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LA TREGUA DEL CARNAVAL

Por Alicia Álvarez (12 de febrero, 2010)

Caprichos del calendario, este año nos toca en cercanía y coincide en fecha, la celebración de San Valentín con una de las jornadas del Carnaval. Feliz coincidencia que no deja de tener lecturas más perversas. Porque sí, el amor, como la mona, a veces se viste de seda, e igual que ella, amor se queda. Es decir, que se disfraza para desfigurar nuestra forma natural. El objetivo no es el engaño; es, sencillamente, disimular. A veces con el fin de impresionar, otras con el fin de gustar más de lo que uno estima que hará la realidad. Así, el amor, en los comienzos o cortejo, nos disfraza de perfectos. Con maquillaje para tapar granos, camisas largas para afinar caderas y otras tretas que intentan ocultar justo esas imperfecciones que con el tiempo serán, si todo sale bien, lo que nos hace amar a esa persona en particular.
Pero no es el amor lo único que se disfraza. Otros sentimientos nobles lo hacen por igual. Por ejemplo, la inseguridad, patente en el temblor de dedos y manos que ocultamos en puños cerrados y, por si acaso, escondemos en los bolsos de la chaqueta. Disfrazamos las extremidades, el tronco y hasta la cara cuando nos dan ese regalo que no nos gusta nada, pero que aun así aceptamos dibujando tan gran sonrisa en la jeta que no queda espacio para otros gestos que delaten nuestro descontento. Y no sólo enmascaramos eso. También la voz -algunos incluso el aliento-, que proyectamos impostada y engolada y petulante, cuando sentimos que alguien espera expectante nuestra respuesta.
Y por disfrazar, disfrazamos el humor, que es sumamente flexible, pero no tanto como para reírnos de nosotros mismos siempre que la situación lo requiere. Falseamos la desidia vistiendo chándal aunque solo vayamos una vez al mes a la piscina, cambiamos nuestra altura con zapatos de tacón kilométrico, transmutamos a respetables con corbata y traje chaqueta para asistir a reuniones de empresa y, si me apuran, hasta en la intimidad más completa nos disfrazamos con esos conjuntos monísimos que han puesto de moda grandes cadenas para andar por casa.
Disfrazamos el cuerpo y, cómo no, también el alma, pero no en esta fecha. No en Carnaval. Porque el Antroxu, a modo de rabieta, saca a paseo el descontento y deja que gritemos a los cuatro vientos y en forma de comparsa que a nosotros no nos la dan con queso. Que da igual lo mucho que se esfuercen en maquillar las cifras del paro, el fin de la crisis, la tensión entre los socios de gobierno o la duda de quién será el próximo candidato a la Presidencia del Principado, ora disfrazado de Cascos, ora disfrazado de secretario de la FSA. Reconocemos la verdad. Y así lo hace patente el Carnaval. Porque el Antroxu no es sólo una fiesta; es una tregua que permite criticar sin reservas la cruda realidad.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | febrero 2010 |

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