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LO HONESTO

Por Alicia Álvarez (21 de septiembre, 2012)

Yo sé que ella, que sólo tiene nueve meses, no entiende esas letras. Seguramente, sólo le parezcan un garabato, una mancha. No conoce la historia y poco le importa, aunque yo se la lea una y otra vez, paciente. Pero a ella, que es mi hija, le encanta, la vuelve loca pasar las páginas de los cuentos. Y cuanto más grandes sean, mejor, lo cual es muy fácil porque todavía no hay que ser muy grande para ser más grande que ella.
Y a mí me emociona. Las cosas, como son. Ya sé que no quiere decir nada, que no es causa y efecto, que es probable que el gusto que tiene ahora por los libros no vaya a marcar sus aficiones en el futuro; que no tiene por qué ser una lectora cuando sea adulta. Y es que aún queda por venir lo más difícil: que le gusten las historias que los cuentos llevan dentro. Y hay muchas. Algunas buenas y otras malas con ganas, algunas incomprensiblemente publicadas y algunas otras, sencillamente, sublimes; de esas que te cambian la vida porque, sí, también la literatura infantil te pone flechas y marca caminos. Por ejemplo, el libro -herencia directa de mi propia biblioteca- que estos días ella maneja, al que da vueltas literalmente, es el cuento de Adela Turín y Nella Bosnia titulado «Rosa Caramelo», que publicó la editorial Lumen en 1976 dentro de la colección a favor de las niñas, una serie creada por la propia Turín para fomentar la coeducación. Se trata de la historia de la autoliberación de una pequeña elefanta condenada por tradición a comer peonías y anémonas para conseguir así unos ojos brillantes y una piel suave color rosa caramelo indispensable para encontrar marido. Pues bien, esta historia, que yo me sabía de memoria de pequeña, es la que, estos días, mi hija manosea. Y lo hace con tal conciencia que cualquiera diría al verla que está enfrascada en la lectura. Pero a ella, de momento, lo que le interesa no es el contenido. Lo que le gusta es toquetear el cuento, hacerlo suyo, pasar las páginas, mirarlas con detenimiento y rechupetear, de vez en cuando, el canto o las esquinas
Y es que no deja de llamarme la atención la atracción que despierta en ella el formato del libro, el propio soporte de papel cuadrado, en comparación con la tableta digital con la que también suele jugar en casa. Y es que frente a las ilustraciones de los cuentos no hay dibujos de Pocoyo, Dora exploradora, o aplicación que valga. Es como si el formato, como si el soporte en el que descansa la historia, le resultara más honesto que la carcasa de la tableta digital, a la que siempre quiere dar la vuelta para ver dónde está el truco que hace que en la pantalla aparezcan imágenes en movimiento con profundidad. Sin embargo, la franqueza del libro, su bidimensionalidad parece reportarle más tranquilidad y, entonces, simplemente, se concentra en los dibujos y disfruta.
Pero yo no sé si ella va a ser lectora. En casa, desde luego, hay muchos, muchísimos libros. Quizá siga jugando con ellos como jugaba yo de pequeña. Primero haciendo casas, utilizándolos como tejado o tienda de campaña para muñecos diminutos, luego emulando ser una librera, vendiendo libros que envolvía esmeradamente a un montón de clientes imaginarios y finalmente, llevándolos a cuestas; de casa a casa, de mudanza en mudanza, de mochila en mochila, de herencia en herencia.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | septiembre 2012 |

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