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VISITA OBLIGADA

Por Alicia Álvarez (30 de septiembre, 2011)

Había un poco de todo. Familias, parejas y las típicas estudiantes de bellas artes atribuladas. Sí, esas chicas que de tan delgadas nunca sabes si están de perfil o de frente y que siempre miran cabizbajas a sus playeros de tela aunque sea pleno invierno. Pues estaban ellas, agarradas a sus grandes carpetas y también gente fumando, gente con cara de usted me está incordiando y algún que otro español, tan reconocibles siempre entre los demás turistas, bien por esas cazadoras belfast y pantalones pesqueros, bien por esas botas de montaña y riñonera que les hacen parecer vascos aunque en realidad no lo sean. Pues todos ellos, unos 150, juntos pero no revueltos sino en una gran cola organizada, eran las personas que esperaban pacientes un día cualquiera de diciembre en el 11 West con la calle 53 de Manhattan a que el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el famoso Moma, abriera sus puertas a una nueva remesa de visitantes.
Recuerdo la estampa porque ya en aquel momento, en aquella fría mañana de invierno en la que no llegaríamos a los 2 grados, pensé que nunca hubiera imaginado que el arte moderno podía ser un reclamo para tanta gente. Leer el resto de la entrada »

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | septiembre 2011 |

LEO-NARDO VIENI QUA

Por Alicia Álvarez (23 de septiembre, 2011)

«¡Leo-nardo, vieni qua!». Es una pena que en la prensa escrita no se puedan escuchar, de vez en cuando, algunas palabras, aunque también es verdad que no hay nada que una buena nota o acotación teatral no pueda arreglar, así que de ahora en adelante, cuando encuentren en este texto la frase «Leo-nardo, vieni qua», es decir, «Leonardo, ven aquí», les pido que entonen tanto el nombre como la acción que se le demanda al propio Leonardo con el más estricto, puro y fiel acento italiano que sean capaces de emular.
Y en fin, si les hago el requerimiento no es por capricho, que también, sino porque esta frase no tendría el efecto deseado de no ser pronunciada en su idioma original. Ni se nasalizaría lo suficiente la O de camino al «-nardo» ni asomaría la puntita de la lengua en el intermedio del «vieni», ni se nos quedaría la pertinente cara de pato al pronunciar el «qua», y créanme cuando les digo que todos esos pasos son necesarios e imprescindibles para captar la totalidad del desasosiego que puede llegar a producir en el oído humano y en el equilibrio espiritual la repetición constante de la frase: «Leo-nardo, vieni qua».
Así que, una vez logrado el acento, adoptada como propia la nasalidad y perfeccionada la fluidez en la pronunciación, les voy a instar a que graben la susodicha frase una y otra vez en su reproductor de música o en un CD, con un intervalo de unos 10 segundos de separación entre una y otra repetición. No se trata de la confección de un mantra, piensen más bien que están elaborando una sencilla pero efectiva herramienta de tortura psicológica. Al menos, eso fue lo que a mí me pareció cuando este verano hube de compartir en mis vacaciones tabiques y terraza mirando al mar con una familia de italianos cuyo retoño, Leonardo, aun no sabía hablar, ni mucho menos venir acá.
Y miren que el apartamento era pequeño y que la criatura no podía despistarse de su progenitor más de 25 metros diáfanos ni queriendo; pero aun así, debía de ser ese espacio suficiente para que el guaje, quién sabe, se dispersara o entretuviera mirando a las musarañas o a la única mesa y sillón que junto a la cama amueblaban el estudio vacacional. Y es que ante la demanda reiterada, constante, a cualquier hora del día, «Leo-nardo, vieni qua, Leo-nardo vieni qua», yo sólo podía preguntarme qué era aquello tan interesante, tan fascinante o tan vital que se hallaba en el «qua». Qué podía haber ahí donde estaba el padre para que él considerase que Leonardo debía dejar lo que quiera que haga un niño de un año y correr, arrastrarse o gatear hacia ese «qua». No lo sabía yo, que interpretaba los sonidos a través de una fina pared de ladrillos, ni lo debía de saber Leonardo, que -supongo-, abrumado por una expectativa incapaz de cumplir, miraba confuso a su padre dando como única respuesta al mandato paterno un llanto gutural e inconsolable.
Y lo peor es que la queja volvía a activar la espiral de violencia, porque el progenitor, probablemente sintiéndose culpable, trataba de consolar al pequeño pidiéndole, de nuevo, que viniera «qua». Un círculo vicioso que sólo se hubiera podido romper si Leonardo se hubiera decidido a acudir a la llamada, lo cual no llegó a hacer porque -al menos eso fue lo que pensé- a su padre siempre se le olvidaba añadir por qué tenía que ir hacia allí. Y es que, como las acotaciones teatrales, en la vida real no hay nada que una buena explicación no pueda arreglar.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | septiembre 2011 |