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UN MÚSCULO FLEXIBLE

Por Alicia Álvarez (28 de octubre, 2011)

No es lo mismo sin la música de Vangelis de fondo, aun así, seguro que si evocan la escena de «Blade Runner» en la que el nexus-6, interpretado por Roy Batty, le describía a Harrison Ford lo que habían visto sus ojos de replicante, el recuerdo de la imagen no habrá perdido un ápice de fuerza en su memoria: Allí, bajo la lluvia, rendido y a punto de morir diciendo eso de «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais».
Sin embargo, ahora, no hace falta ni ser un robot de última generación ni esperar al futuro para ver lo nunca visto, y eso contando con que hay muchas cosas que algunos no han visto ni una sola vez. Por ejemplo, los hay que nunca han visto la torre Eiffel, como los hay que nunca han basculado su cabeza hacia atrás, separado su cuerpo unos metros de la pared e intentado encuadrar lo inabarcable de los rascacielos de cualquier gran ciudad. Algunos no han visto el desierto en toda su vida, igual que otros jamás vieron la calma o la rabia, según sople el viento, del mar. Los hay que no hemos vivido nunca una guerra, la muerte por extrema pobreza o la simple violencia física.
No obstante, aunque seamos neófitos en la materia, todos por igual encendemos la tele y podemos ver, sin necesidad siquiera de erguirnos o atusarnos el pelo, la crueldad a solo unos metros del sofá: un hombre siendo asesinado en directo, cubierto por la sangre, agonizante. No es ficción, es el telediario. Es el reflejo de la realidad. Y eso, que sea real, es lo que justifica que las imágenes se puedan emitir incluso en horario infantil. La excusa: lo que usted ve no es el asesinato de un ser humano, es, supuestamente, información. Y digo supuestamente porque la secuencia del asesinato de Gadafi, y miren que cuesta encontrar estos días un medio de comunicación que lo llame asesinato, parece haber dejado una resaca de malas conciencias. Así, durante esta semana no he dejado de oír, ver y leer a analistas y tertulianos que censuraban su proyección por la excesiva dureza de la escena.
Sin embargo, el análisis a posteriori, más en unos medios esclavos de la actualidad, a mí personalmente no me interesa. Lo que me intriga de verdad son esos minutos previos a la emisión o publicación, esos momentos en los que solo algunas personas tienen la responsabilidad de decidir qué hacer con esas imágenes recién llegadas de agencia. ¿Se difunden o no? Y sí, ya sé que responder a esa pregunta exige contestar a otras muchas, pero lo más importante es que esa sola cuestión obliga a la dirección de los medios a definir su idea de información. ¿Qué aporta ese documento gráfico? ¿Varía la respuesta del público de saber que Gadafi murió cruentamente a verlo con todo lujo de detalles? ¿Se extraen al ver esa filmación otras conclusiones? ¿Merece la pena sacrificar la inocencia de los espectadores? Porque esas imágenes no sólo pueden herir (de hecho, seguro que ya lo han hecho) la sensibilidad de los ciudadanos como tales, sino que también hieren, incluso de muerte, la sensibilidad de los ciudadanos como receptores de la información. Es decir, con la emisión o difusión de este tipo de imágenes, nuestro umbral de resistencia, tolerancia y rechazo ante la violencia, nuestra capacidad para digerirla, normalizarla, trivializarla o asimilarla, irremediablemente se amplia, igual que crece la desidia si uno se abandona a la inactividad o crecen los músculos si uno se entrega a su entrenamiento. En este sentido, también la tolerancia a la violencia es un músculo flexible que podemos agrandar o menguar según a lo que lo acostumbremos.
Así y todo, hay quienes se empeñan en relacionar los repuntes o casos de violencia callejera con el horario de cierre de los bares, los botellones o los videojuegos. Como si los ojos de esos chavales no hubieran visto ya hasta la saciedad, y además con el consentimiento de toda la sociedad, cosas que nuestros ojos no creerían. Lo hacen cada día. Basta con encender la tele y tumbarse en el sofá.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | octubre 2011 |

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