imposible saber la entonación del pensamiento ajeno, muchas veces, lo escrito da lugar a “lo que yo creo que leo”, sirvan de ejemplo las polémicas declaraciones a LA NUEVA ESPAÑA de Albert Pla que dijo sin reparos y, es de suponer, con mucho sarcasmo y sentido del humor (pues estas son sus principales características como artista) que a él le “daba asco ser español”, lo que el PP y algunos ciudadanos se tomaron literalmente.
Y bueno, supongo que esos, los que se ofendieron e indignaron y sintieron pisoteado su honor y no sé cuántas barbaridades más, leyeron las afirmaciones del cantautor pensando en una entonación muy concreta y particular. Quizás una voz asertiva. Quizás una voz con marcado acento catalán, pero casi seguro que no la voz aniñada, irreverente y quedona de Pla. Pero eso da igual. Que la entrevista tuviera un obvio tono irónico y guasón, da exactamente igual. Algunos se ofendieron y de hecho, se ofendieron tanto que ese mismo día exigieron a la alcaldía que cancelará la actuación del artista prevista en el teatro Jovellanos. Y en FORO, que son muy obedientes, la cancelaron.
Lo hicieron, sí, y con ello sentaron un precedente. Censurar porque no les gusta, porque les parece mal. Tal es la gravedad. Y es que no estamos ante un problema de libertad de expresión (aunque el debate se haya centrado en esa cuestión en particular) sino ante la incapacidad de algunos de captar el sarcasmo y la provocación. Vamos, lo que viene siendo no tener sentido del humor. Pero sobre todo, estamos ante el abuso de poder y la imposición de unos pocos que se atreven a censurar lo que a ellos no les agrada, les molesta o les ofende. Esa es su única razón, pensar que están en posesión de la verdad. Ven, si el periodista hubieran añadido un par de dibujinos ilustrativos de la emoción que quería expresar Albert Pla todo se hubiera quedado en na. (Por cierto, a falta de emoticono que deje claro el tono de esta columna, léase este artículo con todo el sarcasmo e indignación que se quiera, porque así es como me gustaría que se leyera).

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | octubre 2013 |

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