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SERVICIO EXPRESS

Por Alicia Álvarez (6 de noviembre, 2009)

No sé si habrán jugado alguna vez al juego del rumor. Consiste en que varios participantes colocados en círculo van pasando un mensaje de uno a otro. El objetivo es tratar de transmitir con exactitud lo que nos ha dicho quien está a nuestro lado. Sin embargo, el resultado suele demostrar que, cuanto más grande es el número de jugadores, más se altera el mensaje inicial hasta casi no concordar con el que enunció el primero en abrir la rueda.
Algo parecido creí que iba a presenciar este miércoles mientras esperaba pacientemente a que el servicio Express del concesionario de mi coche no hiciera honor a su nombre al tardar una hora de reloj en cambiarme el espejo retrovisor que una vez más se ha cobrado la noche gijonesa. Fue justo en el ecuador de esa tediosa espera, amenizada por un vale para tomar algo en la cafetería de la nave industrial cortesía de la marca, cuando escuché cómo una señora relataba a un grupo de trabajadores el dramático suceso acaecido esta semana en la playa de San Lorenzo. Me refiero al ahogamiento que tuvo lugar en la escalera La Cantábrica.
Y es que, casualidades de la vida, yo había asistido en primera persona a dicho suceso. Fue el martes de la que me dirigía a comer a casa. En ese mediodía soleado y ventoso, las sirenas comenzaron a sonar y de repente, llámenlo vocación periodística, llámenlo curiosidad ciudadana, me encontré a mí misma corriendo tras un policía y preguntándole -tras acreditarme como miembro de la Cadena Ser- qué había sucedido. Él me dijo al galope que una mujer había caído al agua, y esa información, y no más, fue la que en esos primeros momentos pude extraer mientras una centena de personas se agolpaba en la barandilla de piedra que rodea la iglesia de San Pedro. Entre ellas, abuelas con carritos de recién nacidos, grupos de adolescentes con mochilas y parejas que, más excitadas que intrigadas, seguían paso a paso el rescate mientras algunos de ellos ya comenzaban a comentar la versión que al día siguiente publicaban los medios: la mujer había sido arrastrada por una ola al intentar coger agua del mar en una botella.
Pues bien, como decía, justo el día siguiente, mientras esperaba resignada a que mi coche tuviera de nuevo dos espejos, escuché ese mismo relato en voz de una trabajadora. Sin embargo, lo que llamó mi atención es que aquella mujer narraba el hecho a sus interlocutores, no como quien comenta lo que acaba de leer en la prensa, sino como quien ha sido testigo directo de los hechos. Y fue en ese momento cuando recordé el juego del rumor, y pensé que, en cuestión de horas, ese mismo relato, pronunciado por ella, o por cualquier otro ciudadano, estaba destinado a tener un buen número de versiones diferentes.
Pero me equivoqué. Porque antes de que aquella mujer tuviera tiempo de adornar los hechos con detalles de cosecha propia, otra de las interlocutoras interrumpió su relato para arrebatarle sin tregua la atención de la pequeña audiencia que tomaba el café. «Pues hoy también murió un hombre en un banco», dijo. «¿En qué banco?», preguntó el grupo intrigado olvidando al instante el anterior tema. «En un bancu de sentase», respondió ella. Y ahí terminó la conversación.
Y es que puede que en la era de la información cambiar un espejo retrovisor aún lleve una hora pero muchas noticias -exceptuando para las personas que lamentablemente las padecen- no tienen más vida que la mera fugacidad del servicio Express.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

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