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EL DESCANSO

Por Alicia Álvarez (29 de mayo, 2009)

“Yo solo quiero un puñetero sofá”. Sí, sin duda ésta es mi petición más constante en el último decenio. Probablemente porque Ikea llegó demasiado tarde a mi vida de estudiante, y más probablemente, porque en la década que duró ésta me vi obligada, no sólo a compartir piso, sino asiento con otros muchos jóvenes estudiantes exiliados en la capital. De ahí que mi cuerpo, condenado a vivir perpetuamente en la verticalidad, echara en falta el enorme placer que supone llegar a casa y tumbarse a ver la tele.
Y claro, si a esto le sumamos que los asientos en cuestión fueron, o reliquias de los sesenta en los que el estampado floral sólo camuflaba la rigidez de unos reposabrazos imposibles de mullir, o colchones disfrazados de sofá en los que una vez sentado era imposible levantarse sin ayuda de unas manos ajenas, entonces comprenderán por qué al lograr la independencia económica una de mis primeras inversiones fue un carísimo y ergonómico sofá pagado a plazos. Entenderán que esta fuera mi primera posesión y comprenderán por qué hace dos días utilicé mi propio cuerpo como parapeto para proteger tan ansiada propiedad.
Y es que una sólo descubre lo que de verdad valen las cosas, no cuando las paga (que también) sino cuando está apunto de perderlas. Algo que ahora mi fontanero y yo podemos afirmar con rotundidad. Y es que tras dos horas viendo como intentaba desatascar el desagüe de mi fregadero, y visto que el ácido no había conseguido deshacer el tapón, tuve que claudicar y admitir que la única solución sería picar la pared del salón. Al parecer, el recorrido de mis tuberías era casi mayor que el recorrido de mi casa, de ahí que justo la pared sobre la que se apoya mi sofá fuese el lugar elegido para atajar el problema.
Hasta aquí, nada que no se pudiese solucionar. Sin embargo, cuando el boquete estuvo hecho y el fontanero me mostró lo que una nunca desearía ver de su propia casa, la tubería sin previo aviso ni gorgojeo comenzó a arrojar una masa acuosa que en cuestión de segundos avanzó por el suelo del salón. Momento justo en el, al grito de un “nooooooooo” me lancé en plan Matrix hacia el sofá para alejar el mueble lo más posible de la riada que el fontanero trataba de contener con su propio zapato.
Y aunque afortunadamente no hubo bajas, y la tapicería del tresillo se libró por dos centímetros de una destrucción segura, lo cierto es que la escena vivida me dio que pensar. Y no sólo en lo caro que me iba a salir pagar el arreglo o conseguir mezclar otra vez el crema pálido que colorea mi salón, sino en el enorme valor que le damos al descanso. Y la verdad, al pensar en ello no pude evitar recordar a los vecinos del Arbeyal, antes Poniente y mucho antes el Molinón, peleando contra viento, marea, administración municipal y Paco Ignacio Taibo II por diez días, sólo diez, de tranquilidad. No pude evitar pensar en ellos, como tampoco en los miles de gijoneses que a fuerza de preservar el descanso de unos pocos tendrán que acabar contratando viajes organizados para llegar a la Semana Negra de seguir alejando su ubicación del centro de la ciudad. Porque sí, uno descubre lo que valen realmente las cosas no sólo cuando las sufre (que también), sino cuando está a punto de perderlas.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | mayo 2009 |

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