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EL DORSO DE LA MANO DE OBAMA

Por Alicia Álvarez (24 de abril, 2009)

estmabul.JPGMira, ésta es de cuando fuimos a ver la mezquita de Santa Sofía, ésta es en el puente Gálata; ésta, cuando cruzamos a Asia? Y esta mano, ¿la ves? Ésta es la mano de Obama en el coche oficial del primer ministro turco. Espera, que le doy al zoom para que la veas mejor». Si alguien me hubiera dicho que el álbum fotográfico de mis vacaciones en Estambul iba a contener la mano borrosa del presidente de EE UU, me habría reído. Sin embargo, heme aquí, haciendo de guía por el recorrido gráfico de mis vacaciones en Turquía y deteniéndome en esos cinco dedos dentro de un coche con cristales semitintados, que, para más inri, no saludaban a la muchedumbre entre la que yo me encontraba, sino a los que se agolpaban tras vallas policiales en la acera de enfrente. Es decir, y para ser más exactos, que la mano que aparece en mi fotografía es en realidad el dorso de la mano de Obama.
Una imagen casi cómica que ahora se diluye en la extensa longitud de mi carrete fotográfico. Un reportaje de 167 fotografías (es lo que tiene la era digital) que visto ahora, con la distancia de los días y de nuevo en casa, me remite, más que a lo retratado, a lo que decidí no retratar. Y es que eso de sacar fotos en vacaciones es un poco parecido a cuando uno es adolescente y decide escribir un diario, que en lugar de recoger la intimidad del autor, se acaba por convertir en un registro de hechos seleccionados y descritos con el esmero narrativo de quien sabe que será leído por ojos ajenos.
Lo digo porque el Estambul que aparece ahora en la galería de mi ordenador es apenas un Estambul de mezquitas azulejadas con colores cálidos, de vistas panorámicas que buscan encuadrar sin éxito Asia al fondo y Europa a uno y otro lados. Un ejercicio torpe que cualquier postal supera sin demasiado esfuerzo. Que cualquier guía turística inmortaliza con más belleza que la posición automática de mi cámara digital. Un retrato que deja fuera justo lo que más me llamó la atención de ese lugar.
Porque el álbum no contiene la llamada a la oración por megafonía sonando al unísono en la ciudad. Ni los pañuelos de colores chillones sobre caras que buscan su feminidad coloreando labios, ojos y mejillas, que buscan su diferencia -en el caso de las mujeres maduras- en los zapatos de tacón y -en el de las más jóvenes- en playeros igualitos a los míos. Ni el olor a las especias fuera de los restaurantes, ni el tráfico atascado en calles tan empinadas que casi alcanzan la verticalidad, ni tampoco el dolor agudo de mis gemelos adaptándose a ese esfuerzo. No recoge, sobre todo, el bullicio de las calles, la trepidante actividad que se respira fuera de los lugares cerrados. Porque allí, la vida aún se hace fuera.
El comercio toma cada esquina como modo de supervivencia y no como forma de lucro. Son metros de tenderetes con pelapatatas, bragas faja, pipas de fumar y bolsas de naranjas. Todo a la vista. Todo expuesto sin recato. Porque en Estambul sólo el pelo de algunas mujeres, más bien pocas, no está al descubierto. El resto parece no conocer el pudor. La intimidad se encuentra en la calle, se revela en lo que parece una enorme necesidad de comunicación. Como un gigantesco rastro. Un rastro que no necesita una ubicación concreta, que no se esconde en la parte trasera de ningún Palacio de Deportes. Que se muestra tal cual es, y la vida en Estambul aún está en la calle. Lastima que Obama lo viera desde el coche.

Categoría: ARTÍCULOS EN LNE | Comentarios(0) | abril 2009 |

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