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RAZONES

Por Alicia Álvarez (9 de noviembre, 2012)

Toc, toc. Perdona, es que tenía que entrar un momento a preguntar si la clase va a secundar la huelga ¿Quiénes van a ir?- Recuerdo el peregrinaje por las aulas y recuerdo la sensación exultante, casi de triunfo, que dejaban todas esas manos alzadas sin excepción, sin discrepancia y sin abstención clase tras clase. ¿Quién en su sano juicio diría que no a una jornada de huelga siendo estudiante? Aunque la mayoría de las veces el motivo (en unos casos la ausencia durante meses de un profesor sin sustituto, en otros el enésimo cambio en los planes de estudio impulsado por el Gobierno de turno) poco importaba, o mejor dicho, a pocos nos importaba realmente.
Con 14, 15, 16 o 17 años, la perspectiva de quedarte durmiendo en casa, de no levantarte a las 7.30h, de vaguear o simplemente deambular por la calle es, sencillamente, motivo suficiente para sentir como irresistible una jornada de protesta sin asistir al Instituto. Tanto como para secundar la huelga sin que te importe un pepino por qué lo haces. Y ésta no es una apreciación hecha a posteriori. No es un análisis realizado con el paso de los años, es algo constatado en el momento, porque el día que se celebrara el paro la manifestación no congregaba, ni mucho menos, el mismo número de estudiantes que habían secundado la huelga cuando les habíamos preguntado si estaban de acuerdo con hacerla y si querían llevarla a cabo.
Y ahí también recuerdo con nitidez la sensación de fracaso que producía la poca asistencia en los que integrábamos las asociaciones de estudiantes y habíamos pensado, imaginado, que miles de chicos y chicas saldrían a la calle para dejar patente su malestar. Pero nada más lejos de la realidad. La mayoría de ellos estaban en casa. Poco o nada les importaba. Era, sí, desidia adolescente, pero también un espíritu individualista generacional.
Y recuerdo la sensación de lamento. Eso de pensar, «na, esto no tiene arreglo, al final, va a ser que tenemos lo que nos merecemos». Una sensación, por cierto, bastante similar a la que estoy viviendo estos días en que nos vamos acercando a la huelga general, porque a medida que mengua la cuenta atrás para el 14-N y el tema se va colando en las conversaciones de los supermercados, de las cafeterías o de los lugares de trabajo, constato de nuevo que muchos ciudadanos aunque estén de acuerdo con que hay razones suficientes para dejar patente su queja, no van a secundar el paro.
Y no lo harán por razones diferentes que, sin embargo, curiosamente, se repiten: porque no quieren participar en una huelga convocada por sindicatos; porque no pueden permitirse el lujo de perder la remuneración y consiguiente prorrateo de las vacaciones y pagas extras de un día de trabajo; porque creen que solo un día de paro no va a hacer mella en el funcionamiento de la economía; porque si hacen huelga seguro que les pondrán en la lista negra de sus respectivas empresas y antes o después lo pagarán. Y algunos, los más, porque creen que una huelga general no servirá para nada y nada cambiará en el país haya o no haya huelga general.
Sí, todas ellas razones respetables, pero también razones que retratan una sociedad individualista, sin compromiso, sin participación y sin solidaridad.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | noviembre 2012 |

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